Sònia

Sònia

dilluns, 27 d’abril de 2015

MAMÁ, ME GUSTA VERTE SONREIR


- Mamá, cuando piensas en tus cosas el labio se te va para abajo.

- ¿Qué quieres decir?

- Que tu cara se pone como enfadada, como si estuvieses imaginando cosas tristes.

- ¿Y no te gusta que me pase?

- No, me gusta mucho más verte sonreír porque cuando lo haces se me contagia tu risa. Además tus ojos brillan más y tu cara se pone bonita.

- ¿Y crees que sonrío pocas veces?

- Hay días que sí, sobretodo los días que tienes poca paciencia o te quedas absorta pensando en tus problemas.

- Tienes toda la razón, en ocasiones olvido lo importante que es sonreír. ¿Y sabes lo que más me molesta de no hacerlo?

- ¿Qué? mamá

- El ignorar los cientos de motivos que tengo a diario para sonreír. 

Me encantaría ser de esas personas que contagian sonrisas, ni que sea un poquito. Heredé el semblante serio de mi familia paterna y mis rasgos faciales no me ayudan nada. Mi ceño abrupto delata en ocasiones mi falta de ejercicio en este gran arte. Dicen que los rusos se ríen poco, quizás tengo alguna raíz desconocida por allí.

Sin duda, una de las cosas que más envidio de mis hijos, es la capacidad que tienen para reír. Ríen por cualquier motivo y cuando no lo hay, también. Recuerdo que en mi niñez me pasaba lo mismo cuando compartía maravillosos ratos de complicidad junto a mis hermanas. Mi madre se desesperaba cuando a las tres no invadía la risa floja y no parábamos de carcajear. La habitación se llenaba de magia, como si hubiésemos caído en un fantástico hechizo que nos envolvía y nos hacía desternillarnos hasta no poder más. Una sola palabra, un gesto gracioso o un ruido inesperado daba el punto de partida a una vorágines de carcajadas que nos hacían inmensamente feliz.

Lamento profundamente que a medida que he crecido he ido abandonando esa espontaneidad. Hay temporadas que, el poco uso de la risa, nos convierte en personas grises, opacas, donde nuestros días adquieren un sombrío matiz. El miedo, la angustia, el odio o la queja son malos compañeros para sonreír.

Pero hay un día que te levantas y tomas consciencia que has perdido una batalla el día que no has conseguido sonreír. Porque desde que naces se te va la vida, la jornada que no has reído has malgastado un balín. Quiero reír por mí y por aquellos que no lo volverán a hacer. Ejercitarme en perder la prudencia y la cordura, sin excusas ni condición.  Adueñarme de una sonrisa franca, imprevisible y desenfadada. Ser aquella niña que con humor era capaz de darle la vuelta a cualquier situación. Convertirme ante mis hijos en la mejor embajadora de la risa, en princesa del júbilo y el entusiasmo. Demostrarles que la vida, siempre que ellos quieran, les presentará mil y un motivo para reír. La sonrisa no necesita ni estrategia, ni plan. Llega y te apresa y te cubre de un tierno sentir. Trabajar para llegar a ser adicta a ella, convertirla en mi bandera, en la insignia de mi batallón. 

Quiero llorar de risa, que me duela el costado, destornillarme sin control. Y los días que me cueste haré listas bien largas de todo aquello que poseo  que pueda hacerme reír. Porque el momento perfecto siempre será el ahora y el aquí. Se valdrá estar triste a veces, de forma puntual. Intentaré no controlarlo todo, amar sin preocuparme el que dirán, volverme osada sin preguntar, insinuar si me gusta y pedir sin miedo a que no quede más. Aceptaré lo que venga y haré todo aquello que siempre he querido intentar.

Porque la sonrisa es el idioma de las personas inteligentes y yo quiero doctorarme en el humor. Reír alegrará mis entrañas, aumentará mis defensas, estimulará mis órganos y aliviará mi dolor. Fortalecerá mi corazón, rejuvenecerá mi piel y será el mejor analgésico natural que pueda tener. Mejorará mi memoria, aprendizaje e imaginación. La utilizaré como una arma poderosa para la comunicación.

La risa me atestará de optimismo y de ganas de vivir. Me permitirá expresar decenas de emociones, me llenará de confianza y abandonará mis reparos en un arcón. Se convertirá en la herramienta más poderosa a la hora de superar el dolor, la angustia o el sinsabor. Mé ayudará a superar la timidez,  combatir miedos y fobias y crear lazos de cooperación. Mejorará mi autoestima, la gestión de la emoción y la asertividad.

Promoveré reírme en familia, conseguiré que mis hijos sean susceptibles al humor. Buscaremos momentos para que la risa deje huella en nuestro día a día y liberaremos juntos la tensión. Será la creadora de confidencias, nos ayudará a humanizar asperezas y nos permitirá unirnos a lo absurdo, al contrate o la exageración. Potenciaré las sesiones de cosquillas y risas como obligación. Porque reírse será parte de nuestra rutina, será el lema de nuestra canción.Les enseñaré  a sonreír de forma sincera, amplia, desbordante, expansiva y sin control. 

-Mamá, mamá no lo hagas que se me contagia.

- ¿El qué se te pega?

- Tu forma de sonreír.



Quiero llorar de risa, que me duela el costado, destornillarme sin control. Porque la risa es el idioma de las personas inteligentes, yo quiero doctorarme en el humor. La risa me atestará de optimismo y de ganas de vivir. 

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