Sònia

Sònia

dilluns, 5 d’octubre de 2015

A MI ME GUSTA SER MAMÁ

- ¿A ti  te gusta ser mamá?

- Es lo que más me hace feliz.

- ¿También cuando te hacemos enfadar porque no hemos hecho alguna cosa bien?

- De esos momentos, en muchas ocasiones, surgen los mejores aprendizajes, ¿no crees?

- A mi me gusta mucho que seas mi mamá.

- ¿Ah si?

- Sí, tu eres la única que consigue que no tenga miedo en la oscuridad, tus besos me curan cuando me hago daño y cuando estoy triste consigues que vuelva a reír. Además tienes un poder especial.

- ¿Un poder?

- Sí, sólo con mirarme sabes si estoy bien o mal, además eres capaz de darme lo que necesito sin que te lo tenga que pedir.

- ¿Sabes lo que más me gustaba de la abuela cuando tenía tu edad?

- ¿Qué mamá?

- Que siempre sabía cuando me tenía que achuchar.

Me encantaría ser de esas mamás que poseen infinita paciencia y han nacido únicamente para estar con sus hijos sin cansarse ni un instante de la maternidad. Aquellas que nunca se quejan ni añoran su vida cuando tenían tiempo libre y dormían todas las noches de un tirón. De esas que no echan de menos el silencio ni la soledad o que nunca desean que se vayan a la cama para poder desconectar. Que no pierden la sonrisa aunque la casa vaya a explotar, que no se exaltan cuando sus hijos no dejan de discutir, ni nunca pagan con ellos alguna de sus frustraciones el día que amanece gris. Me gustaría ser de esas mamás que observo en el colegio que no dejan de reír aunque les haya costado casi la vida llegar puntual, que no protestan cuando están hartas de cumplir las necesidades de los demás, que cumplen los deseos de sus pupilos sin rechistar. Aquellas heroínas que nunca gritan, ni pierden los nervios, ni desean que lleguen los abuelos para que se lleven a sus hijos un rato a pasear. Que no sufren de lumbago sin sus hijos han invadido la cama al alba y saben disimular sus ojeras y mal humor cuando llevan tres días sin descansar. Esas elegidas que han nacido para ser mamás sin peros, carencias o imperfección.

Envidio a aquellas madres que siempre consiguen que sus hijos coman fruta y verduras sin gruñir, que no muestran pereza si les toca jugar al parchís, que nunca se olvidan de explicar el cuento antes de irse a dormir y saben de memoria todas las canciones de moda que sus hijos piden sin cesar. Aquellas escogidas a las que el ritmo acelerado no les llega a agobiar, las que gestionan todo sin titubear, las que montan espectaculares fiestas de cumpleaños sin rechistar, aquellas que no se quejan cuando les toca trasnochar para poder conciliar.

Os prometo que yo lo he intentado pero se me ha negado esa potestad, sin duda me ubico en el otro bando de mamás. Aquellas que resoplamos en varios momentos al día cuando la cosa se empieza a torcer, a menudo no vamos estupendas porque no ha habido tiempo para más y maldecimos cuando nos llaman a las tres de la mañana porque tienen sed.  Confieso perder los nervios, estar incómoda fuera de mi zona de confort, añorar mi libertad, desear dormir 24 horas seguidas y perderme durante una temporada en algún sitio que nadie me pueda encontrar. Soy de aquellas que acumulan listas de tareas por hacer y maldicen los días que no les ha dado tiempo ni estornudar. 

Y tras leer cientos de manuales de crianza, de cursar licenciaturas de educación, de intentar imitar a las madres con super poderes llega un día que te convences que la perfección en este magnífico oficio nunca te llegará. Y es, en ese justo momento en que te sientes la peor madre del mundo porque has sido incapaz de gestionar algún conflicto que ha acabado casi en una nueva guerra mundial, cuando tu hijo te susurra al oído "te quiero mamá". Esas palabras poderosas capaces de trasformarlo todo y de recordarte que ellos nunca te han pedido que seas la mejor sino sólo que estés ahí cuando necesiten seguridad, les escuches sus demandas y les enseñes las mejores estrategias para no dejar de avanzar.

Tras 10 años de ejercer oficio aprendiendo por ensayo-error, de tener el honor de poder acompañar a dos seres maravillosos desde la casilla de salida, de compartir cada paso de la fascinante senda del aprender, de tender la mano cada vez que se caen, de dibujar proyectos que les hacen crecer, sólo deseo convertirme en una mamá experta en el arte de entusiasmar.

No prometo tener siempre el control, ni poder constantemente controlar mi humor ni saber siempre la solución. A lo que si me comprometo es a luchar porque no pierdan nunca el amor por la vida que tienen la suerte de gozar,  a intentar controlar la incongruencia entre el decir y el actuar, a bajar el tono de voz cuando pierda la dirección, a eliminar de nuestras vidas la negatividad. A no usar la amenaza y utilizar la anticipación, a no generalizar cuando me toque corregir, a no abusar de la autoridad y cumplir las promesas que tanto les hacen ilusionar.

Y trabajaré para conseguir que crezcan en libertad, sin sobreprotección, explicando con paciencia que deben mejorar,  intentando equilibrar el sentido común y añadiendo a los contratiempos dosis extras de humor. Cultivaré para que nunca se cansen de aprender a aprender, de mejorar, de interrogarse y defender lo que sientan, de creer en el esfuerzo como el mejor cómplice para lograr, de eliminar las quejas, dudas y el que dirán. Os animaré a empezar de nuevo cuando las cosas no salgan bien, a buscar motivos para seguir, a utilizar el fracaso para aprender, a comprometerse con todo aquello que les haga vibrar, a hacer locuras que les hagan feliz, a despertar las ganas de experimentar, innovar y conocer.

Creo que educar es más guiar que corregir, amar que reprochar, acompañar que advertir, aceptar que negar, felicitar que reprobar, confiar sin censurar, elogiar sin juzgar, querer sin condición, ser el mejor modelo que puedan tener sin cansarnos nunca de aprender.

Prometo que entenderé que a medida que se hagan mayor se muestren más críticos con mi forma de entender será el momento adecuado para dejaros volar.

Y si hijo me gusta mucho ser mamá, sin duda es el mejor oficio del mundo.


8 comentaris:

  1. Precioso, precioso, precioso...El trabajo de mamá se aprende y se perfecciona según cada familia. Yo también envidio a veces a algunas de esas madres, especialmente en los malos momentros que, conforme crecen son más, al menos en mi caso porque las demandas son mayores y el tiempo menos. Si a eso le sumas lo mal que duermen mi estado de ánimo suele ser bastante malo. Una regañona. Pero así soy, y cada día les quiero más, y cada día valoro más los pequeños momentos y breves...Me gusta cómo expones la educación desde el positivismo, una lección que deberíamos aplicarnos todos los papás, ¿verdad? Precioso

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    1. Muchas gracias Vanesa! Me alegro que te haya gustado. Dicen que el ser madre es la única profesión donde primero te otorgan el título y después cursas la carrera. Un abrazo

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  2. Me ha encantado !!, aunque estas cosas me ponen un poco tristes porque mis hijas están muy empadradas y es él el que se lleva más palabras bonitas y más cariñitos. Un abrazo

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  3. Ay, me he emocionado...

    Pero oye, no estés sola en ese camino de sentirte así, yo también envidio este tipo de madres y me siento mal cuando veo que a veces les regaño y que a veces esa regañina no es producida por lo que han hecho en sí, sino por mi estado de ánimo... O porque resoplo cuando tengo que llevar al mayor a entrenar...

    Pero oye, como a ti, me gusta mucho ser mamá. Mamá leona como digo yo y creo, que en eso, está la base... En que te guste ser su madre y sabiendo, que aunque un día estés más o menos regañona, serás una leona que protegerá siempre a sus cachorros y eso, es lo más bonito que hay...

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    1. Somos unas privilegiadas, sin duda el mejor oficio del mundo

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  4. Que bonito post, y creo que esa perfección no existe o por lo menos no la conozco porque toda persona necesita su respiro.
    Y la verdad que ser madre es de lo mejorcito
    Un saludo cariñoso

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