Sònia

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dimarts, 5 d’abril del 2022

Siete estrategias para ayudar a nuestros hijos a superar un divorcio

 Cuando decidimos unir nuestra vida a la de otra persona, deseamos que esta opción sea para siempre. Soñamos con un futuro conjunto, nos prometemos amor eterno y empezamos a construir un proyecto de vida común. Pero las cosas no siempre salen bien y las relaciones pueden acabar deteriorándose y rompiéndose. El número de separaciones en nuestro país ha aumentado exponencialmente a lo largo de los últimos años y su normalidad es aceptada en las familias, en los colegios o en el ámbito escolar.

Múltiples pueden ser las causas que provocan una separación: problemas de comunicación, expectativas insatisfechas, discusiones a destiempo, falta de compromiso o la infidelidad. En ese momento, los malos entendidos, las suposiciones, la comunicación confusa, el rencor y el odio llegan a teñir la relación. La pérdida del amor provoca caos interior, tristeza y mucha desorientación. El yo, el tú y el nosotros, dejan de mantenerse en equilibrio y se rompe la balanza. Una vez tomada la decisión de separarse toca volver a comenzar, volver a reinventarse y reconstruir. Es un proceso de duelo duro y largo que se complica si tenemos hijos en común.

Afrontar una separación con niños no es fácil ni para los padres y, mucho menos, para los hijos, da igual la edad que tengan. Ante esta situación, todos los miembros de la familia sienten una tremenda sensación de pérdida e incertidumbre al experimentar que el concepto de familia desde ese momento cambiará de forma radical. Un proceso de transición y adaptación para todos los miembros del núcleo familiar que cada uno vive de manera distinta.

La manera en la que reaccionarán nuestros hijos ante esta noticia dependerá de la edad, la personalidad, la madurez y las circunstancias del proceso de separación o divorcio. No todos los niños o adolescentes responderán de igual forma a una separación y deberemos estar muy atentos para poder dar respuesta a las necesidades personales y educativas que vayan surgiendo y para saber acompañar el proceso desde el cariño y la comprensión.

Durante el proceso de separación nuestros hijos podrán manifestarse más distantes, desafiantes o agresivos, respondones e impulsivos. Se mostrarán confusos, con dificultades para modular sus emociones y con más cambios de humor. Tendrán menos tolerancia a la frustración, quizás empeoren su rendimiento escolar y normalmente mostrarán más dificultades para asumir sus responsabilidades.  

La separación será para nuestros hijos una rotura del esquema de su vida, un punto de inflexión no deseado. Nos tocará explicar a nuestros hijos que papá y mamá ahora se quieren de forma diferente y que nunca les dejará de querer. Será el momento de intentar evitar las peleas y las descalificaciones delante de ellos y de tomar decisiones que aseguren su bienestar y tranquilidad. Deberemos evitar contagiarles nuestra frustración, desilusión o tristeza.

Ellos seguirán queriendo a mamá y a papá a partes iguales y continuarán necesitando su atención, apoyo, afecto e infinitas dosis de amor. Es primordial que vean que en nuestra separación existe la armonía, el respeto y la coherencia y que ellos no se convierten en moneda de cambio.


Como padres podemos conseguir que los efectos de nuestra separación sean menos dolorosos para nuestros hijos si somos capaces de mantener la estabilidad en casa y de priorizar y atender las necesidades con una actitud positiva y tranquilizadora siguiendo una misma línea de actuación.


¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a superar una separación?


  1. 1. Siendo honestos con nuestros hijos, explicándoles de manera sencilla y clara la situación, sin mentiras ni falsas promesas. Contestando con mucha empatía a todas las dudas o miedos que les puedan surgir y dejándoles bien claro que ellos no son culpables de la situación.
  2. 2. Ayudándoles a identificar y gestionar todas las emociones que les generará la separación: tristeza, rabia, desánimo, enfado, inseguridad o miedo. La inestabilidad emocional será muy habitual y necesitarán más que nunca nuestra seguridad y confianza.
  3. 3. Intentemos consensuar, aunque no será fácil, un proyecto educativo familiar en común con nuestra expareja, estableciendo normas comunes y ajustando nuestro nivel de exigencia ante nuestros hijos. Nuestros niños y jóvenes necesitan ver como nos respetamos y colaboramos en todo aquello que les afecta. Esta sintonía les proporcionará mucha seguridad y les ayudará a adaptarse a su nueva vida.
  4. 4. Nunca utilicemos a nuestros hijos como arma arrojadiza para hacer daño a nuestra expareja. Evitemos hablar del otro progenitor de forma despectiva e irónica o involucrar a nuestros pequeños en los conflictos que puedan existir entre nosotros. Estas situaciones les provocará mucho malestar, incomodidad y dolor.
  5. Seguir leyendo: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2022-03-26/siete-estrategias-para-ayudar-a-nuestros-hijos-a-superar-un-divorcio.html

dimarts, 22 de març del 2022

Seis estrategias para ayudar a nuestros hijos a tolerar y afrontar la frustración

 Hoy es el peor día de mi vida, nada ha salido como esperaba”, me dice mi hijo. “Entiendo que te sientas triste y enfadado, a nadie le gusta que no le salgan las cosas a la primera”, le explico. “¿Tú también te enfadas cuando te pasa?”, repregunta. “Ahora ya no, he aprendido que fallar es una maravillosa forma de aprender”, le consuelo. Vivimos en la sociedad de la inmediatez, donde todo va demasiado deprisa. Vamos corriendo a todas partes entrelazando tareas. Nos hemos acostumbrado a obtener lo que queremos sin demasiado esfuerzo, un solo clic nos acerca al instante a muchas cosas de las que deseamos. Nos impacientamos si las cosas no nos salen a la primera y mostramos muchas dificultades para tolerar la frustración, para manejar correctamente nuestros enfados o fracasos.

La frustración es una emoción desagradable que aparece en aquellas situaciones en la que nos damos cuenta de que no podemos conseguir alguna cosa importante para nosotros. La frustración es innata, pero también es susceptible de aprendizaje. Una sensación que mezcla la ira, la tristeza, la ansiedad y el enfado y que a menudo nos colma de decepción y desilusión. Podemos exteriorizarla a través del llanto, la agresividad, los gritos o el silencio.


La tolerancia a la frustración es la habilidad que nos ayuda a afrontar los cambios inesperados y los fracasos, así como a saber manejar aquello que no está a la altura de nuestras expectativas. Desarrollarla es imprescindible para poder afrontar de forma saludable situaciones que nos generen sensación de impotencia, aquellas que en ocasiones hacen tambalear nuestros cimientos. La capacidad de afrontarla se da principalmente en la infancia y necesita de un aprendizaje específico. Al igual que los adultos, los niños deben aprender a gestionarla correctamente en su día a día para poder hacer frente a las adversidades. El temperamento de cada niño, la manera de gestionar las emociones y el estilo educativo de cada familia influirán directamente en el desarrollo de las habilidades necesarias para hacerle frente.


Las causas más habituales que provocan la frustración en los niños están relacionadas con la necesidad de atención, reconocimiento, independencia y autoafirmación. Si nuestros hijos no logran tener una buena tolerancia mostrarán muchas dificultades para controlar correctamente sus emociones, se mostrarán impulsivos e impacientes y buscarán satisfacer sus necesidades de manera inmediata. Se desmotivarán muy fácilmente ante cualquier contratiempo y abandonarán a menudo sus objetivos.

Un niño con una baja tolerancia a la frustración vive cualquier límite como injusto, tiene muchas rabietas y muestra dificultades para comprender que no le demos todo aquello que desea. Tendrá una baja capacidad para mostrarse flexible y para adaptarse correctamente a los cambios. Con los adultos de referencia se mostrará muy exigente e intentará manipularlos hasta que consiga aquello que desee.


Aprender a tolerar correctamente la frustración permitirá a nuestros hijos afrontar de manera positiva los diferentes retos y dificultades que les presentará la vida y desarrollar estrategias adaptativas que fomenten su autorregulación emocional y autonomía. Un niño con un alto nivel de tolerancia podrá mantener su estado de ánimo sin alteración aunque no vea cumplidas sus expectativas, pedirá ayuda cuando lo necesite y sabrá aceptar las críticas, trabajar en equipo y gestionar mejor los conflictos. Será mucho más optimista, se sentirá capaz de probar cosas nuevas y transformará las situaciones problemáticas en excelentes oportunidades para aprender y mejorar.


¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a desarrollar una buena tolerancia a la frustración?

  1. Enseñándoles a enfrentarse a las situaciones negativas, difíciles o frustrantes con positivismo y a aceptar el error como parte imprescindible del aprendizaje. A perseverar y saber que las cosas cuestan un esfuerzo, que no todo se consigue a la primera.
  2. Convirtiéndonos en el mejor ejemplo que puedan tener a la hora de hacer frente a nuestra propia frustración. Pidiendo disculpas cuando nos equivoquemos con humildad y mostrándoles que con perseverancia y paciencia será mucho más fácil conseguir aquello que nos propongamos.


Siete errores que te impiden conectar con tu hijo adolescente

Qué difícil es en ocasiones comprender a nuestro hijo o hija adolescente. Entender sus salidas de tono, sus conductas arriesgadas, su apatía ante las cosas. Su falta de compromiso para cumplir con sus responsabilidades, su rebeldía y su imperiosa necesidad de probar de forma casi constante los límites y saltarse las normas. Que complicado es acompañarle desde la calma, hablar sin tener que discutir y dar respuesta a sus nuevas necesidades. Aceptar que haya crecido casi sin darnos cuenta y que necesite empezar a volar dibujando su propio camino sin ir de nuestra mano.

Recuerdo que la mayor parte de mi adolescencia sentí que muy poca gente me entendía y podía acompañar con serenidad todas las emociones que me recorrían por dentro. Unos sentimientos que me producían mucha inseguridad y me hacían sentir muy vulnerable. Únicamente en mi grupo de iguales sentía la libertad de comportarme tal y como era, de expresar aquello que me molestaba o me inquietaba y de compartir todos mis dudas o miedos.

Fueron unos años convulsos, repletos de meteduras de pata donde necesité tiempo para aprender a dominar mi frustración, para saber identificar mis emociones, ponerles nombre y gestionarlas correctamente. Mis padres siempre estuvieron a mi lado ofreciéndome su ayuda y apoyo incondicional lo mejor que supieron.

La adolescencia es sin duda la etapa más desafiante para la crianza. Un período convulso que a menudo a las familias nos desconcierta y nos exige nuestra mejor versión. Un período en el que no es fácil sintonizar con lo que viven y sienten que nos provoca un sentimiento de culpa e impotencia y nos llena de dudas.

Ahora que soy madre de dos adolescentes, intento entender por qué mis hijos a menudo viven entre extremos y se muestran irascibles, tristes o ausentes sin tener un motivo aparente. El carrusel de emociones y estados de ánimo por el que transitan, la intensidad con a la que sienten y la dificultad que tienen para leer correctamente todo aquello que pasa a su alrededor.

Nuestros hijos adolescentes necesitan que acompañemos esta etapa tan importante de transformación y reafirmación personal desde la mayor serenidad, confianza y empatía. Que entendamos que para ellos es muy complicado hacerse mayor en esta sociedad tan cambiante y que transcurre tan deprisa. Que les mostremos la manera de controlar sus impulsos y sus conductas a menudo desajustadas e imprevisibles.

 Que les ayudemos a hacer frente a los numerosos cambios físicos, psicológicos, sociales y emocionales por los que transitan, a descifrar el caos emocional que les provoca tanto malestar. Que les tendamos la mano ante sus caídas y les demos el tiempo necesario para aprender.


¿Qué errores nos impiden conectar con nuestros hijos adolescentes?

1. Esperar que sean capaces de mantener en todo momento el control de sus impulsos y emociones. Si algo caracteriza a la adolescencia es la dificultad que tienen nuestros hijos para modular correctamente todo aquello que sienten. Necesitan que les ayudemos a identificar sus sentimientos y a desarrollar estrategias para poder hacer frente. Una regulación emocional que les permitirá controlar sus comportamientos e impulsos.


dilluns, 14 de febrer del 2022

Cómo hablar de la muerte con nuestros hijos: siete consejos para ayudarles a afrontar el duelo

 “¿Qué haces tú cuando le echas tanto de menos?”, me pregunta mi hijo. “Intento recordar qué era lo que más me gustaba de él”, les respondo. “¿Y eso te hace estar menos triste?”, incide. “Eso me ayuda a saber lo importante que era para mí y no olvidarlo”, les digo con consuelo. “Mamá, lo echo tanto de menos…”, se lamenta. Sin duda uno de los momentos más difíciles de mi maternidad, ha sido el acompañar a mis hijos ante la pérdida de un ser querido. El abuelo se fue muy pronto y deprisa, casi sin podernos despedir de él. Recuerdo los días llenos de llantos y desconsuelo, la tristeza y la rabia que sentíamos, las preguntas constantes sobre el sentido de la muerte que me hacían estremecer. No hay día en casa que no lo nombremos porque lo seguimos echando de menos. ¡Cuánto dinero pagaría porque pudiese ver a sus nietos crecer!

Alphonse de Lamartine decía que a menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd. La muerte es parte ineludible de la vida, pero eso consuela muy poco. Nadie está preparado para perder a alguien al que quiere, al que necesita a su lado, con el que te gustaría compartir todo lo bueno y lo malo que te sucede. 

A todos nos gustaría que alguien volviese, aunque fuese solamente por unos instantes. 

Para volver a compartir una sobremesa, para fundirnos con él en un silencioso abrazo, para poder susurrarle al oído que sientes más miedo desde que se fue.

Dicen que nada enseña más que la muerte, que es una gran maestra. La muerte hace que la vida sea más solemne y nos recuerda la necesidad imperiosa de exprimir cada día al máximo sin caer en las excusas y las postergas. Nos enseña a identificar lo que realmente es importante y a priorizar.

Educar ante la muerte pertenece a la vida, es parte imprescindible de ella. Pero que complejo es hacerlo cuando esa persona que se ha ido era parte de ti y de tu familia, cuando sientes que todo era mucho mejor cuando él o ella estaban a tu lado. Hablar de la muerte a nuestros hijos no es una cosa sencilla, nos cuesta hacerlo porque, desde la protección y el amor más absoluto, no queremos que sufran, que estén tristes, que lo pasen mal.

Niños y adultos nos parecemos mucho en las emociones que sentimos cuando alguien muere. El dolor por perder a alguien querido, la pena al ver que ya no forma parte de nuestra vida y nunca volverá, la ira por saber que ya nada será como antes o el vacío en el día a día que esa persona nos ha dejado es muy similar.

Cuando alguien cercano muere, nuestros hijos necesitan que nosotros pongamos palabras a lo que sucede, sin mentiras y de manera sencilla. Será esencial que les ayudemos a transitar por el duelo adecuadamente, a enfrentarse a la pérdida sintiéndose arropados, protegidos y comprendidos.

Cada niño se enfrentará a la muerte de manera distinta y por eso debemos estar preparados respetar todo tipo de reacciones.

Tendremos que explicarles, con un lenguaje claro y sencillo, que todos moriremos y que cuando eso sucede nuestro cuerpo deja de funcionar para siempre. También, que la muerte no es culpa de nadie, sino que es un hecho natural.

Nuestros hijos necesitarán realizar muchas preguntas ante la pérdida que tendremos que contestar con mucho amor, empatía y paciencia. Deberemos hablar con ellos sin rodeos, ensayándoles a enfrentarse a ella con naturalidad y valentía poniéndoles nombre a todos los sentimientos que esta les genera.

Seguir : https://elpais.com/mamas-papas/2022-02-12/como-hablar-de-la-muerte-con-nuestros-hijos-siete-consejos-para-ayudarles-a-afrontar-el-duelo.html

Enseñar a nuestros hijos a hacer frente al error

 Fallar puede convertirse en una gran suerte, en un gran maestro. Recuerdo que cuando era pequeña sentía miedo cada vez que no hacía las cosas bien. Estudié en un colegio muy estricto que penalizaba a sus alumnos cada vez que cometían un error. Durante mis años escolares, siempre tuve la sensación de que nunca estaba a la altura ante la exigencia de mis profesores y eso me provocaba una gran frustración. Me daba pánico salir a la pizarra o exponer un trabajo ante el resto de compañeros por miedo a sentirme ridiculizada por no haberlo correctamente o como lo esperaba el maestro.


En casa era muy diferente, ya que mis padres y hermanas siempre acompañaban mis tropiezos con paciencia y comprensión. Jamás me reprocharon que me equivocase a menudo y siempre me tendieron la mano para ayudarme, explicándome cómo podía mejorar.
Vivimos en una sociedad demasiado competitiva donde todo va muy deprisa y la búsqueda del éxito está muy presente. Un éxito malentendido y relacionado siempre con el ser el mejor, poseer o aparentar. Determinado en muchos momentos por el número de “me gustas” que somos capaces de obtener.

Una sociedad donde no hay espacio para aquellos que fracasan, para los tropiezos o los segundos puestos. Donde desde bien pequeños nos programan para tener que ganar siempre, para ser perfectos, para esconder nuestros errores por el miedo al qué dirán.
Nuestros hijos necesitan que les enseñemos que fallar forma parte del intentarlo, a encajar golpes ofreciéndoles las estrategias necesarias para poder aprender de cada nuevo intento o tropiezo. Que les expliquemos que tienen derecho a fallar y que el error es necesario para mejorar. 

Que hablemos con ellos de las derrotas sin tapujos y les ayudemos a desarrollar la capacidad de reconocer y aceptar las equivocaciones con calma sin permitir que el miedo o las dudas les inmovilicen cuando fallen.

Demostrándoles que no nos enfadamos cuando se equivocan, que respetamos sus ritmos de aprendizaje y damos respuesta a sus intereses y necesidades. Si enseñamos a nuestros pequeños y jóvenes a hacer frente al error y a las adversidades de la vida, se convertirán en niños resilientes, resolutivos y felices capaces de vivir en el aquí y el ahora sin la necesidad de tenerlo todo controlado o con la idea que todo tiene que ser perfecto. De perseguir y conseguir todo aquello que se propongan aprendiendo a abrazar el cambio, a dar la mano a lo imprevisible.

¿Cómo podemos enseñar a nuestros hijos a hacer frente al error?

  1. 1. Hablando del error en términos positivos, enseñándoles a verlo como una gran oportunidad para aprender y volver a empezar con la experiencia acumulada. Para buscar nuestra mejor versión en cada momento y seguir hacia delante con determinación.
  2.              Seguir leyendo: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2022-01-29/como-podemos-ensenar-a-nuestros-hijos-a-hacer-frente-al-error.html

dijous, 20 de gener del 2022

Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a marcarse nuevos propósitos para este 2022

Iniciamos un nuevo año condicionados por un virus que lleva demasiados meses provocando que vivamos a expensas de su comportamiento y transmisión. Una pandemia mundial que hace ya mucho tiempo cambió nuestra forma de entender la vida, de relacionarnos, de mostrar nuestro afecto o de trabajar.

Desde su aparición, el desconcierto, el miedo al contagio o la preocupación por posibles confinamientos marcan nuestras actividades y relaciones. Una crisis sanitaria que nos ha hecho replantearnos muchos aspectos de nuestra vida, reflexionar sobre aquello que es realmente importante y nos ha demostrado la necesidad de aprender a vivir en el aquí y el ahora.

Las fiestas as navideñas son días propicios para evaluar todo lo conseguido en los últimos meses y para escribir propósitos nuevos. Unos propósitos que nos acerquen a aquello que realmente nos haga felices y nos den motivos para trabajar a diario para conseguirlos.

A menudo el día 1 de enero lo dedicamos a elaborar largas listas de objetivos que queremos conseguir los próximos 365 días: dejar de fumar, perder peso, ahorrar dinero, buscar un trabajo mejor, pasar más tiempo con la familia o aprender algo nuevo. Todos ellos suelen ocupar el ranking de los deseos. Propósitos que a menudo olvidamos a los pocos días de haberlos escrito cuando nos damos cuenta de que conseguirlos no va a ser fácil.


Existen dos tipos de personas; las que deciden sentarse a esperar que la vida les sorprenda y las que optan por llenar sus días de adrenalina y retos. Los primeros se convierten en simples espectadores de sus propias historias, expertos en buscar excusas para no intentarlo. Los segundos no esperan que llegue el momento perfecto para dar el primer paso aunque estén muertos de miedo porque creen en la magia de la actitud.

Los propósitos son esas locuras que aparecen en nuestra mente justo antes de quedarnos dormidos, esas razones que nos hacen poner los sueños en práctica. Deseos que inyectan emoción a nuestros días y hacen de la vida algo mucho más emocionante.

Objetivos que nos regalan motivos para seguir caminando, nos comprometen con lo que sentimos, nos revelan que al final somos lo que nos atrevemos a intentar. Que nos demuestran que somos mucho más capaces de lo que imaginamos, que los sueños no se cumplen sino que se entrenan a diario.

Desafíos que nos transforman, nos descubren o recuerdan nuestros talentos y fortalezas, nos regalan aliados que alientan nuestra locura. Propósitos que nos enseñan a mirar la vida desafiándola, nos hacen más agradecidos, nos empujan a abandonar los deberías, a atrevernos a asumir riesgos.

Objetivos que nos enseñan a fallar aprendiendo, a disfrutar de los pequeños logros, a superar inseguridades y complejos. Que nos transforman por dentro, nos ayudan a sobresalir de nuestros fantasmas y desarrollan nuestra valentía, coraje y honradez.

Sin duda, una de las cosas más importantes que debemos enseñar a nuestros hijos e hijas es a marcarse propósitos para este nuevo año. Animarles a que elaboren una lista realista de cosas que les gustaría conseguir y por las cuales se comprometen a esforzarse.

Propósitos que les ayuden a adquirir hábitos que les faciliten el camino, que desarrollen su disciplina y voluntad. Que refuercen la confianza en ellos mismos, potencien la autoestima y la resilencia. Que les enseñen el valor del error como parte imprescindible del aprendizaje, la importancia de tomar buenas decisiones y la necesidad de rodearse de personas que les ayuden a conseguirlos.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a marcarse objetivos?

  • Ayudándoles a definir sus propósitos asegurándonos que son concretos y realistas, concretando con ellos los pasos necesarios que deberán realizar para lograr sus metas. Desarrollando estrategias que les ayuden a comprometerse y a superar los obstáculos que se irán encontrando en el camino.
  • Enseñándoles a visualizar el proceso y no el resultado para que sean capaces de focalizar toda la atención en los pasos necesarios para lograr el objetivo. Explicándoles que las dificultades y los fracasos se convierten en grandes oportunidades para aprender. Enseñándoles a comprometerse con sus sueños, especialmente cuando las cosas se compliquen.
  • Seguir leyendo artículo en: Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a marcarse nuevos propósitos para este 2022

dimecres, 19 de gener del 2022

Seis estrategias para mejorar la comunicación con nuestro hijo adolescente

 Un fuerte portazo y te quedas al otro lado de la puerta sin entender muy bien el motivo de la explosión del conflicto. Después de unos minutos, abres sigilosamente la puerta y preguntas: “¿Estás bien?”; “Déjame en paz”; “¿Puedo ayudarte en algo?” o te enfrentas a un silencio sepulcral. El conflicto es inherente a la vida y a través de él aprendemos a lidiar con un sinfín de situaciones. Es la confrontación de intereses entre dos o más personas, que frente a una misma situación, tienen ideas, metas u objetivos diferentes. Además, nos permite reflexionar sobre nuestras necesidades y la de las personas que nos acompañan a diario, conocer diferentes formas de ver el mundo y llegar a acuerdos.

Si algo caracteriza la etapa de la adolescencia, son las constantes desavenencias que se desencadenan entre padres e hijos. Disconformidades que a los progenitores nos llenan de culpa e impotencia y a nuestros hijos de incomprensión y rabia. La ropa, el pelo, los estudios, el orden, la hora de llegar a casa o las amistades son algunos de los motivos que producen estas discusiones. Estos conflictos nos hacen sentir que no somos capaces de entender las necesidades o el malestar de nuestros adolescentes y que nos alejan enormemente de ellos. No es fácil entender por qué se muestran tan irreverentes, irascibles y les cuesta tanto escuchar nuestras opiniones o sugerencias.

La falta de recursos ante estas situaciones, en ocasiones, nos hace adoptar una comunicación violenta normalizando los gritos o las conversaciones llenas de órdenes, reproches o juicios de valor. Esta forma de relacionarnos les crea un gran malestar emocional y les hace sentir incomprendidos y diferentes.

Sin duda, los adolescentes son rebeldes y desafiantes habitualmente y muestran poco interés por querernos escuchar, pero eso no significa que no necesiten nuestro cariño y comprensión. Sus miedos e inseguridades provocadas por los cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales que atraviesan les hacen comportarse de manera irreverente e impulsiva. Los conflictos en esta etapa se producen porque nuestros hijos necesitan abandonar el nido y esto implica un importante reajuste personal y familiar. Buscan su reafirmación, su lugar en el mundo, su libertad para pensar, hacer o decidir qué desean hacer, para empezar a vivir con más libertad y sentir a su manera.


La comunicación debe continuar siendo uno de los pilares más relevantes en nuestro acompañamiento durante esta etapa y, por esta razón, debemos encontrar estrategias que nos permitan crear nuevos canales de comunicación. Es esencial que nuestros adolescentes se sientan escuchados, reconocidos, y respetados. El modo en el que hablemos será un factor clave para ayudarles a desarrollar su personalidad y una sana autoestima y para aprender la forma más idónea para relacionarse con otras personas. Los conflictos no son buenos ni malos, si conseguimos hacerles frente desde la calma, se convertirán en una magnífica oportunidad para aprender y generar conexión. El problema no reside en lo que decimos sino en el modo en lo que lo hacemos.


Nuestros adolescentes necesitan sentir que estamos a su lado sin condición, que les escuchamos con mucho respeto, que existen los límites, que entendemos que para ellos no es nada fácil hacerse mayor. Que establecemos unas expectativas acertadas hacia ellos y tenemos muy en cuenta sus necesidades u opiniones. Una comunicación afectiva y respetuosa con nuestros adolescentes nos permitirá mostrarnos empáticos y hacer sentir a nuestros hijos que pueden contar con nosotros para todo aquello que necesiten. Un modelo de comunicación no violenta nos permitirá hablar con ellos desde la eficacia y la empatía respetando tanto las necesidades de nuestros hijos como las nuestras.



Por último, proporcionará a nuestros hijos un mayor bienestar emocional, mejores niveles de autoestima, un autoconcepto más ajustado y un alto desarrollo moral y social. Les permitirá desarrollar estrategias de comunicación y resolución de conflictos.


¿Cómo podemos conseguir una comunicación eficaz y respetuosa con nuestros adolescentes?

 Seguir leyendo https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2022-01-15/seis-estrategias-para-mejorar-la-comunicacion-con-nuestro-hijo-adolescente.html