Sònia

Sònia

dilluns, 22 de juny de 2015

MAMÁ, A MI TAMBIÉN ME GUSTA AYUDAR

- Mamá, nunca te quejas cuando te pido ayuda.

- No me quejo porque me gusta ayudarte al igual que lo hacía la abuela conmigo.

- Pues a mí a veces me da pereza ayudar a los demás. Sin darme cuenta sólo me centro en lo que yo necesito y olvido todo lo que hay a mi alrededor.

- En ocasiones a mí también me pasa pero rápidamente recuerdo lo privilegiada que soy teniendo todo lo que necesito para vivir feliz. Así que no sería justo contribuir a que otros también lo tengan.

- Ya se mamá que muchos niños no tienen la suerte que yo tengo, a mí no me falta de nada.

- ¿Sabes qué? Mi abuela siempre me decía que debía hacer o dar a los demás lo que me gustaría que me hiciesen o diesen a mi. 

- Tienes razón mamá, además cuando ayudo a alguien me siento muy feliz. Es como si mi ayuda nos uniese de una forma mágica.

- Recuerda siempre que no hay bien alguno que nos deleite si no lo compartimos.


He tenido la suerte de ser educada en el valor de la solidaridad, un altruismo que se aprende  y se afianza con la práctica y el  ejercicio. Valor horizontal que consigue la grandeza de los pueblos y cuya responsabilidad civil nos afecta a cada uno de nosotros. 

Sin duda los niños aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos, las palabras se las lleva el viento y sólo los hechos quedan para siempre. Soy de las que pienso que el ejemplo es siempre la mejor escuela para nuestros pequeños ya que, la verdadera educación en valores, consiste en la transmisión de las conductas. Nuestros hijos se convierten en verdaderos imitadores de nuestras acciones, de nuestra forma de hacer o pensar, de nuestras decisiones o reacciones. Por este motivo intento inculcar en mis hijos que todo gesto, aunque parezca minúsculo,  puede cambiar la suerte del otro, que los pequeños cambios son poderosos.

Hace unos años tuve la fortuna de vivir en Costa de Marfil durante unos meses colaborando con una ONG de acción educativa y pude conocer la dura situación en la que viven sus gentes. He tenido el privilegio de trabajar durante más de 15 años con adolescentes en alto riesgo social y he sido voluntaria durante más de dos décadas en centros educativos de tiempo libre con niños que vivían en  barrios marginales de mi ciudad. Empecé a correr maratones, encorajada por mí hermana gemela, con el objetivo de conseguir fondos para la Asociación AFANOC (Asociación de Familias y Amigos de Niños Oncológicos de Catalunya). Mil y una experiencias de ayuda sin desear nada a cambio, que me han enseñado en muchas ocasiones la cara amarga de la vida y me han educado a valorar todo aquello que tengo entre mis manos.

Sin duda la mejor forma de ayudar, de poner tus capacidades al servicio de los demás, es la solidaridad. Se conjuga, se practica sin distinción de edad, raza, sexo o nacionalidad. Los hombres son ricos sólo en la medida de lo que dan y por este motivo intento ser el mejor modelo para que mis hijos aprendan a ser solidarios. Las grandes oportunidades para ayudar a los demás rara vez aparecen, pero las pequeñas nos rodean todos los días; donar la ropa que ya no utilizamos, colaborar en campañas de recogida de alimentos o en las organizadas por la escuela, son ejemplos sencillos que nos demuestran que siempre existe una oportunidad para echar una mano, A veces el más sencillo detalle, un minúsculo gesto, puede convertirse en algo extraordinario. 

La solidaridad consiste en ayudar a quienes lo necesitan sin tener la obligación de hacerlo, colaborar, cooperar con los otros para conseguir un objetivo. La solidaridad no es tener lástima o compasión sino que es una sana preocupación por el que tienes al lado. Es espontánea y sincera. Debería ser una obligación social adquirida por todos respecto a aquellas personas que no han tenido la misma suerte que nosotros.

Es uno de los valores que más favorece la creación de vínculos de confianza, de empatía, de ternura, del desarrollo de la sensibilidad,  en el camino de la sintonía, la reciprocidad y la compenetración. La solidaridad es la piedra filosofal, el motor para emprender la construcción decidida de un mundo mejor, que posibilita participar en un cambio que puede marcar la diferencia. Ayudar nos facilitará tomar conciencia de las necesidades de los demás y nos creará el deseo de contribuir y colaborar por su satisfacción.

Enseñar a nuestros hijos a abrir el corazón, a dar sin esperar siempre algo a cambio, a abandonar la postura de creerse el ombligo del mundo, a ver más allá de sus propios deseos y necesidades, aprender a valorar todo lo que tienen y lo afortunados que son. Sin duda es la única asignatura para la cual nunca se es lo suficiente pequeño ni grande, es el ideal para flamear la bandera de la fraternidad.

Una educación basada en el diálogo, en la apertura y el afecto, estimularan el espíritu de equipo,  el trabajo cooperativo, las ganas de sumar y unirse para hacer juntos. Aprender que cuando damos desinteresadamente, recibimos el doble. Fomentemos la solidaridad junto a los nuestros combatiendo gestos, actitudes, conductas egoístas e intolerantes. Confiemos que gota a gota se puede llenar un océano.



2 comentaris:

  1. "La solidaridad consiste en ayudar a quienes lo necesitan sin tener la obligación de hacerlo" parece una obviedad pero vale la pena recordar en qué cosa sencilla radica esta acción. Me han encantado tus palabras, llenas de amor sano y conciencia del otro. Está buenísimo todo lo que está pasando en torno a la Solidaridad... Solidaridad y Empatía van de la mano, y son TAN necesarias para construir ese "mundo mejor" del que siempre se habla que se hace una necesidad muy grande que nuestros petits aprendan sobre ellas como algo natural a través de la propia implicación. Todos mis respetos Sonia, gracias por este post.

    ResponElimina