Sònia

Sònia

dilluns, 20 de març de 2017

HIJO, OJALÁ FALLES MUCHAS VECES

- ¿Tú también te enfadas cuando te equivocas?

- Sólo al principio.

- ¿Y luego por qué no?

- Porque siempre aprendo alguna cosa.

- A mi no me gusta equivocarme.

- Fallar puede convertirse en una gran fortuna.

Damos a nuestros hijos pocas oportunidades para fallar. Les educamos para ser triunfadores, para estar en la cima, para ganar. Para surfear siempre con la mejor ola, para destacar. Los entrenamos para ser capaces de ganar todas las batallas, para estar siempre a pie del cañón, olvidando de explicarles que una de las mejores cosas que les puede pasar en su vida es equivocarse.

Hagámoslo al revés, entrenémosles para convertirlos en verdaderos especialistas para enfrentarse al error, para sacar el máximo beneficio de él. Démosles herramientas para poder aprender de cada caída, para no avergonzase de sus resbalones. Ayudémosles a ajustar correctamente sus expectativas, a que no les ahogue la exigencia, a asumir responsabilidades, a no culpabilizar a los otros de lo que les pasa.

Consigamos que las ganas de intentarlo sean más grande que el miedo, a que la curiosidad les lleve a explorar sin recelos. Enseñémosles a no sobredimensionar las consecuencias de sus errores, a no creer en las justificaciones, a brillar sin apagar a los demás, a saber que siempre la batalla más importante es con uno mismo. A vivir sin la necesidad de tenerlo todo controlado, a saltar con ímpetu hacia sus retos,  a dejarse transformar por el cambio, a desear dibujar nuevos caminos. A aprender a darle la mano a la incertidumbre, a desear mejorar confiando en sus potencialidades.

A no permitir que el miedo y las dudas les inmovilice cuando fallen, a no creer en las excusas, a negarse a postergar. A huir de las sombras y los demonios que traen en ocasiones las caídas, a  querer brillar con luz propia, a sentirse merecedores de sus ilusiones. A pedir ayuda sin pudor a las reacciones, a admitir que no son perfectos, a mirarse siempre al espejo con respeto.

A ser consciente que fallar les hace más humildes y sencillos, que les transforma de pies a cabeza, que engrasa su voluntad. Que cada saliente les hace más rebeldes y fortalece su fuerza de voluntad. A creer en el ahora, en la constancia y los impulsos del corazón. A no sentirse culpable por lo intentando, lo peleado, lo errado. A aprender probando, acertando, fallando y volviendo a empezar.

A saber que sólo se equivocan los intrépidos, los que aceptan ser vulnerables, los que no temen los finales. A ser perseverante aunque caigan a menudo, a no dejar de estar en movimiento, a jugársela si la causa  merece la pena. A sobresalir sin necesitar que otros les comprendan, a tomar decisiones que les hagan progresar, a ser originales aunque vayan a contracorriente.

 Hijo, nunca olvides que el éxito sólo está a un paso del error. El camino más acertado suele ser el que más ejercita nuestro equilibrio.

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