Sònia

Sònia

diumenge, 11 de desembre de 2016

EDUCAR ANTE LA MUERTE

- ¿Tú también le echas de menos mamá?

- Creo que no hay un sólo día que no me acuerde de él.

- ¿Y también te pones triste al recordar que ya no está?

- Intento acordarme de todo lo bueno que compartimos juntos.

- Sé que papá a veces disimula sus ganas de llorar cuando hablamos de él.

- Se le hace difícil que él ya no esté.

- Ojalá pudiese verme cuando marco un gol.

- Estoy convencida que desde algún sitio lo hará.

Educar ante la muerte pertenece a la vida, es parte imprescindible de ella. Nuestra existencia está llena de encuentros pero también de pérdidas, nos gusté o no, es parte de las reglas del juego. Las pérdidas en ocasiones dan aún si cabe más sentido a nuestros días, nos recuerdan a menudo la necesidad de exprimirla al máximo, de tratarla con cariño. La vida es tan emocionante precisamente porque tiene un límite, la muerte es su esencia.

Hace 4 años que el abuelo se fue. La enfermedad se lo llevó de un manotazo, privándonos de tener tiempo para despedirnos de él, para poderle expresar lo importante que era para nosotros. La muerte le robó lo que más le gustaba en esta vida, ver a sus nietos crecer. Cuatro años donde ha costado mucho no llorar en cada celebración familiar, hablar sin miedo al recuerdo, superar la rabia, entender su marcha. Aprender a afrontar el vacío, la desolación, la ira.

Sin edulcorar la realidad aprendimos a hablar del tema sin rodeos, fantasías o engaños. Sin tabús y admitiendo que estábamos rotos por dentro. Desarrollamos mecanismos para sublimar el dolor, eliminamos los eufemismos. Superamos la negación, la furia, la tristeza. Nos permitimos tener días grises confiando en que poco a poco iría a mejor, aprendimos a seguir caminando sin tenerlo. Aceptamos nuestra presumidad como padres admitiendo que no teníamos respuesta para todo, le pusimos color a la injusticia, buscamos mil y una manera de mantenerlo vivo en nuestro recuerdo.

El tiempo nos ha enseñado a aceptar su pérdida sin enojo, a ponerle una sonrisa al recuerdo. A hablar con naturalidad de su ausencia, a respetar diferentes rituales de despedida, a compartir todo aquello que sentimos sin tapujos, a verbalizar lo mucho que le añoramos. A dejar expresar emociones sin miedo al ridículo, a responder con naturalidad preguntas incómodas, a entender las muestras de dolor sin tapujos. A comprender que el amor no se gasta, que él vivirá para siempre en nosotros.

El paso de los años nos ha permitido compartir el duelo, coger la rabia acumulada y convertirla en energía, a hacernos más fuertes. El primer contacto con la muerte nos ha hecho integrar nuevas emociones, a sentir muy adentro. Al principio necesitamos buscar una estrella que nos unía a él, ahora ya está presente en todo lo que hacemos.

Recuerdo cada vez que discutía porque malcriaba a sus nietos, ahora desearía que les atiborrase de chucherías. Si el abuelo viese como marco un gol, si el abuelo viese la nota del examen que he conseguido, ojalá el abuelo me pudiese abrazar.

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