Sònia

Sònia

dilluns, 9 de juny de 2014

MAMÁ ¿CANTAMOS?

Debo admitirlo, la música es uno de mis puntos débiles, una de mis tareas pendientes. Soy una persona arrítmica, incapaz de entonar o diferenciar dos melodías.  Pero aún y así, desde que soy mamá,  intento que ocupe un papel importante en la educación de mis hijos.

 Muchos estudios describen los innumerables beneficios que proporciona la música en el desarrollo de nuestros hijos. Platón y Aristóteles ya apuntaban que la música constituía un instrumento fundamental en la educación.  La música ayuda a desarrollar las capacidades intelectuales, sociales y personales de los más pequeños. Contribuye en la mejora del desarrollo motriz, el pensamiento lógico-matemático y la creatividad. Aumenta la capacidad de autoescucha y reflexión, la empatía y las habilidades sociales. La música trabaja valores tan importantes como la constancia, la perseverancia y  el esfuerzo. Mejora la atención y la memoria.

Desde mi cuarto mes de gestación decidí ponerles música cada noche. Había leído que tenía unos efectos muy positivos en el desarrollo intrauterino .Acoplaba unos enormes auriculares a mi barriga y les deleitaba con un rato de buena música, intentando variar los estilos. Poco a poco, esa hora se convirtió en mágica ya que, con el paso de las semanas, cada vez reaccionaban más rápido al sentirla y no paraban de moverse dentro de mí. Fue nuestro primer canal de comunicación. Estoy convencida que nuestra cita diaria les daba tranquilidad, seguridad y les hacía estar relajados.

Tras su nacimiento les ponía la misma música en casa y reaccionaban girándose hacia ella. Sonreían y estaban calmados. Luego llegaron las canciones de faldas que repetíamos una y otra vez mientras ellos carcajeaban sin parar. Momentos llenos de hechizo que se convirtió en un ritual diario. Pedían las canciones constantemente y las acompañaban de tiernos gestos que me hacían emocionar.

A Pol y Xavier les gusta cantar y bailar. Tenemos un tiet guitarrista que les intenta contagiar su pasión por la música. La música les desinhibe, les facilita expresar sus estados de ánimos, sus emociones. Nos gusta cantar juntos en el coche mientras descubren grupos que sus padres escuchaban cuando eran jóvenes. Es como si las generaciones desapareciesen y una  canción pudiese unirnos en el tiempo. Si  la especialista de música de mi escuela me oyese cantar mi enviaría a la fría Siberia.

Gracias a la educación musical que reciben van disfrutando día a día del lenguaje musical, de descubrir nuevos estilos  y también les permite darse cuenta que mamá canta y baila fatal. Ya he perdido la vergüenza y me gusta que me imiten mientras no paran de sonreír.

Des de que practico atletismo escucho muchas horas de música. Es mi fiel aliada en mis entrenos en soledad. Una sola estrofa puede transportarme al lugar más inverosímil. En el km 39, cuando parece que no pueda dar un solo paso más, aparece en mi ipod la canción que más me recuerda a los míos y por arte de magia, mi cuerpo se llena de energía para la recta  final de la maratón. La música me hace reír, llorar, emocionar, es la mejor ciencia para expresar sentimientos. En casa cada uno tiene su canción.

Hace pocos días pude darme cuenta que la música facilita enormemente  la integración de los niños con necesidades educativas especiales. La canción de la función de final de curso nos premió  con un extraordinario momento de explosión de sentimientos donde todos, por unos instantes,  compartían el mismo patrón emocional. Yo creo que la música es capaz hasta de sanar.

Vivamos la música en familia. Juguemos a tararear, conozcamos músicas de diferentes partes del mundo, asistamos juntos a conciertos, que la música nos haga soñar.


"La música es el placer que el alma experimenta contando sin darse cuenta de qué cuenta”.


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