Sònia

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diumenge, 14 de setembre de 2014

MAMÁ, ¿Y SI NO SÉ HACER LO QUE ME PIDEN?

     
     El tiempo transcurre a pasos agigantados y yo me doy cuenta en el momento que empieza un nuevo curso escolar. Al dedicarme a la educación mi año empieza en septiembre y acaba cuando el calor empieza a apretar. Este primer mes es el de pasar de cero a cien, el de organizar y programar. Invadida por el síndrome postvacacional intento coger el ritmo sin poder casi respirar.

     Sí, si, debo confesarlo, mis hijos tienen la manía de no parar de crecer, de estirarse por momentos, de dejar la ropa pequeña y de medirse conmigo constantemente recordándome que pronto me pasarán. Te percatas que tus hijos se hacen mayores cuando compruebas que debes multiplicar las tallas que llevaran en el uniforme escolar y las mangas de las batas han quedado cortas y se tienen que cambiar.

     En nueve años hemos superado, y digo superado porque  ha sido una ardua tarea, diez adaptaciones diferentes. Admito que en la mayoría de ellas mis hijos lo han llevado mucho mejor que yo. En muchas ocasiones me ha tocado disimular mis miedos y mi inseguridad. Qué confundida estaba cuando sufría porque que no fuesen capaces de adaptarse a la vida escolar o a vivir sin mamá. Cuantos logros conseguidos sin tener que pronunciar la palabra papá.

     La vuelta al cole siempre implica un trabajo adicional. Marcar ropa, preparar el material,  forrar libros que siempre quedan mal o cuadrar horarios para que todo empiece a rodar.

     Desempolvo recuerdos de los primeros años de guardería cuando la maestra casi debía cortarme la mano para dejarlos en clase, cuando no dejaba de mirar las agujas del reloj en el trabajo deseando que llegase la hora de irlos a buscar, de preguntar si habían comido mucho o de salir de clase con el corazón encogido cuando pedían berreando que no me fuese a trabajar. Ya en el cole de grandes fue todo más normal. Se adaptaron sin problemas y mamá estaba mucho más preparada para dejarles volar.

     Recuerdo el primer día  de colegio de Xavier. Observando mi cara de pánico por dejarlo en libertad se acercó a mi, me achuchó y me susurró al oído que no sabía como debía actuar. Me preguntó que prefería que hiciese, si llorar o no llorar. Ese fue el detonante que me enseñó a que debía confiar más, valorar cada uno de sus pasos al caminar y fue el momento de comprometerme a enseñarles a perder el miedo a errar.

     Mañana comienzan un nuevo año escolar. Con las mochilas preparadas en casa se palpa el nerviosismo por lo que les deportará. El peque cambia de etapa y eso le crea inseguridad. ¿Mamá y si no se hacer lo que me piden? Mamá y papá te ayudarán.

     Se hacen mayores cuando te advierten que no dejarán que aplastes su pelo con colonia nunca más, cuando piden que no les repitas cuatro veces si están preparados para empezar o advierten que no debes darles un beso en la puerta del colegio delante de sus amigos por el que dirán. Piden ir solos al cole sin que les lleve papá, tener un PC propio o dormir en casa de un amigo al que explicarán cosas que otros nunca sabrán.

     Estoy convencida que será un año muy especial, cargado de miles de aprendizajes, de experiencias y sorpresas que nos enriquecerán. Ellos no lo saben pero seguiré achuchándoles antes de salir de casa para que no se avergüencen de mamá y preguntándoles una y mil veces cuando quieren a  su mami como hacíamos de pequeños cuando casi no sabían hablar.

     Volar solos, que yo estaré esperando al lado del camino para ayudaros a avanzar.


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