Sònia

Sònia

diumenge, 16 d’octubre de 2016

NO ME PIDAS TANTO MAMÁ

- A veces tengo la sensación de que nunca estás contenta con lo que hago.

- ¿Por qué dices eso?

- Parece que siempre quieras que haga las cosas aún mejor.

- Porque confío en que puedes mejorar.

- Ya, pero en ocasiones sólo te vale que lo haga perfecto.

- Tienes razón, a veces me olvido que nadie encuentra su camino sin haberse perdido varias veces.

Lamento cada ocasión que mi torpeza me lleva a no saber valorar el sinfín de cosas que mis hijos hacen bien. Aquellos instantes en los que me convierto en una madre insaciable que invierte su energía en valorar únicamente el rendimiento de aquello que hacen, olvidando el esfuerzo que han puesto en ello, la fuerza de voluntad que han demostrado, cada paso que han sido capaces de dar en su camino.

Aquellos momentos en los que me muestro excesivamente crítica, donde exijo que sean sobresalientes a la hora de aprender, ignorando que lo importante es el sentir y no el hacer. Aquellas situaciones en las que descuido que se aprende experimentando, dando la mano al ensayo y el error, cayendo y volviendo a empezar. Esas ocasiones donde provoco una agria sensación de inutilidad, de torpeza, de desolación. Donde me olvido de alentar, de motivar sin condición, de recordar que estoy ahí donde me puedan necesitar.

Esos instantes en los que el resultado se convierte en la única meta, sin tener presente la importancia de respetar sus ritmos de aprendizaje, las capacidades innatas, el deseo de hacer las cosas de manera diferente a las mías. Mi desacierto me lleva a olvidar que yo tampoco soy una madre ni una mujer de sobresaliente y que ellos nunca juzgan mi poca destreza para cocinar o mi incapacidad de mantener la calma cuando las cosas se empiezan a torcer. Esos momentos en los que mi exigencia es tan elevada que consigo que mis pequeños tengan miedo a explorar.

Nuestros hijos no pueden convertirse en un producto bursátil que debemos revalorizar, ni un trofeo que debemos exponer, ni una medalla que podernos colgar. No podemos convertir sus vidas en una exigente escuela donde sólo haya lugar para el éxito y la perfección,  que les exija siempre estar al  mejor nivel.

Yo no quiero hijos sobresalientes sino felices. Valientes, osados, con ganas de probar, que acepten el error como parte esencial del aprendizaje. Con ganas de aprender sin miedo a fallar, sin querer vivir siendo siempre los primeros de la fila. Quiero hijos que vivan el presente sin más, que disfruten de cada regalo que les ofrece un nuevo amanecer. No quiero educar en la necesidad  de ser los mejores, de sentir que los demás son rivales, donde el único objetivo es alcanzar la notoriedad. 

Quiero que sepan que les quiero por lo que son y no por lo que consiguen. Deseo ser una mamá que estimula, que valora cada escalón superado, que no recrimina los errores,  que susurra "estoy contigo" cuando todo se empieza a balancear. Quiero hijos que crezcan en libertad, sin tener la necesidad de demostrar nada a nadie, sin tener que ser élites. Que aprendan a valorar el intento aunque sea imperfecto, que tengan las ganas de seguir intentándolo las veces que sean necesario, a no quieran ser lo que los otros deseen.

Ojalá sea capaz de enseñarles que no siempre hay que saber bailar sin pisar, ni saber seguir el ritmo que otros imponen. Sin duda la vida es mucho más emocionante cuando pintas del color que tu crees.


3 comentaris:

  1. Grande Sonia! Estupenda reflexión ; importante no caer en la "madre alfa" y darles su espacio para fallar. Las perfeccionistas podemos caer en eso .. Grande tb por la autocrítica. Un besazo

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