Sònia

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dijous, 7 de gener de 2021

CLAVES PARA QUE NUESTROS HIJOS TENGAN UNA BUENA AUTOESTIMA

Oscar Wilde decía que: “amarse a uno mismo es el comienzo de una larga vida romántica”, pero qué difícil es conseguir vivir sin necesitar la aprobación de los demás, priorizando lo que realmente necesitamos, sin dudar lo que merecemos.

 

A menudo acostumbramos a medirnos con el rasero más pequeño, a sentir que perdemos cuando nos comparamos con otros. Nos convertimos torpemente en nuestro peor enemig mirando únicamente nuestras imperfecciones. Atacamos sin tregua nuestros defectos y valoramos muy poco todo aquello que conseguimos gracias a nuestro esfuerzo.

 

Des de pequeños nos enseñan a ser fuertes, a esconder nuestras debilidades y a disfrazar nuestros miedos. A fingir nuestra entereza, aunque estemos rotos por dentro. Nos entrenan para ser capaces de superar todos los baches, para ser de aquellos que siempre lo consiguen. Poco nos hablan de las veces que vamos a tocar fondo, de que el error es parte imprescindible del aprendizaje.

 

Sería mucho más sencillo si desde niños nos enseñasen a valorarnos tal y como somos. Nos explicasen que las dificultades se convierten en magníficas oportunidades para crecer, para transformarnos por dentro. Que nuestros conflictos, insatisfacciones o derrotas curten el alma, que tenemos derecho a sentirnos frágiles o confusos.

 

Como papás o mamás debemos saber que la AUTOESTIMA es uno de los factores claves en el bienestar emocional de nuestros pequeños, pilar fundamental en su desarrollo personal y social. De ella dependerá la creación de un buen auto concepto y una adecuada respuesta emocional.

 

La autoestima es la valoración, percepción o juicio positivo o negativo que una persona hace de si misma en función de la evaluación de sus pensamientos, sentimientos y experiencias. Se construye día a día a partir de las experiencias y las relaciones personales de confianza y estima. Por este motivo nuestros hijos necesitan sentirse queridos, respetados y valorados.


Somos el espejo en el que se miran a diario y por esta razón es imprescindible que les retornemos una imagen positiva, sin matices ni distorsiones. Debemos conseguir que nuestros hijos se sientan únicos, valiosos, capaces de todo.

 

La autoestima es una herramienta fundamental para ayudar a los niños a que sean autosuficientes, seguros y puedan tomar sus propias decisiones. Una adecuada autoestima será fundamental para conseguir una buena adquisición de los aprendizajes, el establecimiento de relaciones positivas con el entorno y sobre todo la construcción de la propia felicidad.

 

Lo mejor que podemos enseñarles a nuestros hijos es a QUERERSE MUCHO. Sin reproches, excusas, ni desprecios. A mirarse al espejo con valentía, sin críticas despiadadas, etiquetas o justificaciones.

 

Un niño con buena autoestima tiende a ser seguro, valiente y presenta una buena tolerancia a la frustración. Se siente especial, útil, responsable, orgulloso de sí mismo y feliz. En cambio, un niño con baja autoestima se siente inseguro de sí mismo, cree que los demás no les aceptan y muestra dificultades para aceptar cuando fracasa.

 

La autoestima es un tesoro muy frágil, ¿cómo podemos ayudar a nuestros hijos a construirla?

 

1- Creemos un buen VÍNCULO, una base afectiva segura. Seamos una fuente de confort, seguridad y protección para ellos. Consigamos que sientan que los acompañamos sin CONDICIÓN y los queremos sin sobreprotegerlos. Démosles amor y afecto a diario, sin relacionar el amor con los éxitos.

 

2. Ajustemos nuestras EXPECTATIVAS a los hijos que tenemos y no a los que nos gustaría tener. Aceptémosles de forma incondicional sin excusas ni reproches. No les ahoguemos con nuestro excesivo nivel de exigencia, no deseemos hijos perfectos sino FELICES.

 

3. FELICITÉMOSLOS por todo aquello que son capaces de conseguir, valorando el esfuerzo no solo el resultado. Reconozcamos las virtudes, valores y talentos. Hagámosles conscientes de todas las fortalezas y capacidades que poseen. CONFIEMOS en ellos, respetemos sus intereses, necesidades y ritmos para aprender.

 

4. Evitemos EXAGERAR sus logros y aptitudes que puede tener un efecto muy contraproducente en el equilibrio de su auto concepto.

 

5. Trabajemos a diario la TOLERANCIA a la FRUSTRACIÓN, la aceptación del error como parte esencial del aprendizaje. Enseñémosles a relativizar los fracasos, animémoslos a tomar decisiones y resolver problemas asumiendo las consecuencias de sus decisiones.

 

6. Establezcamos NORMAS  y LÍMITES claros que les ayuden a sentirse seguros. Cumplamos siempre con nuestras promesas, seamos firmes en nuestro acompañamiento.

 

7. Eliminemos las ETIQUETAS, las COMPARACIONES, los mensajes en negativo, las frases condenatorias. Pongamos atención no sólo a lo que les decimos sino al cómo lo hacemos. Realicemos críticas CONSTRUCTIVAS siempre referidas a las acciones y no a la personalidad.


 


8. Eduquémoslos en la cultura del AGRADECIMIENTO, enseñémosles a valorar todo lo que tienen en sus vidas, a dar las GRACIAS. Hagámosles conscientes de sus conversaciones interiores.



 

9. Animémoslos a iniciar nuevos RETOS, a tomar la iniciativa en sus vidas, a asumir riesgos. A apostar por ellos a fuego, a que vivan fuera de su zona de confort. Ayudémosles a detectar y corregir sus ideas limitantes.

 

10. Enseñémoslos a hablarse con un lenguaje lleno de DULZURA Y RESPETO, a mirarse al espejo sin complejos, a verse guapos con sus defectos.

 

11. VALIDEMOS todas las EMOCIONES que puedan sentir. Ayudémosles a ponerle nombre y a gestionarlas ofreciéndoles espacios para que las puedan compartir con nosotros con clama y sin sentirse juzgados fomentando el diálogo interno.

 

12. Demos responsabilidades y fomentemos la AUTONOMÍA.

 

13. Seamos el mejor MODELO de CONDUCTA que puedan tener, un ejemplo positivo que arrastre a soñar grande, a sonreírle a la vida. Aceptemos nuestras propias imperfecciones, pidamos perdón cuando sea necesario, crezcamos de la mano junto a ellos.



 

14. Pasemos tiempo de CALIDAD con nuestros hijos, compartiendo momentos de juegos, confidencias y aficiones, haciéndoles sentir que son muy importantes para nosotros.

 

Consigamos que nuestros hijos se sientan a gusto con ellos mismos porque son las personas con las que van a pasar toda la vida.


diumenge, 3 de gener de 2021

JUGAR, LA MEJOR FORMA DE APRENDER

Jugar es la principal actividad de la infancia y responde a la necesidad de los niños de observar, tocar, imaginar y aprender.

El juego favorece el desarrollo físico, psicológico y emocional de los niños. Potencia la experimentación, la exploración, la investigación y la manipulación. Facilita que el cerebro del niño desarrolle interacciones complejas y conecte las emociones con el aprendizaje.

Del juego y sus beneficios hemos hablado hoy en el programa de Radio Nacional de España " No es un día cualquiera" con Carles Mesa.

Puedes escuchar el podcast aquí: LINK




dimarts, 29 de desembre de 2020

CUANDO TU HIJO DESCUBRE QUE ERES UN REY MAGO

Recuerdo el día en el que el pequeño de la familia entró en la habitación y, con tono contundente, me pidió que dejase de disimular. Con cara de pícaro me explicó que se había hecho mayor para creer en la magia de la Navidad y que ya podía dejar de disimular.

El día que tu hijo te confiesa que sabe que eres un Rey Mago sientes como si un jarro de agua fría te recorriese la piel. Desde aquel preciso momento percibes que aquel niño que tiraba de la barba al Rey Melchor o lloraba cuando veía a Baltasar, empieza una nueva etapa en su vida. Y sientes que ha crecido casi sin darte cuenta, que ha perdido la inocencia y te da vértigo verle tan mayor.

Un período apasionante donde seguirá creciendo y desarrollará su pensamiento abstracto. Donde empezará a tomar sus propias decisiones, a tener nuevos intereses y demandar su autonomía y libertad.

Ese preciso momento en el que debes ir aprendiendo a dejarle volar y aceptar que deberá caer en muchas ocasiones para poder avanzar. En el que es imprescindible que sigas diciéndole a diario que estás a su lado sin condición, que le quieres con avaricia y que estás muy orgulloso de todos sus progresos.

Siempre he intentado mantener la magia con mis pequeños al igual que lo hicieron mis padres conmigo. Muchos años después recuerdo con añoranza cuando mi padre limpiaba sus botas camperas con esmero el día antes que apareciera Papa Noel en mi colegio y cómo ese barrigudo con traje rojo me cogía en brazos y me recordaba con cariño cada una de mis travesuras.

Creo firmemente en la necesidad de ayudar a nuestros hijos a desarrollar su pensamiento mágico, alimento imprescindible para germinar la fantasía y creatividad. Hacerles creer en personajes imaginarios, llenos de hechizo y sutileza, que colman la infancia de ensueño y emoción.

Una magia que favorece el desarrollo su inteligencia emocional, la identificación de las emociones y la gestión de todo aquello que les recorre por dentro. Una vía maravillosa para potenciar la imaginación y la mentalidad lúdica. Gracias a ella los niños pueden entender y racionalizar situaciones o sucesos adaptados a su nivel intelectual.

Creer en la magia permite que los niños tengan una mentalidad curiosa, flexible y sepan asombrarse por cualquier cosa. Les ayuda a madurar y a desarrollar diferentes habilidades cognitivas, a imaginar lo que es imposible y creer que todo lo que se propongan es posible.

Nunca sentí que cuando a mis hijos les hablaba de los Reyes Magos les estaba engañando sino que únicamente acaramelaba el camino de hacerse mayor. Sin duda uno sus mejores recuerdos de la infancia será siempre cuando una noche del 5 de enero los tres Reyes se colaron en nuestro salón y se dejaron susurrar al oído cada uno de sus deseos. Jamás olvidaré con la ternura

que mis pequeños miraron a los magos de Oriente y les agradecían las visita cargándoles de galletas y chocolate.

Creer en Gaspar, Papá Noel o el Ratoncito Pérez ayuda a los niños a comprender el mundo que les rodea y a sentirse emponderados. Personajes que reparten amor, ilusión, sonrisas y endulzan la vida con experiencias memorables que crean recuerdos. 

Que explican parte importante de nuestra cultura y nos permiten mantener en nuestra memoria instantes maravillosos de nuestra infancia.

Seres mágicos que se convierten en los mejores mensajeros de valores como el amor, la paz, la bondad, el compañerismo o la generosidad y nos recuerdan que todos nuestros sueños se pueden hacer realidad siempre que los persigamos con todo nuestro empeño.

Y no encuentro mejor forma que mi hijo mayor haya entrado en el mundo de los adultos que convirtiéndose en un ayudante más los Reyes de Oriente. Un nuevo guardián del secreto universal de la magia que desea sorprender y mimar a su hermano como lo hemos hecho nosotros con él.

Esa magia en la que hay que seguir creyendo a lo largo de toda nuestra vida y que nos permitirá saborear la belleza de las cosas simples, aprender a ser feliz sin que haya ocurrido nada extraordinario, a no valorar las cosas únicamente cuando las hayamos perdido.

Una magia que nos contagia de esperanza e ilusión y nos ayuda a revertir lo que no nos va del todo bien, para querer mejorar nuestro entorno, para creer en el cambio.

Cuando los niños descubren el gran secreto es el momento de aprender que lo mejor de los regalos, no es lo que hay debajo del envoltorio, sino en las manos que te lo ofrecen.

De empezar a leer la vida de forma diferente aprendiendo que los sueños se consiguen con constancia y mucho trabajo, de comprobar que los errores se convertirán en grandes maestros a la hora de caminar. De querer contribuir a que este mundo sea cada día un poco mejor.

De saber que el agradecimiento es la memoria del alma, del corazón. Que las personas agradecidas son mucho más felices, humildes, sencillas y son capaces de apreciar todas las cosas buenas que pasan a diario.

De aprender a cuidar a la gente importante que les acompaña día a día, de sentir el privilegio de vivir, sentir y amar.

La tarea de los adultos sigue siendo las misma, hacer creer a nuestros hijos en la magia del mundo, de las personas, de los detalles, de las miradas, las sonrisas, de los te quiero.

dimarts, 15 de desembre de 2020

¿Y SI PROBAMOS A HABLAR MÁS BAJITO A NUESTROS HIJOS?

Una de las cosas de las que más me arrepiento en la educación de mis hijos es cuando les hablo de forma incorrecta, aquellos momentos en los que pierdo el control. Esos en los que acabo explotando y genero una horrible onda explosiva que tiñe mi discurso de despropósitos y frases absurdas.

Esas situaciones en la que la bola de nieve se va haciendo cada vez más grande y acabas diciendo exactamente eso que, al instante, te arrepientes de haberlo verbalizado. Donde grito, juzgo sin sentido y muestro mi peor versión.

Vivimos en una sociedad donde hay poco tiempo para escuchar, para pensar y conversar con tranquilidad. Todo es inmediato, fugaz. La vorágine del día a día, las prisas, los cientos de cosas por hacer nos llevan a vivir en un auténtico caos y, en ocasiones, descontrol.

En muchas ocasiones escuchamos sin la intención de entendernos, alzamos la voz sin sentido, perdemos la calma injustificadamente. Maximizamos situaciones con poca importancia, generalizamos situaciones como si fueran un cliché, repetimos los mismos errores una y otra vez.

Escuchamos poco y mal, actuamos sin coherencia entre nuestras palabras y nuestro ejemplo, acompañamos de forma incorrecta con broncas y amenazas injustas. Muchas de las conversaciones con nuestros hijos se convierten en interrogatorios llenos de reproches y etiquetas, de valoraciones erróneas.

Educamos desde la impaciencia, en función de nuestros estados de ánimos, nuestras preocupaciones o niveles de estrés. Tenemos poco tiempo para educar desde la calma, conversar con tranquilidad para compartir momentos de forma distendida. Damos pocas oportunidades para las explicaciones, para rectificar, para aprender de los errores, para pedir perdón.

Acabamos convirtiéndonos en el peor ejemplo comunicativo que nuestros hijos pueden tener. Solucionando los conflictos alzando la voz y hablando sin respeto. Los gritos, las palabras mal sonantes, los mensajes contradictorios nos quitan autoridad, alzan muros, nos llenan de frustración.

A menudo en las conversaciones con nuestros hijos nos dedicamos a evaluar en vez de escuchar con atención, sin interpretar y a aconsejar en lugar de comprender. Nos cuesta observar y empatizar.

Todo cambiaría si entendiésemos que la COMUNICACIÓN debe convertirse en el PILAR de nuestro acompañamiento, de nuestra forma de educarles, de quererlos. Mejorar la comunicación con nuestros hijos es sin duda la asignatura pendiente de muchos padres. Tener una mala comunicación nos genera impotencia, culpabilidad y mucha frustración.

La comunicación es fundamental para que nuestros hijos se desarrollen y crezcan en un ambiente en el que predomine la libertad de expresión, la confianza y la participación. Una buena comunicación facilita el desarrollo de una mentalidad positiva, colaborativa y empática. Todo comunica; nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras miradas, nuestros silencios, nuestro tono de voz.

Comunicarnos con nuestros hijos de manera efectiva nos permitirá crear un vínculo afectivo que nos una a ellos, tener constancia de sus necesidades, preocupaciones o sentimientos y realizar una buena supervisión educativa.

El amor, el respeto y la paciencia son los tres ingredientes imprescindibles en toda comunicación familiar. Nuestros hijos necesitan que estemos muy presentes en sus vidas a una distancia prudencial. Sentir que les tenemos muy en cuenta, que confiamos en ellos, que entendemos que crecen a pasos agigantados y que queremos acompañarles en el camino.

Una adecuada comunicación familiar supondrá un mayor bienestar psicosocial de nuestros hijos y contribuirá muy positivamente en la formación de su autoconcepto y autoestima. Las relaciones que establezcamos con ellos nos ayudarán a redefinir los roles paterno-filiales dentro de la familia.


¿Cómo podemos conseguirlo?

  • Al comunicarnos con ellos es necesario que sientan nuestro cariño, mirarlos a los ojos, dedicarles tiempo de calidad. Demostrar interés por todo aquello que nos explican y mostrar empatía hacia lo que dicen y sienten. Repetirles a diario lo maravilloso que es tenerlos en nuestra vida, lo orgulloso que nos sentimos con cada uno de sus progresos.

  • Abramos canales de comunicación que mimen, que protejan, que calmen. Busquemos momentos para conversar sin prisas, para rectificar positivamente, para conseguir una comunicación fluida teniendo en cuenta las inquietudes, preocupaciones o dudas que tengan nuestros pequeños.

  • Respetemos el espacio de intimidad que necesitan, sus ritmos vitales, reforcemos su papel dentro de la familia dándoles protagonismo. Escuchemos sus opiniones con interés y potenciemos que tomen decisiones.

  • Tengamos muy presente que comunicarse no es imponer, suponer o chantajear. Es compartir aquello que nos pasa, sentimos o necesitamos con mucho respeto, evitando las interrupciones, los tonos sarcásticos y los dobles sentidos.

  • Nuestros hijos necesitan sentir que comprendemos lo que sienten, que validamos sus emociones y los escuchamos desde el corazón. Que les dedicamos tiempo para que puedan expresar y compartir con nosotros todo aquello que les recorre por dentro ampliando y fortaleciendo nuestros vínculos.

  • No olvidemos que la comunicación afectiva y efectiva empodera, alienta a nuestros hijos a ser valientes, a esforzarse, a creer en ellos mismos. Que ayuda a nuestros hijos a sentirse amados y valorados.

  • Llenemos nuestras conversaciones de un lenguaje positivo, de palabras que entiendan, que regalen oportunidades, que acompañen los miedos.

  • Escuchemos sin interrumpir, interpretar o anticiparnos a los acontecimientos buscando el momento adecuado para hablar.

  • Eliminemos de nuestros diálogos las frases autoritarias, los juicios de valores, sermones o comparaciones. Los gritos que ensordecen, que rompen vínculos, que asustan, humillan y llenan de impotencia.

  • Pidamos perdón cuando nos equivoquemos, escuchemos sin interrupciones, descifremos los silencios que tanto explican.

  • Busquemos maneras creativas de resolver los conflictos. Consensuemos posibles soluciones para que éstas sean satisfactorias para ambos lados.

  • Aceptemos que nuestros hijos puedan tener gustos y opiniones diferentes a las nuestras, que vean la vida desde otro prisma, que quieran sentirse libres.

  • Aprendamos a serenarnos antes de hablar, a tomar distancia cuando lo necesitemos, a hablar con voz serena y sosegada siendo muy conscientes de nuestros gestos.

  • Entrenémoslos a dialogar, a pensar antes de actuar, a pedir perdón o perdonar. A comunicarse sin hablar con gestos, miradas, caricias y abrazos que expresen todo los que les recorre por dentro. Eduquémoslos a expresar la fragilidad, la rabia o la frustración.


Recordemos siempre que nuestro peor problema de comunicación es que no escuchamos para entender, escuchamos para contestar. Hagamos de la comunicación la mejor herramienta educativa para educar desde el amor y la comprensión.




diumenge, 6 de desembre de 2020

ENTREVISTA EN LA REVISTA MUY SEGURA

 Gracias a la revista Muy Segura por su entrevista.

La podéis leer aquí; entrevista

divendres, 13 de novembre de 2020

CÓMO ENSEÑAR A TUS HIJOS A APRENDER DE SUS ERRORES

 Vivimos en la sociedad del éxito, donde el triunfo se publicita a bombo y platillo. Un éxito mal entendido, idealizado, confundido con el tener dinero, la popularidad o el número de likes que consigues en una foto o publicación. Enmascarado por el brillo erróneo de una hoja de doble filo, se vuelve contra uno mismo y lo único que hace es alimentar el ego y vuelve a las personas vanidosas.

Una sociedad donde hay poco sitio para los tropiezos, para los segundos puestos. Donde desde nuestro nacimiento nos inculcan la necesidad de ganar siempre, de rozar la perfección, de disimular nuestras faltas y esconder nuestras equivocaciones. Donde se habla de puntillas de las derrotas, las equivocaciones o de las veces que nos va a tocar volver a empezar de cero.

Todo sería más fácil si desde niños nos hablasen sin tapujos de las veces que a lo largo de la vida vamos a perder batallas, fracasar en nuestros intentos, vamos a tener que cambiar de planes porque las cosas no nos salen bien ni a la primera ni a la décima.

Ojalá nos enseñasen a perder, a fallar útilmente, a aceptar el error de forma constructiva. A saber, qué hacer con esos tropiezos que nos hacen sentir fracasados y vacíos. Esas derrotas que entumecen nuestra alma y contaminan nuestros sueños.

Que necesario es que desde bien pequeños hablemos a nuestros hijos del VALOR del ERROR en la VIDA, de la necesidad de aprender a encajar los golpes de forma empática, de que las equivocaciones son imprescindibles para poder progresar.

A saber, que a menudo las dificultades acaban convirtiéndose en grandes maestros y que por esta razón no debemos avergonzarnos de ellas. Que cada vez que nos equivocamos abrimos un nuevo camino hacia otro lugar. Que después de la tormenta siempre llega la calma si tienes paciencia y trabajas para ello. Que una persona feliz no es aquella que no tiene problemas sino la que ha sido capaz de superar los obstáculos que el destino le ha ido poniendo.

Ojalá desde la escuela y la familia fuésemos capaces de ofrecer a niños y jóvenes una educación que desarrolle la capacidad de reconocer y aceptar las equivocaciones con calma, para aprender de ellas de forma inteligente, para no sentirnos culpables cuando no hemos sabido estar a la altura. Una de las mejores maneras de ayudar a nuestros hijos en su crecimiento y maduración.

Una formación que enseñe a encajar golpes con optimismo, que explique que la peor forma de perder es permitiendo que la derrota te paralice, te destruya y haga añicos tus ilusiones o proyectos.

Aprender a hacer frente al error hace a nuestros hijos mucho más resilientes, perseverantes y felices, aunque en ocasiones nos cueste y hasta nos de miedo ver como fracasan o toman decisiones erróneas.

¿Cómo podemos enseñar a nuestros hijos a superar el error?

  1. Enseñémosles a vivir en el aquí y el ahora con honestidad y agradecimiento, sin tener la necesidad de tenerlo todo controlado. Aprendiendo a abrazar el cambio, a dar la mano a lo imprevisible, a aceptar lo inesperado poniendo foco en lo importante.

  1. Hablemos del error siempre en términos positivos, eduquémosles a verlo como una gran oportunidad para aprender y volver a empezar, para buscar una mejor versión y seguir hacia delante.. 

  1. Demos a nuestros hijos oportunidades para fallar, para que puedan aprender a hacer frente a sus tropiezos. Ayudémosles a buscar soluciones evitando la sobreprotección o la permisividad excesiva. A través del error podremos saber cuáles son las herramientas con las que cuentan nuestros hijos para hacer frente a las adversidades de la vida, cómo las usan y cuáles son las que necesitan adquirir.

  1. Convirtámonos en el mejor de los ejemplos a la hora de asumir nuestros propios errores, hacerles frente y gestionar nuestras emociones. Pidamos disculpas cuando nos equivoquemos con humildad y sin excusas.

  1. Expliquémosles la necesidad de entrenar a diario la perseverancia y la valentía sin excusas ni postergas. A trabajar duro por aquello que desean, a creer que a la derrota se le gana con voluntad, constancia y actitud.

  1. Acompañemos a nuestros pequeños con cariño y comprensión, entendiendo el miedo o la frustración que les puede provocar hacer frente al error. Démosles la seguridad que necesitan repitiéndoles a diario que estamos a su lado sin condición.

  2. Enseñémosles a pedir ayuda siempre que lo necesiten sin miedo al ridículo, buscando los mejores aliados en sus proyectos.

  1. Ayudémosles a marcarse metas razonables para que se sientan satisfechos y orgullosos cuando las consigan. Propongámosles retos diarios a los que se puedan enfrentar, buscando nuevas respuestas y cultivando la curiosidad.

  1. Fomentemos la confianza en sí mismos sin permitir que los fracasos les llenen de reproches o se sientan avergonzados cuando se equivocan. Ayudémosles a conocer sus defectos y virtudes, sus fortalezas y debilidades sin comparaciones con sus hermanos.

  1. Animémosles a tomar decisiones sin que les tiemble el pulso, asumiendo las consecuencias que éstas puedan tener. A no culpar a los demás de sus errores ni justificarlos sin sentido.

  1. Ayudémosles a encontrar eso que les hace diferentes, únicos e irrepetibles, a pelear con agallas por sus sueños alentándolos en cada uno de sus progresos.

Ojalá que TODOS seamos capaces de entender que al final la VIDA es un gran reto que se mide por las dificultades superadas y por todo lo conseguido con ilusión y trabajo.