Sònia

Sònia

dimarts, 9 de desembre de 2014

MAMÁ, ¿NO TE HABRÁS ENFADADO?

La semana previa a la competición la pasa nervioso, con sólo 6 años se impone una gran presión. Pregunta a papá varias veces cómo debe afrontar la carrera, sin duda ha heredado el espíritu competitivo de él. Ha decidido participar en el cross escolar de nuestra ciudad. Tiene unas habilidades innatas para el deporte y muchas ganas de hacerlo bien. Aún recuerdo lo que disfrutó en su primera competición cuando aún no tenía ni tres años.

La noche de antes tiene poco apetito y durante la madrugada se despierta varias veces preguntando cuanto queda para marchar. Me despido de él, le pido que disfrute y le recuerdo que me da igual la posición en la que quede, para mí ya es todo un triunfador.

Pistoletazo de salida y salen cientos de niños a la vez. Desde las gradas es difícil encontrarlo. Carrera rapidísima y pronto lo vemos salir con su medalla en el cuello, con una sonrisa de oreja a oreja. Tiene la virtud de sonreir siempre.

A papá y a mi nos sorprende su retrasada posición en la linea de meta. Ha entrado un poco antes del  grueso del pelotón pero él sigue explicando en el coche que ha quedado de los primeros. No acabamos de entender el por qué de su afirmación.

Al día siguiente, al recogerlo en la escuela, una mamá de la clase me felicita por la carrera que hizo ayer. No acabo de entender muy bien la situación. Ella se sorprende que no sepamos que pasó. Me explica que nuestro pequeño campeón salió como un rayo tras el pistoletazo de salida y, al mirar hacia atrás, vio como uno de sus compañeros era lanzado al suelo y pisoteado. Al instante decidió parar para ayudar a su amigo a levantarse recibiendo él también más de un pisotón. Luego lo acompañó durante unos metros hasta asegurarse que estaba bien. Después  puso la directa y avanzó a una gran parte del pelotón hasta llegar a meta.

No acabo de entender por qué no nos ha explicado nada de lo sucedido. Aprovecho la vuelta a casa para preguntarle qué pasó.

- Mamá decidí pararme a ayudarle porque todo el mundo lo pisaba. ¿Tú también lo hubieras hecho en la maratón, no? ¿No te habrás enfadado por qué no he ganado, verdad?

- Para mi eres el vencedor, le contesto con un gesto de complicidad. Tranquilo el año que viene seguro que consigues una mejor posición.

- No mamá, el año que viene acompañaré a mi amigo para que no le vuelvan a tirar. Él no sabe colocarse correctamente pero yo le ayudaré.

Ahora es él el que me guiña el ojo y me propone volver a casa haciendo carreras como tanto nos gusta. 

Él es así. Es una de las personas más empáticas que conozco. Su semblante chulesco y su actitud desafiante esconden en realidad a un niño con una inteligencia emocional que a muchos adultos nos gustaría tener. Siempre sabe leer su entorno, mira, observa y pregunta hasta encontrar el porqué de la actuación de los demás. Tiene una capacidad asombrosa de ponerse en el lugar del otro, de sentir el dolor ajeno. A su lado te sientes comprendido, escuchado, cuidado. Contagia de su optimismo a todos los demás.

Es de esas personas que ayudar le hace feliz, que rebosan energía, que nunca se mira el ombligo, que siempre está dispuesto a compartir. Escondido en su disfraz de "nada va conmigo" rebosa de aquella empatía de acción que te hace mover e ir hacia al otro. Siempre cede para evitar que su hermano sea castigado, por tu cara reconoce si has tenido un mal día o ofrece sus ahorros para ayudar a aquel señor que vimos pidiendo en la calle. Me pide que le explique todos los viajes que hizo su tía a Costa de Marfil para ayudar a los demás o cómo el abuelo participaba como voluntario en el teléfono de la Esperanza.

Capaz de darle nombre a cada uno de sus sentimientos, de reconocer sus emociones ya sean positivas o negativas. Odia que lo parafraseen, le gustan las cosas claras, hablar abiertamente. Es capaz de ponerse en la piel del otro, de proponer mil y una solución para verte sonreír. Tiene un don innato para alejarse de aquellas personas que no le ayudan a sumar. Siempre pide disculpas si ha obrado mal, su llanto y su perdón le salen de lo más profundo del alma.

Con sólo tres años fue capaz de verbalizar el dolor que sentía al perder a su abuelo. Te abraza si te ve triste o te besa si tienes un día gris. Siempre dispuesto a entender qué le pasa a los que le quieren, de ayudar al compañero de clase que aún no sabe sumar o a decirle a la yaya lo guapa que está cuando la ve triste recordando a los que ya no están.

2 comentaris:

  1. Esas personas tan especiales tienen un nombre: ángeles.
    Que suerte poder tener uno tan cerca.
    Xavier, aunque te sientas diferente al resto , no cambies nunca.

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  2. Muchas gracias Maria Luisa, preciosa palabra la de ángel

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