Sònia

Sònia

dimarts, 30 de desembre de 2014

MAMÁ; ¿PUEDO PEDIRLES A LOS REYES UN CAJA DE SENTIMIENTOS?

- Mamá, ¿cuántos regalos puedo pedir en mi carta a los Reyes Magos?

- No hay un máximo establecido. Te propongo que sólo pidas lo que realmente te haga ilusión.

- Mamá, ¿puedo pedir una caja de sentimientos?

- ¿Caja de sentimientos? -le respondo asombrada

- Sí mamá, una caja dónde pudiese guardar esos sentimientos que a veces me harían falta tener y, en el momento que los necesito, no los siento. Como cuando estoy triste por algo y lo que me gustaría en realidad es sonreír.


- Ummmm,  sería un cofre fantástico.

- La caja también me serviría para guardar aquellas emociones  que me hacen sentir mal o triste, aquellas que duelen por dentro. Aquellas que parecen que me rompan a pedacitos.

- Sería fabuloso tener una caja así. ¿Y que sentimientos te gustaría que viniesen en ella?

- Me gustaría que estuviese llena de felicidad, sorpresa y amor que es lo que más me gusta sentir.  Reír y abrazar me hace sentir bien y parece que mi corazón se haga más grande, como si se me fuese a salir del pecho.

- ¿Y cuáles esconderías en el fondo de tu cofre? 

- La rabia, los celos y la culpa son los que me hacen sentir peor. Me llenan de ganas de llorar, de gritar o esconderme bajo las sábanas.

- Yo de ti dibujaría una preciosa caja en tu carta, sus majestades son sabios y seguro que te harán caso.

Para mí los sentimientos son los síntomas que te alertan que aún estás vivo. Emociones que en ocasiones te reconfortan y en otras te invaden de miedo o frustración. Todo aquello que pasa a nuestro alrededor o en nuestro pensamiento provoca un carrusel de emoción.

Como madre me parece primordial educar las emociones de mis pequeños. Soy de las que pienso que la inteligencia emocional se transmite de padres a hijos, somos el mejor ejemplo. Ser consciente de lo que sentimos nos permite tomar el control de nuestra vida, combinar la razón y la emoción de forma equilibrada. Todas las emociones, tanto las positivas como las negativas, forman parte de nosotros. Aprender a identificarlas, regularlas y gestionarlas será fundamental para conseguir nuestro propio bienestar y el de los demás.

Enseñar a nuestros hijos a sentir con naturalidad, a estar presentes en el presente, en el aquí y el ahora, a verbalizar todo lo que les pasa por dentro. El miedo, la culpa, la ilusión o la alegría, forman parte de nuestras vidas. Saber gestionar las cientos de emociones que sentimos por cada poro de nuestra piel, nos permitirá tener un coeficiente emocional que nos acercará al éxito. Seremos capaces de querernos, respetarnos, gestionar conflictos y decidir de qué forma queremos afrontar nuestra existencia.

Hablar de cómo me siento, de por qué me siento así, de si nos gusta o no lo que sentimos, de plantearnos qué podemos hacer para cambiar y sentirme mejor, de disfrutar dejando fluir todas las emociones.

Crear un ambiente familiar donde se sientan amados, aceptados y respetados. Un entorno coherente, predecible, que les proteja y les exija al mismo tiempo. Conseguir que sean personas empáticas que descifren todo aquello que pase a su alrededor.

Ojalá sus majestades nos traigan a todos un buen cargamento de emoción y me echen una mano para poder contestar a Xavier.

-Mamá, si los sentimientos se pudiesen comprar, ¿tú crees que todos tendrían el mismo precio?


divendres, 12 de desembre de 2014

YA SOMOS 50.000 #MALASMADRES


En ocasiones necesitas un revulsivo para que todo cambie, algo que te haga reaccionar y te saque de tu encrucijada.

El eco del que habla #yonosuperwoman en su blog también llegó hasta Barcelona. Desde el primer instante este eco se convirtió en un mensaje de aquellos que no te dejan indiferente. Una resonancia clara, concisa e inmensamente significativa para mi. Una onda que no rebotó en mi sino que me atravesó en dos.

Por esos días me sumergía en mi nuevo proyecto.  Después de meses de reflexión creé mi blog. Un espacio íntimo y personal donde poder expresar todo aquello que me removía por dentro en mi nueva faceta como mamá.

Llevaba años inmersa en mi propia ecolación. Al igual que lo hacen los murciélagos, mis ondas rebotaban contra mi misma. Mis quejas, pensamientos, inquietudes, miedos, ilusiones, volvían a mi  una y otra vez como un zumbido ensordecedor. Un sistema de navegación que necesitaba para viajar, en la mayoría de ocasiones, en total oscuridad. Vivía entre muchas madres que no encontraban ningún pero a la maternidad. Todo era perfecto con sus bebés y mis bromas irónicas sobre la maternidad eran  mal interpretadas o no se entendían bien. Me sentía  sin derecho a la queja o el lamento en aquellos momentos que mi nueva profesión me sobrepasaba sin control. Vivía inmersa  en fases de una maternidad que en muchas ocasiones me hacía sentir la peor madre del mundo.

Pero allí aparecieron las #malasmadres generando un ultrasonido, una gama de frecuencias que pocas entendían a mi alrededor pero que yo fui capaz de descifrar desde el primer momento. El 2.0 me permitió descubrir a madres como yo, que hablaban sin tapujos de lo difícil que era conciliar, sobre las peripecias que había que hacer para llegar a ser una mamá molona y el derecho que teníamos a la protesta, porqué hay días que la maternidad nos agota y nos gustaría emigrar. Fue como el sonido interpretado por el flautista de Hammelin al que dejé que me guiase sin poner freno.

Un e-mail contestado casi al instante me ofrecía la oportunidad de colaborar en aquel proyecto en el creí sin dudar. Para mi poder escribir mi post se ha convertido en un regalo mensual del cual disfruto cada día más. ¿Cómo es posible apreciar a alguien que ni tan solo conoces? ¿Cómo es posible sentir una afinidad  infinita con personas que tan sólo te comunicas a través de e-mails , redes sociales o reconoces por alguna fotografía? Las hermanas Baena son familiares, cariñosas y cuidadosas con cada mínimo detalle. Las Boss son lo más.

Sí, debo confesarlo, soy adicta a este club. Fiel a sus posts diarios que junto a mi café abren mis días, a sus tips  que cierran mi jornada con una gran dosis de buen honor, a sus camisetas molonas y sus tweets llenos de ironía. 

Se que nuestra frecuencia no será escuchada por muchas madres pero las 50.000 que formamos parte de esta familia no nos cansamos de afirmar que odiamos la ñoñería, defendemos nuestro derecho a la queja pero por encima de todo compartimos una cosa muy importante; la adoración por nuestros pequeños, nuestra necesidad de vivir de forma intensa cada minuto de sus vidas y la no obligación a tener que ser madres perfectas.


¿Y tú a que esperas para unirte a nosotras? #apor50000más Larga vida al club.




dimarts, 9 de desembre de 2014

MAMÁ, ¿NO TE HABRÁS ENFADADO?

La semana previa a la competición la pasa nervioso, con sólo 6 años se impone una gran presión. Pregunta a papá varias veces cómo debe afrontar la carrera, sin duda ha heredado el espíritu competitivo de él. Ha decidido participar en el cross escolar de nuestra ciudad. Tiene unas habilidades innatas para el deporte y muchas ganas de hacerlo bien. Aún recuerdo lo que disfrutó en su primera competición cuando aún no tenía ni tres años.

La noche de antes tiene poco apetito y durante la madrugada se despierta varias veces preguntando cuanto queda para marchar. Me despido de él, le pido que disfrute y le recuerdo que me da igual la posición en la que quede, para mí ya es todo un triunfador.

Pistoletazo de salida y salen cientos de niños a la vez. Desde las gradas es difícil encontrarlo. Carrera rapidísima y pronto lo vemos salir con su medalla en el cuello, con una sonrisa de oreja a oreja. Tiene la virtud de sonreir siempre.

A papá y a mi nos sorprende su retrasada posición en la linea de meta. Ha entrado un poco antes del  grueso del pelotón pero él sigue explicando en el coche que ha quedado de los primeros. No acabamos de entender el por qué de su afirmación.

Al día siguiente, al recogerlo en la escuela, una mamá de la clase me felicita por la carrera que hizo ayer. No acabo de entender muy bien la situación. Ella se sorprende que no sepamos que pasó. Me explica que nuestro pequeño campeón salió como un rayo tras el pistoletazo de salida y, al mirar hacia atrás, vio como uno de sus compañeros era lanzado al suelo y pisoteado. Al instante decidió parar para ayudar a su amigo a levantarse recibiendo él también más de un pisotón. Luego lo acompañó durante unos metros hasta asegurarse que estaba bien. Después  puso la directa y avanzó a una gran parte del pelotón hasta llegar a meta.

No acabo de entender por qué no nos ha explicado nada de lo sucedido. Aprovecho la vuelta a casa para preguntarle qué pasó.

- Mamá decidí pararme a ayudarle porque todo el mundo lo pisaba. ¿Tú también lo hubieras hecho en la maratón, no? ¿No te habrás enfadado por qué no he ganado, verdad?

- Para mi eres el vencedor, le contesto con un gesto de complicidad. Tranquilo el año que viene seguro que consigues una mejor posición.

- No mamá, el año que viene acompañaré a mi amigo para que no le vuelvan a tirar. Él no sabe colocarse correctamente pero yo le ayudaré.

Ahora es él el que me guiña el ojo y me propone volver a casa haciendo carreras como tanto nos gusta. 

Él es así. Es una de las personas más empáticas que conozco. Su semblante chulesco y su actitud desafiante esconden en realidad a un niño con una inteligencia emocional que a muchos adultos nos gustaría tener. Siempre sabe leer su entorno, mira, observa y pregunta hasta encontrar el porqué de la actuación de los demás. Tiene una capacidad asombrosa de ponerse en el lugar del otro, de sentir el dolor ajeno. A su lado te sientes comprendido, escuchado, cuidado. Contagia de su optimismo a todos los demás.

Es de esas personas que ayudar le hace feliz, que rebosan energía, que nunca se mira el ombligo, que siempre está dispuesto a compartir. Escondido en su disfraz de "nada va conmigo" rebosa de aquella empatía de acción que te hace mover e ir hacia al otro. Siempre cede para evitar que su hermano sea castigado, por tu cara reconoce si has tenido un mal día o ofrece sus ahorros para ayudar a aquel señor que vimos pidiendo en la calle. Me pide que le explique todos los viajes que hizo su tía a Costa de Marfil para ayudar a los demás o cómo el abuelo participaba como voluntario en el teléfono de la Esperanza.

Capaz de darle nombre a cada uno de sus sentimientos, de reconocer sus emociones ya sean positivas o negativas. Odia que lo parafraseen, le gustan las cosas claras, hablar abiertamente. Es capaz de ponerse en la piel del otro, de proponer mil y una solución para verte sonreír. Tiene un don innato para alejarse de aquellas personas que no le ayudan a sumar. Siempre pide disculpas si ha obrado mal, su llanto y su perdón le salen de lo más profundo del alma.

Con sólo tres años fue capaz de verbalizar el dolor que sentía al perder a su abuelo. Te abraza si te ve triste o te besa si tienes un día gris. Siempre dispuesto a entender qué le pasa a los que le quieren, de ayudar al compañero de clase que aún no sabe sumar o a decirle a la yaya lo guapa que está cuando la ve triste recordando a los que ya no están.

dilluns, 1 de desembre de 2014

MAMÁ, ¿TENER UN HERMANO ES TENER UN TESORO?

Intervengo al igual que lo haría un casco azul de la ONU. Intento mantener la paz en la zona de conflicto, conseguir un alto al fuego, actúo en consecuencia a los principios legales de mi misión: que no cunda el pánico y buscar una solución que satisfaga a ambas partes. Entro a la habitación de Pol y Xavier para restablecer la armonía , ambas partes exponen su parte de culpa y se funden en un abrazo de reconciliación. Misión cumplida.

- Mamá, ¿tú también te peleabas con tus hermanas?

Se me pasa por la cabeza mentir a Xavier pero no lo hago, no sería justo.

- Sí, yo también discutía con ellas pero la yaya nos ayudaba a buscar soluciones. Yo era bastante cabezona y siempre quería tener la razón.

- ¿Por qué siempre dices que tus hermanas son para ti un regalo? pregunta Pol.

- Porque ellas siempre están sin que tenga que pedírselo, alientan mis sueños y me ayudan a ser cada día un poquito mejor.

Tras el nacimiento de Pol siempre tuve claro que el mejor regalo que le podía hacer era un hermano. Poco después nacía Xavier. Tan iguales y tan diferentes a la vez. Son el yin y el yang, dos fuerzas opuestas, interdependientes y complementarias. Juntos consiguen el equilibrio perfecto, la magia de la connivencia, el contraste. Comparten cientos de horas de juego, de aventuras, de risas sin sentido, de confidencias y peleas, al igual que lo hacía yo con mis hermanas.

Mis recuerdos de infancia están ineludiblemente unidos a ellas. He tenido la suerte de tener dos. Hemos jugado y peleado, bromeado y burlado, bailado y cantado, reído y llorado, soñado y cumplido nuestras promesas, siempre como el mejor de los tríos. Junto a ellas me siento invencible, poderosa y protegida. Recuerdo siempre perder cuando jugábamos a ver quien aguantaba más sin reír e intentar hacerles trampas siempre que me lo permitían.

Siempre he admirado a mi hermana mayor y lo sigo haciendo. Sólo ella sabe lo duro que es aguantar a dos gemelas que le molestaban y tocaban todas sus cosas. Le sacábamos de quicio pero siempre tenía tiempo para ayudarnos con los deberes, enseñarnos a atarnos los zapatos o dejarnos compartir cama las noches de tormenta.  Me fascinaba verle jugar a baloncesto, tocar la guitarra o que se supiese todas las canciones de Prince. Ella era mi héroe, a quien intentaba imitar en todo. 

A ella,  por ser la mayor, le tocó responsabilizarse de nosotras en muchas ocasiones, asumir las culpas y reprimendas de nuestras travesuras ante papá y mamá y abrir miles de puertas durante nuestra infancia. Su privacidad siempre estaba en peligro. Me alucinaba que me explicase las cosas de grandes, sus consejos de moda siempre fueron honestos, fue mi mayor gurú. Es la persona más honesta que conozco, altruista y comprometida. Sigue siendo mi mayor protectora al igual que lo hacía cuando empecé el instituto y alguien quería molestarme. Tenaz, crítica y valiente que afronta la vida como un reto y la exprime al máximo. Y es ahora, cuando la vida nos lo pone un poco más difícil, quien sigue demostrándome su fuerza y coraje. 

Yolanda es mi hermana gemela, tenemos una conexión extrasensorial. Compartimos una lengua secreta, manías y proyectos. Nuestras expresiones faciales, postura corporal y rasgos de nuestra personalidad nos delatan como gotas de agua. Somos de las que hablamos al unísono, terminamos la frase de la otra o nos ponemos malas a la vez. Una sola mirada basta para saber que pasa. Hemos tenido la suerte de compartir estudios, grupos de amigos y profesión. Mi fuerte temperamento hacía que en muchas ocasiones siempre fuese ella la que tuviese que ceder. Ella paciente, reflexiva y constante. Yo impaciente,  impetuosa e imprudente. Equilibrio perfecto y cómplice de vida. Con ella siempre dos más dos son cuatro. Sigue recordándome cuando no debo correr demasiado y ayudándome a tomar las mejores decisiones. Como un tándem compartimos retos sin parar nunca de pedalear.

Ellas han sido para mi el antídoto perfecto ante la soledad, las únicas que han olvidado mis errores sin reproches, que aceptan lo peor de mi y celebran cada uno de mis éxitos. Sigo junto a ellas, disfrutando, compartiendo, creciendo, enorgulleciéndome de cada uno de sus logros y aprendiendo a decirles más a menudo lo mucho que les quiero.

Pol, ¿ahora entiendes porqué son un gran tesoro para mi?




dimarts, 25 de novembre de 2014

MAMÁ, ¿QUIÉN QUIERES QUE SEA?

- Mamá, ¿que es una marca?, me pregunta Pol mientras compramos.

- Una marca es el conjunto de signos distintivos de un producto, le explico mientras observamos diferentes artículos de las estanterías y los comparamos.

- Y yo,  ¿soy de buena marca?, me pregunta con una sonrisa pícara. ¿Me comprarías?

- Yo te compro con los ojos cerrados. ¿Sabes? Para mí, tú y Xavier, sois la mejor marca que puede existir en el mercado.

Hace unos días leía un interesante artículo sobre el personal branding o marca personal. Me entusiasmó saber que existen profesionales que ayudan a sus clientes a crear su propia marca descubriéndoles sus valores, cualidades y aptitudes. Además, estos profesionales consiguen que la marca personal creada, sea apreciada por el resto de personas. Gestionan el perfil personal de sus clientes con el objetivo de alcanzar un excelente posicionamiento en el mercado.

Instantáneamente pensé que las madres somos unas verdaderas especialistas en la creación de una marca, la de nuestros hijos. Nuestro principal propósito es ayudar a nuestros pequeños a dibujar su futuro, a descubrir sus potencialidades, a crear su propia marca personal.

Este trabajo nos exigirá paciencia porque el proceso será lento, requerirá planificación, responsabilidad y alto cargamento de perseverancia. Nuestro amor deberá ser indecible.

Tengo muy claro la marca que quiero para los míos. Me gustaría que aprendiesen a ser líderes de sus vidas, con sus virtudes y defectos. A seguir cuando crean que no pueden más, a luchar por lo que les apasione, a que tengan grandes sueños, a elegir sólo aquellas batallas que merezcan la pena combatir. Pediré que se cultiven, que sean humildes, sinceros y respetuosos. Les contagiaré de pasión y valentía para que sus retos sean más grandes que sus miedos y les requeriré que cumplan cada una de sus promesas. Que sean únicos e irrepetibles, fuertes y responsables, flexibles y comprensivos.

Potenciaré su ingenio, descubriré sus talentos, lucharé por brindarles los mejores modelos, les enseñaré a gestionar su frustración. Alentaré sus esfuerzos, intentaré hacer su realidad más divertida.

No cederé a sus caprichos, no los justificaré, no les haré vulnerables. Les ayudaré a desarrollar el sentido de la oportunidad, a tener iniciativa, a ser curiosos, a no temer al riesgo, a actuar con determinación, a relativizar. Haré hincapié para lograr que valoren lo que poseen, para que disfruten de los que les aman.

Conseguiré conectar su alma con sus sueños, a vivir con pasión y sin mediocridad, a enamorarse del destino. Les invitaré a arrimarse a aquellos que les ayuden a sumar, a rodearse de personas emocionalmente inteligentes. Les prohibiré que se encadenen a nada ni a nadie, les incitaré a no desear ser imitado, a no caer en la estandarización, a no perder nunca la originalidad. Les repetiré hasta la saciedad que podrán dudar de muchas cosas, pero nunca de ellos mismos.

Intentaré ser una buena líder, su mejor referente para contagiarles de pasión y convicción. Haré de sus vidas un territorio de aprendizaje, lucharé por hacer de su existencia algo extraordinario.




dimecres, 19 de novembre de 2014

LA IMPORTANCIA DE LA PRÁCTICA DEPORTIVA EN LA INFANCIA

Piden cenar pizza como hace papá la noche antes de un triatlón. Ordenan escrupulosamente la ropa que utilizarán en el partido, como hace mamá antes de una maratón. Se van a dormir con la ilusión, emoción y los nervios que tienen los adultos el día antes de colgarnos un dorsal. Disfrutan practicando deporte al igual que lo haría un pro.

Que importante es que nuestros hijos nos vean haciendo deporte y disfrutando de ello. Es la única manera de poder transmitirles un modelo de vida activo, fomentar hábitos saludables y convertirnos en el mejor espejo para que aprendan valores tan importantes como la perseverancia, el esfuerzo, la constancia,  la superación personal, el sacrificio o el compañerismo.

Los beneficios de la práctica deportiva son cuantiosos pero, en edades infantiles, su praxis resulta esencial. Numerosos estudios describen un sinfín de beneficios físicos y psicológicos. Junto a los innumerables beneficios físicos , el deporte previene la obesidad, las enfermedades cardiovasculares y favorece el desarrollo de músculos y huesos, nuestros hijos practicando deporte también se educan en valores. Aprender a perder y ganar, a tolerar la frustración, a creer en uno mismo, a experimentar mil y una emoción. La actividad física les ayuda a socializarse, a superar la timidez, a controlar la impulsividad, a relajar tensiones y a mejorar la calidad del sueño.


Los niños que practican algún deporte son más disciplinados, organizados, muestran más interés por los aprendizajes, mantienen mayor atención en el aula y, en muchas ocasiones, obtienen un mejor rendimiento escolar.

No olvidemos que la finalidad del deporte debe ser siempre la de divertirse, jugar, experimentar  y aprender de una forma saludable junto a otros niños. Aprender a valorar el propio esfuerzo y aumentar la autoestima les hará más felices y fuertes. La competición sólo debe añadir emoción al ejercicio pero nunca debe convertirse en el fin para practicarlo.

Animémosles a encontrar y practicar el deporte que les guste y les apasione. Dejémosles probar, ofrezcámosles nuestro apoyo, seguridad y determinación creando un ambiente motivador para su práctica. Enseñémosles a pasarlo bien corriendo, montando en bicicleta, nadando o jugando con el balón. Seamos el mejor ejemplo para que aprendan a ganar con humildad, a perder con deportividad, a tener respeto por el rival, a trabajar en equipo y a mejorar cada día un poco más.

Hagámosles partícipes de nuestros entrenamientos y competiciones. Convirtámosles en nuestros mejores animadores, seamos sus más fervores seguidores.

Desde que mis hijos me acompañan en la entrada de mis maratones sueñan con completar la distancia de Filípides. Desde que acompañan a papá sobre la alfombra roja nadan, pedalean y corren y ya han sido capaces de completar su primer triatlón.

dimarts, 18 de novembre de 2014

EL MEJOR OFICIO DEL MUNDO

He tardado casi cuatro décadas en saber a qué quería dedicarme, cuál debería ser mi principal ocupación. Por fin sé que el oficio que mejor desempeño es el de ser MAMÁ. A él me entrego con toda mi alma.
Mi nueva colaboración en el Club de las Malasmadres

dilluns, 10 de novembre de 2014

MAMÁ, ¿PUEDES PARAR UN MOMENTO?

Antes que suene el despertador ya tengo los pies en el suelo. Entreno de forma casi mecánica controlando las agujas del reloj. Cuando empiezo a disfrutar, no hay tiempo para más. 

El día ya ha levantado y hace cientos de minutos que cumplo con la lección. Ducha automática, buenos días mi amor. Dudo si he comido las galletas que me tocan o si he ventilado la habitación.

- !Mamá, mamá, mamá!

- !Pol,  ahora no!

Mientras escucho leer a Xavier, repaso la fecha de la próxima revisión, el plazo de entrega del último texto y cuando deberíamos cambiar el colchón. A la vez que recojo, controlo que todo esté allí donde toca; mochilas, equipación, desayunos de media mañana y las zapatillas en su cajón.

- !Mamá, mamá, mamá!

- !Pol,  ahora no!

Completo la lista de la compra, maldigo haberme olvidado una importante felicitación, programo una lavadora y vuelvo a prometer que empezaré a delegar un montón.

- !Mamá, mamá, mamá!

- !Pol,  ahora no!

Besos, abrazos y deseos que las clases vayan bien. Última recogida veloz por la casa y al trabajo como un tizón. Antes de entrar a clase rápida llamada para saber qué es lo que quería Pol.

- Mamá, no era nada importante, sólo necesitaba que me dieses un buen achuchón.

¿Tiene sentido llevar un ritmo de vida que no te permita disfrutar de los placeres que ésta ofrece? ¿Quiero vivir metida en una vorágine de tareas que conlleve en un ritmo demasiado rápido? No quiero ser consciente  que mis hijos crecen a pasos agigantados en el momento que les compro un número de zapato más grande que el mío. Quiero vivirlo en directo, en primera persona del presente de indicativo.

Estoy aprendiendo a frenar, a ser consciente de todo aquello que hago y, muy especialmente, en todo lo relacionado con la educación de mis hijos. A planificar los retos como medios y no cómo objetivos, donde ellos siempre ocupan un lugar primordial.

Leer el cuento que cierra nuestro día, dejar de teclear y jugar un rato juntos, hablar sin prisas mientras volvemos del colegio, asumir que siempre pierdo cuando jugamos al monopoly. Anclarme a vivir el presente,  en el aquí y el ahora, aprender a centrar mi atención únicamente en lo que tengo entre manos, a tratar mi tiempo educativo como si fuera el mejor de mis tesoros. El después no es importante si no soy capaz de disfrutar el ahora.

Soy muy consciente de la dificultad de conciliar, de mis horarios imposibles, de que llegar a todo supone una heroicidad,  de que me toca madrugar y trasnochar.  Pero intento lograr que mi tiempo con ellos sea siempre de calidad, es cuestión de habilidad, motivación y mucho entrenamiento. Estoy ejercitándome a hacer las cosas de una en una y luchando por no vivir con la sensación constante de no llegar a todo. En la educación de mis hijos utilizo mi presencia como antídoto, mi cariño y comprensión, mamá siempre intenta estar allí donde ellos lo necesitan a toda consciencia. Cada minuto es especial cuando estoy junto a ellos porque esos instantes serán irrepetibles

Seguro que es mejor tener pocas cosas entre  manos que muchas sin atenderlas bien. No quiero vivir mi vida apagando fuegos, sintiendo que se me escurre entre mis dedos, a un ritmo vertiginoso, en una constante insatisfacción. Disminuir la velocidad me permite controlar mi nivel de exigencia y aprender a delegar. He aprendido que la presión más fuerte es aquella que yo misma me pongo.

Quiero estar presente en la vida de mis hijos, aprender a cultivar mi atención, a acabar con las obligaciones que yo misma me creo, a no vivir en una inercia galopante. Recuerdo que una de las cosas que más me gustaba de mi abuela es que siempre tenía tiempo para escucharme. Siempre éramos su prioridad, atendía entusiasmada todo aquello que le explicaba y me daba los mejores consejos. Ojalá lo consiga yo con mis hijos.

Aprender a priorizar, clave para gestionar mi tiempo. Decidir quién y cómo quiero ser, cuáles son mis prioridades, valorar en cada momento que debo atender. Ser realista a la hora de programar hasta donde quiero llegar, a vivir de forma auténtica.

No se me ocurre mejor plan en los próximos años que pasar una tarde de manta y sofá viendo una película que hayan elegido, hacer divertidas excursiones en bicicleta y disfrutar de todas las montañas rusas que podamos probar. También quiero intentar aprender las mejores estrategias para dejar de perder a los juegos de mesa que compartimos, no sabéis lo duro que se hace que durante días te recuerden que te han vuelto a derrotar.






dilluns, 20 d’octubre de 2014

MAMÁ, ¿POR QUÉ SIEMPRE DAS LAS GRACIAS?



- Mamá, ¿por qué siempre das las gracias por todo?

- Porque debemos ser personas agradecidas.

- Y si no damos las gracias, ¿qué pasa?

- Que nunca serás consciente de las cosas maravillosas que pasan o tienes a tu alrededor.

Mi abuela me decía siempre que "el agradecimiento es la memoria del corazón" . Es bien curioso que, una de las personas con menos formación académica que ha intervenido en mi educación, me haya enseñado una de las lecciones más importantes de mi vida. Y eso intento hacer yo con mis hijos. La educación emocional es la base en la formación de mis pequeños y enseñarles a ser agradecidos es uno de sus pilares. La gratitud es una de las emociones más saludables que existen para nuestro organismo. Los niños educados en el agradecimiento son personas con un mayor autoconocimiento, empatía y autorregulación personal.

Vivimos en una sociedad donde todo pasa demasiado deprisa y nuestros hijos se están acostumbrando a vivir en una constante insatisfacción. Dicho descontento hace que, cuando consiguen una cosa que les satisface no la disfruten y centren su atención en la siguiente cosa que les tenga que deleitar, olvidando la parte más importante del proceso; el disfrutar y saborear del momento, de todo lo conseguido. Los adultos también sufrimos esta adaptación hedónica y nuestros hijos copian nuestro patrón.

Por este motivo debemos enseñar a nuestros hijos a ser agradecidos, a practicar la gratitud. Numerosos estudios describen que las personas agradecidas son más altruistas,  tienen más capacidad de concentración, mejor autoestima, son más felices y optimistas, poseen mayor estabilidad emocional y consiguen el éxito personal.

El agradecimiento va más allá que simplemente dar las gracias. Debemos enseñar a nuestros hijos a ser agradecidos de manera incondicional y no sólo cuando las cosas salen como uno espera. El agradecimiento debe convertirse en una actitud, en un hábito de vida. Aprender a ser feliz sin que haya ocurrido nada especial, estar agradecidos por todo o nada a la vez.

Ayudémosles a valorar la belleza de las cosas simples, a que aprendan a agradecer sus triunfos, a sentirse privilegiados porque hay mucha gente que les quiere, cuida y  se preocupa por ellos. Que valoren a su familia, sus amigos, sus educadores y todos aquellos gestos que diariamente reciben de forma desinteresada.

Ser agradecido significa sentirte afortunado por todo aquello que tienes, reconocer la ayuda de los otros, valorar los esfuerzos cotidianos, aprender a reír de los problemas. Esta actitud nos permitirá no olvidar nunca que somos más valientes de lo que creemos y más fuertes de lo que parecemos.

Enseñémosles a ser agradecidos no sólo con palabras sino con gestos; un abrazo, un beso o una simple sonrisa son suficientes para dar las gracias. Animémosles a hacer una lista de cosas, personas o situaciones por las cuales se sienten especiales, se quedaran enormemente sorprendidos de todo lo bueno que tienen a su alrededor.

Ahora tú, ¿qué pasaría si hoy te despertaras sólo con las cosas por las que demuestras tu agradecimiento?

dilluns, 13 d’octubre de 2014

MAMÁ, ¿TÚ QUIERES A PAPÁ?


- Mamá, ¿tú quieres a papá?

- Mucho, muchísimo.

- ¿Y por qué le quieres?

- Porque me hace feliz.

- ¿Y cómo sabré yo elegir a la persona que me hará feliz?

- Eligiendo a aquella persona que entienda que el amor no necesita ser perfecto.

Con preguntas como estas te das cuenta que tus hijos crecen y sus necesidades cambian. Preguntas que te hacen demorar aquello que estás haciendo y te invitan a pensar. ¿Cómo se le explica a tu propio hijo qué significa amar? ¿Cómo definirle qué es el amor?

 Soy de las personas que piensan que el valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad en que suceden y yo he tenido la suerte de encontrar a alguien que me hace vivir con esa intensidad. Una persona con la cuál eres capaz de establecer el diálogo de las miradas, que respeta tus silencios, que dedica sus días a hacerte sonreír, a ser especial. Aquel que entiende que un día me calle un te quiero, un abrazo, un perdón, un por favor. La única persona que me quiere cuando menos lo merezco.

Compañero de viaje que me ayuda día a día a engañar mis miedos, a terminar con mis dudas, a comprometerme con mi actitud, que cree en mis proyectos. Un ser único que me hace soñar, que me  ayuda a simplificar mis dilemas, que me ofrece compasión. El tiempo me ha enseñado  a querer a la persona que cumple y no promete, que respeta mis imperfecciones, al que le explico mis secretos, que se muestra crítico con mi talante.

Intento enseñar a mis hijos que amas a una persona cuando eres capaz de decirle lo siento, cuanto le tienes el máximo respeto, admiración y le ofreces tu comprensión. Que le quieres no sólo  por como es, sino por como logra que seas cuando estás con él. Alguien que respeta tu espacio y te deja volar.

Cómplice con el que aprendes a buscar el equilibrio en la confianza, la lealtad y el respeto. Al que amas con sus virtudes y defectos, con el que llega un día que te das cuenta que le quieres porque sí. Al que buscas para reír, llorar, ganar, perder, saltar y tropezar.

Aquella persona con la que no hace falta disimular, con la cual siempre te sientes cómoda, con la que puedes pensar en voz alta y entiende las razones que hay detrás de tu misterio. Con la que no te cansas de crear nuevos momentos, de trazar hojas de ruta sin importante la dirección. Querer significa pasar tu vida con alguien que no te necesite para nada pero que te quiera para todo.

Pero lo maravilloso es cuando tu amor se multiplica porque se convierte en un padre que forja experiencias, modelada emociones, orienta, guía,  educa  y se transforma en el mejor ejemplo.

Ojalá el destino sea caprichoso y me deje envejecer a su lado.

Hijo, amar es querer vivir con alguien todos los momentos, sean o no perfectos.


diumenge, 12 d’octubre de 2014

COLABORADORA CON EL DEPORTE EN FEMENINO


     Muy ilusionada por anunciar que desde hoy paso a formar parte del equipo de ponentes de EL DEPORTE EN FEMENINO, dirigido por la Dra Eva Ferrer, médico especialista en medicina de la educación física y el deporte.

     Todo un lujo poder trabajar junto a profesionales como la Dra Mariona Gummà, especialista en nutrición, la Dra Sandra Lansurt traumatóloga y especialista en ortopedia, Iolanda López psicopedagoga y coach deportiva y la entrenadora personal Lidia Romero.

     Como maestra y psicopedagoga seré la encargada de impartir la formación en la especialidad de Deporte y Familia.




dimarts, 7 d’octubre de 2014

MAMÁ, ¿QUÉ ES EL ÉXITO?

 

- Mamá, ¿qué es el éxito?

- Éxito es conseguir algo que te ha costado mucho esfuerzo.

- ¿Cómo aquél día que aprendí a montar en bicicleta después de caerme muchas veces?

- Exacto, el éxito aparece cuando tus deseos son más grandes que tus excusas.

¿Cómo se le explica a un niño de seis años qué es el éxito? ¿cómo se le hace entender, en la sociedad en la cual  vivimos, que éxito no significa tener mucho dinero, ser un personaje famoso o un corrupto que es capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo deseado?

Parece una ardua tarea pero no es así. Para mi el éxito en la vida no está en vencer siempre, sino en no darse nunca por vencido. Me gustaría lograr enseñar a mis hijos que caer está permitido, pero que levantarse es una obligación. Soy de las que miden el éxito, no por todo lo que he conseguido hasta el momento, sino por todos los obstáculos que he sido capaz de superar.

Estoy convencida que el éxito va mucho más allá de las habilidades cognitivas que tengan nuestros hijos. Por eso creo en la importancia de trabajar con ellos habilidades tan importantes como la determinación, la curiosidad, el optimismo, el compromiso, la pasión y la perseverancia. Habilidades que les permitiran  arriesgarse ,  apasionarse,  aprender que no sirve de nada maldecir la mala suerte, a no abandonar antes de empezar.

Debemos enseñarles, entre un equilibrio de autonomía y apoyo, que en esta vida triunfa quien arriesga, comete errores y fracasa. El fracaso es el escalón más importante en la escalera hacia el éxito. Demostrarles que no todo resbalón significa una caída, que el verdadero triunfo es el que sale de lo que hayas aprendido del último error. Les animo a que sueñen lo más alto posible.

Invito a mis hijos a practicar el fracaso, les proporciono miles de oportunidades para cometer errores, para fallar. Les ayudo a aprender de cada uno sus errores, dejo que salten cada uno de los obstáculos. Les enseño a reponerse, a explorar y trabajar por sus intereses, les recuerdo que no tienen derecho a todo. Intento enseñarles una autodisciplina  que les permita adquirir un compromiso con sus sueños. Soy guía y intermediaria entre sus logros y sus decepciones.

Les explico que el éxito es ser capaz de ganarse el respeto de las personas que te quieren, conseguir extraer lo mejor de los demás, comprometerse, hacer las cosas por placer y no para demostrar. Quiero que entiendan que no todos tenemos el mismo talento pero si las mismas oportunidades, que si eres capaz de soñarlo serás capaz de lograrlo. Les pido que nadie sea capaz de decirles que no seran capaces de hacer alguna cosa.

Les prometo que confiaré en ellos, les ayudaré a buscar aquello que les motive, les enseñaré a esforzarse, a ser responsables y perseverantes. Creo en la cultura del esfuerzo ya que aprender sin él es una quimera. Les explicaré que el éxito no se consigue de forma inmediata, que en su búsqueda tendrán que renunciar a muchas cosas y les exigirá un trabajo continuo, sacrificado.

Papá y mamá intentamos ser su mejor ejemplo. 


dilluns, 29 de setembre de 2014

MAMÁ, ¿CUÁL ES EL MEJOR OFICIO DEL MUNDO?

- Mamá, ¿cuál es el mejor oficio del mundo? me pregunta Pol mientras acaba sus deberes. 

 - Le miro asombrada y no se muy bien que contestar. 

 - Tengo una duda mamá, ¿aquél en el que ganas más dinero o aquél donde debes trabajar poco?

 - Sonrío y le contesto que el mejor oficio del mundo es aquel que te haga feliz. 

     Su pregunta me transporta instantáneamente al pasado. Recuerdo que durante mi infancia me incomodaba enormemente que me preguntasen que quería ser de mayor. Primero, porque yo nunca tuve prisa por crecer y no quería tener las responsabilidades y preocupaciones que tenían los adultos. Yo era feliz en mi mundo y lo que más me preocupaba era jugar o reír con mis hermanas cuando era la hora de dormir y mi madre apagaba la luz. Recuerdo ese momento como algo completamente mágico.

     La segunda razón era porque no tenía ni idea a que quería dedicarme en el futuro. Me inquietaba que mis hermanas respondiesen sin titubear cuando les preguntaban al respecto. La mayor quería ser "más alta que mamá" y a mi me parecía una respuesta genial, que arrancaba a todo el mundo una enorme sonrisa. Mi hermana gemela respondía muy segura de si misma que quería ser periodista y escritora. Yo le escuchaba con resignación y deseando que por arte de magia me llegasen las ganas de ser alguna cosa cuando fuese mayor . 

     Recuerdo cambiar de idea cada vez que pensaba sobre ello y sentir que no sería capaz de elegir  jamás una profesión. Las dudas me persiguieron durante toda mi escolaridad, y en el momento de  entrar en la universidad, seguí dudando. El destino me llevó a dedicarme a la educación y eso , en la actualidad, me hace feliz.

     Pero no es el oficio en el que desarrollo mi mejor faceta. En los últimos nueve años he comprendido que mi profesión  es aquella que no tiene horarios establecidos, en la que debes estar al máximo rendimiento las 24 horas del día, los 365 años del año, en cualquier estación . Aquella donde no se puede coger la baja, solicitar una excedencia o faltar si me encuentro mal. Ocupación en la que no existe una escuela para ir a aprender y vas haciendo maestría gracias a los innumerables  errores que vas cometiendo.

     Oficio que exige hacer las cosas con una sola mano, dormir con un ojo medio abierto, fingir que siempre estás de buen humor y comer siempre la porción más pequeña y fría. Aquel que te exige perder muchas horas de sueño, renunciar a tener algo de tiempo libre o que me obliga a peinarte con una coleta porque no hay tiempo para más. Que exige de mi gran cantidad de paciencia, calma, empatía, eficacia y constancia y que además, me desafía a cada instante.

    El quehacer  que exige de mí la máxima responsabilidad, donde no existe hoja de ruta, donde se aprende sobre el terreno y siempre debes dar calidad. Puesto donde no existe un jefe al que me pueda quejar de las condiciones laborales a las que estoy sometida. Tarea altruista, desinteresada y sin paga doble en Navidad.

     Pero a la vez es único oficio que a mi edad me permite jugar, crear lazos de complicidad,conversar sin interrogar y me contagia espontaneidad.  Tarea que te convierte en una experta negociadora, desarrolla tu capacidad de generar soluciones, te obliga a mirar las cosas desde otra óptica y superar todos los retos que te quieras marcar.¿Quién no querría tener un oficio que te hace ser generosa, mejor persona, más tolerante y te enseña a ver la vida desde una  perspectiva mucho mejor?

     Única función que es capaz aún de sorprenderme, de ofrecer abrazos sin pedirlos, que me hace sufrir y gozar, dar y recibir, errar y acertar. El único empleo que llevo dentro de mi alma, que me crea adicción, que me recuerda que fácil es perdonar y vivir con sinceridad, Que me exige ser eficaz, atenta, activa, sensible y confiable.

     He tardado más de cuatro décadas en saber qué quería ser de mayor. Ahora soy yo la que le pregunta a los demás si quieren saber cuál es mi profesión. Sí,  por fin sé que nací para ser MAMÁ.

dimarts, 23 de setembre de 2014

CREO QUE MAMÁ Y PAPÁ AHORA SE QUIEREN DIFERENTE

Soy de las personas que piensan que hay cosas que no duran para siempre, que nada es eterno.

Cuando te comprometes con alguien siempre crees que será para toda la vida pero, si un día te das cuenta que no es posible, mereces una segunda oportunidad.

Los hijos merecen vivir con unos padres que se quieren y se respeten con un objetivo bien claro: conseguir la felicidad. Recordemos que ellos no son culpable de nada.

Hoy os dejo mi nueva colaboración con el Club de la Malasmadres.

CREO QUE MAMÁ Y PAPÁ SE QUIEREN DIFERENTE

diumenge, 14 de setembre de 2014

MAMÁ, ¿Y SI NO SÉ HACER LO QUE ME PIDEN?

     
     El tiempo transcurre a pasos agigantados y yo me doy cuenta en el momento que empieza un nuevo curso escolar. Al dedicarme a la educación mi año empieza en septiembre y acaba cuando el calor empieza a apretar. Este primer mes es el de pasar de cero a cien, el de organizar y programar. Invadida por el síndrome postvacacional intento coger el ritmo sin poder casi respirar.

     Sí, si, debo confesarlo, mis hijos tienen la manía de no parar de crecer, de estirarse por momentos, de dejar la ropa pequeña y de medirse conmigo constantemente recordándome que pronto me pasarán. Te percatas que tus hijos se hacen mayores cuando compruebas que debes multiplicar las tallas que llevaran en el uniforme escolar y las mangas de las batas han quedado cortas y se tienen que cambiar.

     En nueve años hemos superado, y digo superado porque  ha sido una ardua tarea, diez adaptaciones diferentes. Admito que en la mayoría de ellas mis hijos lo han llevado mucho mejor que yo. En muchas ocasiones me ha tocado disimular mis miedos y mi inseguridad. Qué confundida estaba cuando sufría porque que no fuesen capaces de adaptarse a la vida escolar o a vivir sin mamá. Cuantos logros conseguidos sin tener que pronunciar la palabra papá.

     La vuelta al cole siempre implica un trabajo adicional. Marcar ropa, preparar el material,  forrar libros que siempre quedan mal o cuadrar horarios para que todo empiece a rodar.

     Desempolvo recuerdos de los primeros años de guardería cuando la maestra casi debía cortarme la mano para dejarlos en clase, cuando no dejaba de mirar las agujas del reloj en el trabajo deseando que llegase la hora de irlos a buscar, de preguntar si habían comido mucho o de salir de clase con el corazón encogido cuando pedían berreando que no me fuese a trabajar. Ya en el cole de grandes fue todo más normal. Se adaptaron sin problemas y mamá estaba mucho más preparada para dejarles volar.

     Recuerdo el primer día  de colegio de Xavier. Observando mi cara de pánico por dejarlo en libertad se acercó a mi, me achuchó y me susurró al oído que no sabía como debía actuar. Me preguntó que prefería que hiciese, si llorar o no llorar. Ese fue el detonante que me enseñó a que debía confiar más, valorar cada uno de sus pasos al caminar y fue el momento de comprometerme a enseñarles a perder el miedo a errar.

     Mañana comienzan un nuevo año escolar. Con las mochilas preparadas en casa se palpa el nerviosismo por lo que les deportará. El peque cambia de etapa y eso le crea inseguridad. ¿Mamá y si no se hacer lo que me piden? Mamá y papá te ayudarán.

     Se hacen mayores cuando te advierten que no dejarán que aplastes su pelo con colonia nunca más, cuando piden que no les repitas cuatro veces si están preparados para empezar o advierten que no debes darles un beso en la puerta del colegio delante de sus amigos por el que dirán. Piden ir solos al cole sin que les lleve papá, tener un PC propio o dormir en casa de un amigo al que explicarán cosas que otros nunca sabrán.

     Estoy convencida que será un año muy especial, cargado de miles de aprendizajes, de experiencias y sorpresas que nos enriquecerán. Ellos no lo saben pero seguiré achuchándoles antes de salir de casa para que no se avergüencen de mamá y preguntándoles una y mil veces cuando quieren a  su mami como hacíamos de pequeños cuando casi no sabían hablar.

     Volar solos, que yo estaré esperando al lado del camino para ayudaros a avanzar.


dilluns, 8 de setembre de 2014

MAMÁ, ¿TÚ SABES PESCAR NUBES?

- Mamá a mi lo que me gustaría es aprender a pescar nubes, ¿tú sabes?

- Yo no sé, lo siento. ¿Para qué quieres pescarlas?

- Para darles millones de formas, pintarlas de colores y regalarlas con un lazo.

- !Qué gran idea!, me gustaría una para mi cumpleaños.

- Mamá la tuya será la más bonita, repleta de colores y tendrá la forma que tú me pidas.

- Le achucho con todas mis fuerzas, mientras le susurro que aprenderemos juntos a pescarlas.

     Me impresiona la capacidad creativa que tienen los pequeños de la casa, la disposición innata para hacer preguntas insólitas, para imaginar, investigar y soñar. Sus castillos de arena parecen auténticas obras de ingeniería, sus dibujos rebosan fantasía, tienen la capacidad de ver en el agua que llenan los charcos formas fantasmagóricas y un insignificante insecto puede transportarles al más maravilloso de los bosques encantados.

     Admito que con el paso de los años mi imaginación ha ido mermando y ponerme delante de un folio en blanco, en muchas ocasiones, se convierte en una ardua tarea. Mi creatividad se ha ido centrando en áreas muy concretas, envidio las mentes creativas de mis hijos. Añoro ver el mundo desde su óptica inventiva, su capacidad de crear cuentos repletos de risa y paisajes llenos de magia. Anhelo su sentido del asombro, su insatisfacción si no logran la respuesta a su curiosidad, sus ganas de saber más y más.  Nunca se cansan  de probar hasta aprender como va aquello que quieren utilizar.

     La creatividad es la forma de expresarse uno mismo usando la originalidad y la imaginación y en eso los niños consiguen un cum laude. Teatro, música, danza, arte, pintura, escritura, nada se les resiste. Inventar un nuevo bocadillo para merendar, diseñar un nuevo instrumento musical o dibujar una nueva mascota se convierte en actividad apasionante.

     Intento inspirarles y no sólo explicarles o demostrarles. Proporcionarles un entorno favorable para el descubrimiento y la experimentación. Estimular todas las curiosidades, provocar la duda, motivarles a crear, a buscar siempre el por qué.

     Muestran interés por todo lo que hacen, sus ideas inéditas e inesperadas rebosan originalidad. Una idea fortuita les transporta a experiencias enriquecedoras, expertos en nada y aprendices de todo, sin miedo a aprender, sin la necesidad de demostrar. El error es parte del juego sin importarles tener que volver a empezar o el que dirán.

    Admiro su capacidad de observar a un cangrejo durante horas que antes han pescado con tenacidad y osadía, diseñar las zapatillas de correr con la mejor aerodinámica para que mamá no se vuelva a lesionar o esbozar la bandera de un país donde jamás nadie tendrá que llorar.

     Gracias por recordarme cada día que todas las personas adultas han sido niños  antes pero en muchas ocasiones nos obligamos a olvidarlo.


divendres, 29 d’agost de 2014

NECESITO NORMALIDAD

       El verano va tocando a su fin, los días van acortándose poco a poco. En breve volveremos al ritmo acelerado del invierno y pronto añoraremos el susurro del mar. Ahora con calma toca saborear cada uno de los recuerdos y empezar a programar lo que vendrá, que seguro será mucho mejor. Han sido casi dos meses de desconexión laboral para pasar a ejercer de madre 24 horas al día,  7 días a la semana, al igual que lo hacen las estaciones de servicios. Para cualquier necesidad "aquí está mamá", aquí no se cierra por vacaciones ni por festivo.

      Verano de viajes y sal. De río y altas montañas. De agua fría y tormentas inesperadas. De rutas siguiendo el GPS e idiomas diversos. De campus deportivos y monumentos. Gastronomía variada, fotos y museos. De lecturas interrumpidas y películas compartidas. La frase más repetida a mi alrededor ha sido  "mamá, mira lo que hago." Horas robadas al alba para entrenar y disfrutar del tan deseado silencio. Paciencia en ocasiones en baja batería.

Ha habido tiempo de descansar, aprender, sonreír, pensar, planificar, soñar, llorar, probar, compartir, reír, gritar, desconectar, abrazar, descubrir, pelear, perdonar, caer y volverse a levantar. Amigos y tíos, abuelos y los cuatro en solitario. Ritmo pausado y poca programación. Aprendizajes a pasos agigantados de los reyes de la casa que me provocan gran admiración. Mezcla de querer que crezcan pero de no querer que se hagan mayor.



      El cuerpo empieza a impacientarse y pide cada día más acción, con ganas de coger el ritmo otoñal.  Ilusionada con todos los proyectos que llegarán. Feliz por ser mamá pero con ganas de volver a recuperar mi faceta más personal. Mi  "yo" pide urgentemente rutinas y horarios bien marcados., silencio y soledad. Quizás cuando alguien me llame por mi nombre no se si sabré reaccionar. Mamá, mami, máma, madre a full time.

Me impera una enorme e inmediata necesidad de dejar de:

- Comer sin que ningún vaso de agua caiga "sin querer" a mi alrededor.

- Caminar por la calle sin miedo a que me atropelle un patinete que circula sin parar a mi alrededor.

- Simular que me gusta jugar a tenis-playa cuando yo lo que quiero es tirarme a tomar el sol.

- Buscar cangrejos en las rocas intentando no darme un resbalón. 

- Fingir entender a todos los extranjeros que nos preguntan algo en inglés.

- Dejar de escuchar la "canción del verano" a todo volumen.

- Acarrear la sombrilla que al final nadie utilizará.

- Conducir sin que alguien no deje de preguntar cuando queda para llegar.

- Sudar para construir el castillo de arena más molón.

-Dejar de acabarme los helados cuando el pequeño "no puede más".

- Odiar llevar chanclas cuando uno de ellos me pisa por detrás.

- Comer o cenar sin ver dibujos animados o una ridícula serie infantil.

- Enojarme cada vez que me mojan "sin querer".

- Marearme en los barcos que se empeñan a coger.

- Poner pegajosa crema de factor 50 sin que paren de moverse.

- Sentarme encima de una toalla tan llena de arena que parece la alfombra de un faquir.

- Dejar de sentirme como un mediador de la ONU en un centenar de conflictos entre hermanos.

- Pedir un millar de veces que bajen el volumen del televisor.

-Justificar la importancia que tiene hacer deberes de verano.

- Negociar el tiempo que pueden estar jugando a la Play.

- Poner tatuajes que salen en las bolsas de cualquier aperitivo que después cuestan tanto de sacar.

- Intentar no dormirme en el cine mientras veo el último somnífero estreno infantil.

- Aparentar que me gusta observar aves en las puestas de sol.

- Hacer aburridas manualidades en el club infantil del hotel.

- Hacerme la simpática con los niños que no paran de conocer.

- Subirme a atracciones que destrozan mi lumbar.

- Leer el periódico en tres días porque no hay tiempo para más.

- Dormir 10 minutos de siesta y ser despertada con un "no estarás durmiendo mamá".

- Ver salsa de tomate hasta en la ensalada y pensar que esto en invierno cambiará.

      Estoy convencida que de aquí a tres semanas volveré a echar de menos el oír constantemente la palabra mamá pero de momento necesito volver a la normalidad. Bye, bye verano.
  

dimecres, 13 d’agost de 2014

MAMÁ ME GUSTA EL VERANO

     Sale como un rayo de la piscina, se tira encima para mojarme, me susurra al oído: "mamá me gusta el verano porque siempre estamos juntos", vuelve a lanzarse con la intención de volverme a mojar. Gruño al sentir el agua fría a la vez que sonrío y disfruto del momento. Crecen a pasos agigantados.

     Con el paso de los años, y a medida que tus hijos van creciendo, te das cuenta que los veranos han cambiado. Adquieren un color diferente, ya no son pausados ni relajados. Atrás queda cuando lo más importante era conseguir un bronceado perfecto, llevar el conjunto de moda y ver amanecer en lugares perdidos alrededor del mundo. Del tú y yo al nosotros. Dos más dos son cuatro. 

     Días de sal y calor. Veranos de playa y sal. Helados y golosinas. Mami, mami, mami, mira lo que hago. Camisetas manchadas de chocolate. Rutas en bicicleta. Toallas llenas de arena. Sombrillas no utilizadas. Partidas de tenis playa. Riñas y lloros. Camas elásticas y volteretas. Carreras con patinete. Parques de atracciones y circuitos de aventura. Asambleas familiares. Poca verdura y mucha salsa de tomate. Ración doble de postre. Videojuegos y películas. Manualidades y piscinas. Toboganes y columpios. Dulce y salado. Costa y pescadores. Caras pintadas y payasos. Granjas y establos. Buceo y cangrejos. Agua fría y refrescos. Ropa que queda pequeña. Patos y flamencos.

     Normas escondidas en un cajón. Desorden generalizado. Tiempo pasado delante de pantallas. Pocas obligaciones. Siestas compartidas. Desayunos a media mañana. Confidencias a la orilla del mar. Achuchones y caricias.


     Coche abarrotado de maletas. Gafas y colchonetas. Bolsas llenas de juguetes. Fútbol y castillos de arena. Tatuajes y pulseras de colores. Cremas solares y olor a hidratante. Trabajo a ritmo pausado. Minigolf y hamburguesas. Peleas y pactos. Boyas y chiringuito. Monopoly y parchís. Abuelos y tíos. Lecturas interrumpidas. Banderas verdes o rojas. Inflables y pistolas de agua. Cuevas y senderos. Visitas de amigos. Café con hielo. Medusas y oleaje. Aprendizajes a ritmos acelerados.

      Desear la vuelta al cole. Sentir que el tiempo pasa volando. Risas y carcajadas. Confidencias y retos para el invierno. Competiciones de papá. Entradas a meta de la mano. Fotografías llenas de recuerdos. Puestas de sol en lo alto. Canciones de moda. Sobremesas a la sombra. Paseo marítimo y palomitas. Reencuentros y desencantos. Recuerdos de aquellos que ya no están.

     Por instantes anhelas el silencio. Cuando lo tienes añoras el bullicio. Sonrío y me doy cuenta que me encuentro en el más infinito paraíso. Llegará el momento que quieran caminar solos. Mientras tanto disfruto del verano con olor a salitre. No cambio ningún viaje exótico por pasear con mis hijos de la mano. Estas son mis vacaciones diez, junto a los míos, a ritmo sosegado, junto a la brisa del mar.