Sònia

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dimarts, 15 de juliol de 2014

VEREDICTO CULPABLE

Estoy convencida que si nos presentásemos delante de un juez del tribunal supremo y nos preguntase sobre nuestro quehacer como madres, la mayoría de nosotras nos declararíamos culpables. Seríamos tan masoquistas que incluso pediríamos la perpetua.
El sentimiento de culpa merodea casi a diario por nuestras mentes. La crianza de nuestros hijos es una de las tareas más intensas y gratificantes que existen. Así también es una labor de gran responsabilidad que muchas veces nos hace sentir que no estamos siendo tan buenas madres como nos gustaría ser, que no llegamos a dar la talla.
Somos nuestro peor enemigo. ¿Por qué somos tan autoexigentes? Incluso cuando cumplimos nuestros objetivos y responsabilidades seguimos pensando que podríamos haberlo hecho aún mejor. La presión más fuerte es aquella que nos exigimos a nosotras mismas. No llegar a la función del colegio porque estabas en una reunión de trabajo puede hundirnos en la miseria.
Somos tan severas que llegamos a sentirnos culpables por no saber coger a nuestro bebé la primera vez que nos lo ponen en brazos, por no entender su llanto, porque no engorda los gramos que pide el pediatra, por sus rabietas, porque odia la sandía, les cuestan las matemáticas o es alérgico al huevo.
Hagamos un sencillo experimento. Preguntémosles a nuestros hijos que piensan sobre nosotras, seguro que nos sorprenderían. Los hijos nos admiran por el sólo hecho de ser sus madres, son generosos, nos quieren incondicionalmente. A ellos les da igual que no sepamos cocinar sabrosas lentejas, no llevemos la manicura bien hecha, que perdamos los nervios en un determinado momento o que no sepamos cuidar del pez que encuentran flotando el tercer día de haberlo comprado porque no te has acordado de cambiarle el agua.
Sintámonos orgullosas de quererles como nunca antes lo habíamos hecho con nadie y no olvidemos que sólo nosotras sabemos darles el abrazo sanador que necesitan, la palabra mágica que les carga de autoestima o el beso que cura cada una de sus caídas.
La perfección no existe y menos en este arduo oficio. Su búsqueda sólo nos aportará estrés, frustración, irritabilidad y culpa. No dejemos que nos neutralice o domestique, no seamos masocas. Asumamos que a ser madre se aprende, instruyámonos de nuestros errores.
Llegó el momento de no sentirnos culpables por ir a trabajar, porque los abuelos les lleven al pediatra o por disfrutar de un aperitivo con las amigas. No nos inmolemos por desear tener tiempo para nosotras, por añorar un rato de silencio. Seamos justas con nosotras mismas. Dejemos de sentirnos responsables de la felicidad de los demás, de pensar que siempre tenemos que estar a la altura, de sentir que debemos satisfacer todas las demandas. Dejemos de estar desbordadas, atacadas, deprimidas o devoradas por la culpabilidad.
Disfrutemos con nuestros hijos de un dibujo hecho a cuatro manos, de compartir unas onzas de chocolate, de saltarnos algunas normas juntos, de buscar monstruos con la linterna debajo las sábanas, de leerle su cuento preferido una y otra vez o de las primeras confidencias que sólo a ti te quieren contar.
Creemos sistemas de apoyo, aprendamos a delegar o pedir ayuda, busquemos tiempo para nosotras, aprendamos a priorizar. Reconozcamos nuestras virtudes, pongamos atención en lo que hace de nosotras “la mejor mamá”, aprendamos a mirarnos con otros ojos, seamos responsables y no culpables.
Señor juez, con su venia, ¿sabe qué? ¡Me declaro INOCENTE! 

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