dissabte, 30 de març del 2019

EL VALOR DE LA DIFERENCIA

Nos empeñamos a imitar lo que otros hacen, a creer que todos debemos pensar o actuar de una determinada manera. A cumplir con estándares que nos condicionan o a desear lo que todos quieren. A seguir caminos pautados, ideas preestablecidas o modas que realmente no nos representan.

Simulamos sentir como otros lo hacen, pensamos que la opción correcta es siempre la que marca la mayoría. Deseamos gustar, complacer o encajar aunque sintamos que nadamos a contracorriente. Desde pequeños somos medidos por percentiles que marcan la media.

Estamos obsesionados con la uniformidad, con parecernos a..., con conseguir aparentar ser "normales". Intentamos pasar desapercibidos por miedo a que nos señalen con el dedo, a que cuestionen nuestros sueños o  a que no entiendan nuestras necesidades.

A menudo lo diferente molesta, nos asusta, nos pone al filo de nuestra zona de confort. Ojalá en la escuela y la familia fuésemos capaces de ayudar a nuestros pequeños a mostrar todo aquello que les hace especiales, potenciando la diferencia como un gran activo.

Una educación que ayude a leer la diferencia en términos positivos, que enseñe a mirar el mundo desde diversas perspectivas sin prejuicios que encasillen. Que utilice un lenguaje que facilite el respeto, que cultive la sensibilidad, consciencia, comprensión y aceptación de las diferencias.

Una educación que desarrolle identidades que revolucionen, que sepan adaptarse a los cambios, que enseñe a pensar desde diferentes puntos de vista.

Que se adapte, evalúe, motive y escuche a cada persona con mimo y empatía. Que comprenda que no todos somos, queremos o buscamos lo mismo. Que crea sin peros que la diversidad enriquece y que todos sumamos, que potencie el deseo de crear e innovar.

Que enseñe a nuestros pequeños a no sentir miedo a ser criticado por mostrar sus singularidades, por parecer distintos, por desear cosas nuevas, por ser ellos mismos aunque la moda no les acompañe. 

Enseñémosles a ser irreverentes con el conformismo, con la incomprensión, con los estereotipos. A buscar las posibilidades infinitas de cualquier problema, a creer que cuanto más distintos seamos más tendremos para intercambiar. A trabajar en equipo para ser mucho más fuertes.

A vivir sin filtros con rebeldía, a asumir riesgos, a mostrar al mundo todo lo que les recorre por dentro. A probar sin miedo a fracasar, a ir donde nadie ha llegado. A sobresalir de uno mismo, a pasar a la acción sin complejos que limiten, a valorar la forma de pensar o actuar de los otros.

Ayudémosles a encontrar aquello les que inspire, a generar ideas transgresoras, a potenciar la ambición. A tomar la iniciativa aunque sepan que van a caerse, a enseñar sus peculiaridades con la intención siempre de sumar.

divendres, 22 de març del 2019

EDUCAR EN EL USO DEL MÓVIL


Vivimos en la era de la tecnología, de la inmediatez, donde todo cambia a toda velocidad. Los teléfonos móviles han pasado a estar omnipresentes en nuestra vida convirtiéndose en una herramienta imprescindible en nuestro día a día. Dispositivos que se han convertido en una ventana abierta a la información y que han provocando una transformación radical en nuestra forma de comunicarnos, trabajar, comprar o consumir nuestro ocio.

Al igual que los teléfonos han irrumpido en nuestra vida lo han hecho también en la de nuestros hijos. El 75% de los niños de más de 12 años tiene móvil propio y a los 15 años se alcanza casi el 98%. Por este motivo surge la gran necesidad de ejercer una parentalidad responsable en la educación de nuestros hijos en la utilización de sus smartphones. Debemos saber que la tecnología en sí no es mala sino que el problema reside en el uso que se le da.

¿Y cómo se enseña a un adolescente a hacer un uso responsable de su dispositivo? En primer lugar, educando con nuestro PROPIO EJEMPLO. Si para nosotros nuestro teléfono es un apéndice de nuestra mano también lo será para ellos. Por esta razón, es imprescindible que seamos nosotros los primeros en realizar un uso coherente de nuestro dispositivo convirtiéndonos en el mejor modelo que puedan tener. El  buen uso de la tecnología depende, sobre todo, del sentido y la prioridad que le demos en nuestra vida.

Además es necesario que, junto a nuestros hijos, establezcamos pautas claras y concretas que faciliten un uso responsable y saludable y les expliquemos claramente cuáles serán las consecuencias si dichas normas no se respetan.

Deberemos también realizar un control parental de los contenidos a los que accederán nuestros hijos  a través de la red. No se trata de espiar o prohibir sino de proteger y educar. Existen numerosas APP,s en el mercado que pueden facilitarnos esta supervisión. Dichas aplicaciones nos ayudarán a evitar situaciones de riesgo, conocer la actividad de nuestros hijos en internet y limitar el tiempo de uso de los dispositivos. No podemos olvidar que la seguridad total en internet no existe pero los comportamientos seguros sí.

Nunca regalaremos un móvil sin estar convencidos que nuestro hijo es suficientemente maduro para hacer un buen uso de él. Tampoco utilizaremos  los smartphones como castigo o recompensa ya que si lo hacemos sólo conseguiremos que aumente el deseo de pasar más tiempo frente a la pantalla.


Deberemos estar muy atentos si durante su empleo aparecen señales de alerta que nos anuncian que nuestro hijo está abusando de su uso. Los cambios bruscos de comportamiento y/o humor, las dificultades de aprendizaje, el aumento de la agresividad o la irritabilidad, la baja autoestima o los trastornos de sueño o alimentación pueden alentarnos de que nuestro hijo presenta una dependencia al móvil o las redes sociales.

Antes de regalarle un móvil a nuestro hijo:

-  Nos aseguraremos que es consciente de la responsabilidad que está adquiriendo y conoce perfectamente los posibles peligros que puede encontrar en la red.

-       Le explicaremos que no permitiremos que su uso le reste tiempo para hacer otras actividades que consideramos importantes para su desarrollo (por ejemplo la práctica deportiva o el estudio de idiomas) o que le afecte en sus relaciones sociales.

Le aclararemos que será el único responsable de asumir los gastos de sustitución o reparación del dispositivo si no ha realizado un buen uso de él.

-   Le haremos adquirir el compromiso de no utilizar su teléfono para insultar, increpar, mentir o ver contenido pornográfico.

La elaboración de un Contrato de Uso entre padres e hijos es una herramienta muy eficaz a la hora de educar de forma responsable el uso del móvil y nos ayudará a que nuestros hijos asuman de forma controlada las responsabilidades que supone su adquisición.

Todo y que en internet podemos encontrar numerosos modelos de contratos de uso  se recomienda siempre crear uno propio, consensuado por ambas partes, que podrá ser modificable y ajustable con el paso del tiempo.

En el contrato deberán aparecer:

-  Los límites y las normas claras sobre el uso del dispositivo, el tiempo  y el espacio donde será utilizado.

-  Quedarán descritos los momentos que serán “libres de móvil” (hora de la comida, tiempo de estudio, actividades familiares, a la hora de dormir…) y que serán respetados por toda la familia.

-   Se  anotaran en él las contraseñas del dispositivo y de todas las redes sociales utilizadas que nunca serán modificadas sin permiso.

- Se establecerán las normas de conducta y privacidad (propia y la de terceros) en las llamadas, los mensajes y el uso de las redes sociales.

-  Se describirán en él las normas para la descarga y utilización de APP,s.

- Se recogerá en él el compromiso por parte de nuestro hijo de informarnos de cualquier conducta o contacto que le resulte incómodo o sospechoso por parte de un tercero.

- Se especificarán claramente las consecuencias cuando exista un uso inapropiado del dispositivo o el incumplimiento de algún protocolo de seguridad.

Este contrato nos ayudará a establecer relaciones de confianza entre padres e hijos permitiéndonos basar nuestra educación en la comunicación, el respeto y la confianza.

dissabte, 9 de març del 2019

NO ES CASUALIDAD

Nos hemos acostumbrado a la inmediatez, a lo fácil, a que las cosas salgan a la primera. A confiar en la suerte, a culpar a los otros de nuestros tropiezos. A postergar por miedo al fracaso, a buscar excusas sin sentido, a guardar nuestros sueños en un cajón cuando las cosas se complican.

Vivimos en una sociedad donde impera la ley del mínimo esfuerzo, donde se rehúye de las responsabilidades, donde vendemos lo que no somos. Donde creamos una coraza para huir de las consecuencias de nuestro inmovilismo, para aparentar un éxito equivocado.

Que importante es que en las escuelas y las familias se eduque desde la cultura del esfuerzo, del trabajo, de la persistencia. Que entrenemos a nuestros pequeños a trabajar con determinación y constancia, para estar dispuestos de hacer todo lo necesario para conseguir cada uno de los retos que se propongan, a creer que el esfuerzo es la fuerza reactor que les permitirá conseguir su mejor versión.

Expliquémosles que muy  pocas veces se gana a por casualidad, que las cosas no se suelen conseguir a la primera. Que los retos se consiguen con tesón y perseverancia, que el éxito pasa por sentir que estás en el lugar en el que quieres estar.

Enseñémosles a definir lo que realmente quieren,  a entender que el secreto reside en la lucha diaria. Sin excusas o postergas, sin esperar que sean otros los que diseñan el futuro por ellos.

A liderar sus vidas sin cadenas ni reproches, a aprender a brillar sin tener que pisar a nadie, a ser honestos con los propios errores. A creer que cada pequeño logro les va a acercar al objetivo, a saber escuchar el corazón.

A creer en ellos, a sentir que merecen todo aquello que deseen. A desplegar todo el potencial sabiendo lo que nos paraliza o limita, pidiendo ayuda siempre que sea necesario, siendo siempre agradecidos. A sobresalir sin miedo, a saber sacar lo mejor de uno mismo, a adaptarse a los cambios.

A buscar los por qué, a no creer en las casualidades y si en la autodisciplina y la decisión. Eduquemos a nuestros pequeños en la coherencia y la disciplina, enseñémosles a bailar ante las adversidades convirtiéndonos el el mejor de los ejemplos.