Sònia

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dilluns, 14 de novembre de 2022

Los riesgos de no educar a los hijos en la cultura del esfuerzo: adultos dependientes, insatisfechos y déspotas

Recuerdo las veces que mis padres nos repetían a mis hermanas y a mí lo importante que era que nos esforzásemos para poder conseguir todo aquello que nos proponíamos. Con grandes dosis de afecto y paciencia nos explicaban lo fundamental que era que tuviésemos una buena actitud e interés a la hora de trabajar por conseguir nuestros sueños. Ellos tenían un máster en esfuerzo y trabajo porque les tocó emigrar a una nueva ciudad en busca de un futuro mejor, con poca ayuda y mucha valentía. Ahora vivimos en el otro extremo, en una sociedad con poca cultura del esfuerzo donde parece que todos nuestros objetivos se pueden conseguir sin él.
La publicidad o las redes sociales son las responsables de que muchos crean que se puede aprender alemán en tan solo ocho semanas, perder peso sin hacer dieta o correr una maratón casi sin entrenar. Todo parece ser asequible, rápido, fácil de conseguir, inmediato. Se ha vendido un falso éxito que se consigue sin trabajo y donde el proceso no es valorado, únicamente lo es el resultado.

Si hay un regalo bueno para los niños y adolescentes es enseñarles a aprender a esforzarse por aquello que desean, a amar los desafíos y a saber disfrutar del camino, aunque esté repleto de baches y contratiempos. El esfuerzo es una actitud imprescindible para el aprendizaje, afrontar los retos y superar las dificultades, es una de las motivaciones innatas que hacen que los hijos e hijas aprendan a diario cosas nuevas.

El esfuerzo produce un sentimiento de satisfacción y orgullo y fortalece nuestra autoestima. Cuando los chavales se esfuerzan se sienten mucho más felices, más relajados y menos ansiosos. A través de él, aprenden a hacer frente a las adversidades con optimismo y crean un buen autoconcepto de ellos mismos. 

Las familias deben aprovechar todas las oportunidades que se presentan a diario para enseñar a los hijos a esforzarse: que se vistan o coman solos, se muestren responsables con sus tareas o mantengan ordenado su cuarto. El esfuerzo en niños y adolescentes debe ir dirigido a desarrollar y adquirir una autonomía personal en las actividades cotidianas para poder satisfacer las necesidades básicas e ir construyendo una personalidad fuerte.

Los niños que aprenden a esforzarse conseguirán una actitud activa ante la vida y serán capaces de valerse por sí mismos y asumir sus responsabilidades. Los padres no deben caer en la tentación de solucionarles los problemas, allanarles el camino o sobreprotegerles cuando vean que no consiguen lo que se proponen. Los niños que no se esfuerzan acaban convirtiéndose en adolescentes o adultos dependientes, insatisfechos y déspotas.

Los hijos e hijas necesitan que se les explique que el esfuerzo es el medio por el cual lograrán conseguir muchos de sus objetivos. Que se les aclare que no siempre van a lograr aquello que se propongan y que será esencial que no se rindan delante de las dificultades. Que padres y madres les ayuden a gestionar las emociones correctamente, a dominar la indecisión y hacer frente a la frustración. A no depender de la buena suerte para que las cosas salgan bien, sino del trabajo y el empeño.

La cultura del esfuerzo educa a los niños en la determinación de la voluntad y la perseverancia. Fortalece la tenacidad, les enseña a ser resilientes, a asumir responsabilidades y a afrontar los problemas con realismo.

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dimecres, 2 de novembre de 2022

Así pueden conseguir padres y madres que sus hijos participen en las rutinas diarias de casa

 Recuerdo el tiempo que dedicaron mis padres en enseñarnos a mis hermanas y a mí a hacer las rutinas en casa. Con grandes dosis de paciencia y dedicación, nos ayudaron a ir automatizando tareas que potenciaron mucho nuestra autonomía y facilitaron la convivencia. De forma equivocada, en muchas ocasiones se asocian las rutinas con la repetición y el aburrimiento. Actividades que terminan siendo pesadas y que se acaban aborreciendo. Pero, en realidad, las rutinas son tareas que se realizan de forma automática, casi sin pensar. Actividades que ayudan a organizar el día a día de forma más productiva, a interiorizar normas y a crear nuevos hábitos. Al principio pueden resultar un poco tediosas, pero una vez interiorizadas aportan muchos beneficios a nivel psicológico y emocional.

A nivel cerebral, las rutinas son atajos que permiten entrelazar tareas y hacer cosas casi sin esfuerzo, como lavarse las manos antes y después de comer; atarse las zapatillas antes de salir de casa o ponerse el cinturón de seguridad cuando se va en coche. Estos son ejemplos de actos automáticos que se realizan a diario y que no cuestan un gran esfuerzo porque están automatizados

En cambio, la falta de rutinas en el hogar puede conllevar problemas de comportamiento y comunicación. Por ejemplo, que en muchos momentos los niños estén nerviosos, malhumorados, protesten con más facilidad y tengan más conflictos con los otros miembros de la familia. Además, habrá un mayor desorden y desorganización que provocará que, a menudo, se acabe alzando la voz porque nadie hace lo que estaba establecido.

Las primeras rutinas que aprenden los niños están relacionadas con el sueño y la alimentación y, poco a poco, van adquiriendo otras muchas necesarias para conseguir una buena convivencia. Los menores que vayan adquiriendo estas rutinas serán más organizados, perseverantes y autónomos, mostrarán más curiosidad por descubrir su entorno y tendrán más disposición para valorar las cosas y el trabajo de los demás y ser responsables y agradecidos.

Las primeras rutinas que aprenden los niños están relacionadas con el sueño y la alimentación y, poco a poco, van adquiriendo otras muchas necesarias para conseguir una buena convivencia. Los menores que vayan adquiriendo estas rutinas serán más organizados, perseverantes y autónomos, mostrarán más curiosidad por descubrir su entorno y tendrán más disposición para valorar las cosas y el trabajo de los demás y ser responsables y agradecidos. 

En casa, no se trata de establecer rutinas inflexibles e impuestas por los padres, sino hacer partícipes a mayores y pequeños en la planificación, haciéndoles sentir que pertenecen y contribuyen en el buen funcionamiento de la dinámica familiar. Demasiadas tareas obligatorias pueden crear aburrimiento y aversión a colaborar.

Cada familia deberá concretar sus hábitos para las comidas, crear horarios para respetar las horas de descanso, establecer tiempo para la higiene personal, el ocio y el estudio. Cada actividad deberá efectuarse en un lugar determinado y tener un tiempo de dedicación. Cuanto mejor se entienden las tareas, mejor se ejecutarán.

¿Cómo podemos conseguir que los niños adquieran unas buenas rutinas?

1. Explicándoles con grandes dosis de afecto y paciencia la importancia que tienen las rutinas en el día a día y todos los valores positivos que aportan en la familia: cooperación, corresponsabilidad, respeto, perseverancia o esfuerzo, entre otros.

2. Diseñando junto a ellos una tabla de rutinas con un orden lógico que, mediante su observación, les ayude a saber qué actividades deben ir encadenando sin ser necesario que se les tenga que recordar constantemente qué deben hacer y en qué orden. Antes de iniciar la tabla, los padres se tienen que asegurar que los niños y los adolescentes entienden perfectamente en qué consiste cada tarea y saben cómo realizarla. Recurrir a soportes visuales con imágenes les facilitará la comprensión, por ejemplo.

Seguir leyendo en: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2022-10-31/asi-pueden-conseguir-padres-y-madres-que-sus-hijos-participen-en-las-rutinas-diarias-de-casa.html



dijous, 6 d’octubre de 2022

PELEAS ENTRE HERMANOS

Si hay una cosa que a las familias les pone muy nerviosas es que sus hijos no paren de pelearse entre ellos, que constantemente estén buscando motivos para molestarse. Cualquier motivo es bueno para iniciar una discusión: elegir la serie que quieren ver, querer siempre el juguete que tiene el otro o decidir a quién le toca recoger la mesa después de cenar. Recuerdo que cuando mis hijos eran pequeños discutían por todo y a todas horas y eso me hacía perder en muchas ocasiones la paciencia con ellos. Su rivalidad les llevaba a reñir por cosas insignificantes, como ser los primeros en salir del coche o por la cantidad de agua que tenían sus vasos.
La falta de rutinas, el aburrimiento o el cansancio facilitan que aparezcan estos encontronazos entre hermanos. Pequeñas rencillas que llenan los hogares de mal humor, crean un ambiente crispado y hacen a padres y madres estar todo el día mediando entre ellos.
El primer paso para conseguir que estos conflictos vayan desapareciendo en casa es saber que estas conductas son totalmente normales, naturales y necesarias en el desarrollo de los niños. Que son parte imprescindible del proceso socializador y se producen por muchos motivos diferentes: por la necesidad de delimitar el espacio, llamar la atención del adulto, sentir celos, mostrar preferencias o por la falta de habilidades para gestionar correctamente emociones como la frustración, la rabia o el enfado.
Estas peleas favorecen el crecimiento personal, social y emocional de los menores. Desarrollan las competencias lingüísticas, de liderazgo y negociación. Potencian la autonomía y el autocontrol y, a través de ellas, los más pequeños aprenden a dialogar, ceder, pedir disculpas, analizar situaciones y tomar decisiones.

Las familias, a menudo, muestran dificultades para acompañar estas desavenencias desde la calma y la neutralidad y, de forma inconsciente, provocan discusiones entre sus hijos, haciéndoles competir entre ellos, comparándoles a la hora de hacer una tarea o de obtener resultados académicos o reprimiendo o corrigiendo únicamente al hermano más mayor otorgándole una responsabilidad para la que aún no está preparado.

Los hermanos no se pueden llevar bien siempre, es imposible, pero sí que deben intentar tener una buena relación. Dicen que quien tiene un hermano tiene un tesoro, así que se debe procurar conseguir que desde pequeños puedan convertirse en grandes confidentes, en los mejores compañeros de viaje, compartiendo experiencias y ayudándose siempre que lo necesiten. Que ahora se pelen no significa que no se quieran, tengan un mal vínculo afectivo o no vayan a llevarse bien nunca.

5 ERRORES QUE NOS IMPIDEN ENTENDER LA ADOLESCENCIA

Si algo caracteriza la etapa de la adolescencia son las constantes desavenencias que se encadenan entre padres e hijos. Los estudios, la ropa el orden o la hora de volver a casa generan conflictos a diario en casa que acaban a menudo entre gritos y reproches.

 Que complicado es acompañar a nuestros hijos en este período evolutivo tan convulso desde la calma y la comprensión. Entenderles cuando se muestran tan desafiantes y rebeldes, cuando les cuesta cumplir con sus responsabilidades y respetar los límites que hasta ahora tan bien nos habían funcionado.

Dar respuesta a sus nuevas necesidades aceptando que hayan crecido casi sin darnos cuenta y ahora nos necesiten de forma muy diferente. Ser pacientes cuando no aceptan sus errores o no saben hacer frente a la frustración. Cuando reclaman con insolencia su espacio y libertad e ignoran nuestros consejos o cuestionan nuestras decisiones.

Durante la adolescencia nuestros hijos mostrarán muchas dificultades para controlar su impulsividad, modular correctamente sus emociones y hacer frente a los numerosos cambios físicos, psicológicos, cognitivos, emocionales y sociales que experimentan. Es una etapa de transformación y reafirmación que les hará actuar a menudo de una forma desajustada y sentir entre extremos.

Unos años de sana desobediencia, de búsqueda de nuevos desafíos donde el grupo de iguales ocupará un lugar esencial y nosotros quedaremos relegados a un segundo plano. Nuestros adolescentes empezarán a pensar, decidir y actuar a su manera y mirar la vida de forma muy diferente sin tener la necesidad de tener nuestra aprobación.

 Pero es en esta etapa tan complicada cuando nuestros hijos más que nunca necesitarán que les mostremos nuestra mejor versión. Que sigamos siendo el refugio donde acudir cuando todo se tambalea, sentir que les queremos tal y como son y les apoyamos sin condición. Que les seguimos regalando a diario nuestras muestras de cariño que tanta seguridad les aporta.

Que consensuemos normas y flexibilicemos límites y les ayudemos a descifrar el volcán de sentimientos por el que transitan potenciando un lenguaje positivo y utilizando una mirada llena de reconocimiento y amor.

A un adolescente se le educa con grandes dosis de serenidad y empatía. Entendiendo lo difícil que es para ellos hacerse mayor y vivir en una sociedad tan cambiante como la nuestra. Comprendiendo y aceptando que la adolescencia es una etapa tan emocionante como caótica.

A su lado necesitan adultos pacientes que les escuchan sin cuestionarlos y cumplan con sus promesas. Que acompañen con grandes dosis de amor los momentos donde se sientan más vulnerables. Que les enseñen que los problemas se dialogan con respeto y las frustraciones se acompañan sin juicios de valor.

Nuestros adolescentes necesitan sentir que conectamos con ellos emocionalmente y les acompañamos sin dramatismos y con grandes dosis de sentido común y del humor.

¿Qué errores nos impiden conectar con nuestros hijos adolescentes?

1. Creer que ya no nos necesitan cerca. Nuestros hijos siguen necesitando que  estemos presentes y disponibles aunque no nos lo demuestren, que mostremos interés por todo aquello que les pasa, ilusiona o preocupa. Que nos convirtamos en un modelo estable, seguro y coherente para ellos.

2. No estableciendo unos límites y normas claras y consensuadas. Si no establecemos acuerdos nuestros hijos mostrarán muchas dificultades para entender el mundo tan cambiante que les rodea y no podremos ser coherentes en nuestra educación. Los límites bien establecidos nos ayudarán a mejorar el vínculo con ellos y potenciarán su autonomía y responsabilidad.

3. Esperar que sean capaces de mantener el control de sus impulsos y emociones. Si algo caracteriza este período de desarrollo es la dificultad que muestran los adolescentes para modular correctamente todo aquello que sienten. Necesitan sentir que validamos sus emociones, les ayudemos a identificarlas y les mostramos la manera de darles respuesta.

4. Pensar que ya no necesitan nuestras muestras de cariño como cuando eran pequeños. Aunque hayan crecido tanto siguen necesitando a diario nuestros abrazos, besos, miradas cómplices y nuestras palabras que les alienten. Unas muestras de afecto que les reconfortarán y les darán mucha seguridad. Nuestro calor y comprensión serán básicos para su crecimiento y la formación de una buena autoestima.

5. No respetar su necesidad de intimidad y soledad, sus ritmos para aprender, sus necesidades o opiniones pretendiendo que piensen o actúen como nosotros. Nuestros hijos precisan espacio para crecer, para encontrar su lugar en el mundo y crear un nuevo autoconcepto. Por eso debemos regalarles la libertad que necesitan para crecer y potenciar el desarrollo de su espíritu crítico, la toma de sus propias decisiones y asunción de las consecuencias.

Aprendamos a mirar la adolescencia de forma positiva, que sea una etapa difícil de acompañar no significa que no pueda ser maravillosa. Miremos a nuestros adolescentes con ganas de entenderlos, de acompañarlos con dulzura y entendiendo que necesitan desafiarnos y ser rebeldes para poder crecer. Regalémosles nuestro amor incondicional y facilitémosles que emprendan su vuelo hacia la edad adulta sintiéndose queridos y aceptados.

dimarts, 13 de setembre de 2022

MI HIJO/A TIENE ALTAS CAPACIDADES

Para la Asociación Española de Pediatría (AEP), un niño o niña con altas capacidades es aquel que muestra una elevada capacidad de rendimiento en las áreas intelectual, creativa y/o artística; posee capacidad de liderazgo o sobresale en áreas académicas específicas.

La identificación temprana de los niños con alta capacidad en nuestro país sigue siendo muy baja y esto provoca que muchas familias reciban el diagnóstico después de un largo periplo de visitas a diferentes profesionales alertados habitualmente porque el comportamiento de sus hijos no se asemejaba al del resto de niños de su edad. Un diagnóstico que genera en la mayoría de ocasiones miedo e incertidumbre por desconocer cómo poder ayudarlos y acompañarlos.

Tener un informe psicopedagógico que confirme la existencia de esas altas capacidades ayuda a las familias a comprender muchas actitudes y comportamientos de sus hijos. Un diagnóstico que les permite buscar una respuesta adecuada a las necesidades y fortalezas que estos presentan y evitar así posibles dificultades en el ámbito personal, escolar, social y académico. Si a estas necesidades específicas, tanto educativas como emocionales, no se les ofrece una respuesta adecuada pueden influir de forma muy negativa en su desarrollo personal y escolar.

Según La Dra. en Sociedad del Conocimiento y Acción en los Ámbitos de la Educación, la Comunicación, los Derechos y las Nuevas Tecnologías Yolanda López, nacida en Barcelona en 1975, debemos entender la alta capacidad no únicamente como una puntuación elevada del coeficiente intelectual de una persona sino como un amplio conjunto de aspectos que engloban la creatividad, el rendimiento, los aspectos emocionales, la personalidad, la motivación, el compromiso con una tarea o el esfuerzo.

Según la experta en altas capacidades y desarrollo del talento, cuando una familia conoce que su hijo o hija es de alta capacidad suelen reaccionar de forma muy diversas. Hay muchos progenitores que se sienten aliviados porque por fin encuentran respuesta a la preocupación que les generaban algunas de las necesidades y conductas de sus hijos. Un comportamiento que en ocasiones difiere del resto de niños de la misma edad u otros hermanos. Otras familias en cambio, dudan si deben comunicar al niño y a su entorno el diagnóstico sintiéndose totalmente descolocadas con la noticia, presentando temor a que su hijo pueda ser rechazado porque se le considere distinto. Habitualmente podemos encontrar también familias en el que alguno de los progenitores o algún familiar cercano sea de alta capacidad y el diagnóstico no les sorprenda tanto.

Pero en lo que sí coinciden todas las familias es en desear acompañar a sus hijos ofreciéndoles la ayuda necesaria para que crezcan felices y para que todas sus necesidades y capacidades queden cubiertas y desarrolladas percibiendo a su hijo como un ser especial con infinidades de posibilidades para aprender. Ayudarles a entender correctamente sus emociones, apoyar sus pasiones y mostrarse empáticos ante su forma de comprender la vida debería ser primordial en la educación de estos niños.

Según la Dra López, en ocasiones los progenitores muestran dificultades para entender y acompañar a sus hijos adecuadamente. Algunos temen que esta alta capacidad transforme a sus hijos en seres extraños y se cierren en sí mismos presentando dificultad para relacionarse con sus iguales.

Tras el diagnóstico de alta capacidad, todas las familias deberían asesorarse correctamente con un profesional en la materia para poder acercarse a la realidad de su hijo y así romper con los estereotipos y prejuicios que puedan existir en torno a ella. En ocasiones, un hijo con alta capacidad puede ser muy desestabilizador en el sistema familiar  si sus necesidades afectivas no son cubiertas y debe cuidarse también la relación con los hermanos en el caso que los hubiera.

El niño típico o modelo con alta capacidad no existe porque cada niño presenta una capacidad, motivación o personalidad distinta, nos aclara la experta. Pero si que existen un compendio de rasgos o características que se repiten en muchos de ellos: suelen presentar un desarrollo disarmónico motor y cognitivo, son autodidactas y muestran buenas capacidades de comunicación, de concentración y de adquisición y uso de la información. Además, su deseo por aprender es inagotable y presentan gran intensidad y profundidad emocional. Estas características, en ocasiones, pueden provocar en ellos introversión por tener un sentimiento de incomprensión e inseguridad al no encontrar iguales con intereses similares.

Un niño con alta capacidad necesita mucho apoyo por parte de sus progenitores, que se muestren pacientes y que le acepten tal y como es. Sentir que su familia le acompaña desde el respeto y la comprensión para que así pueda desarrollar al máximo su potencial estableciendo un apego seguro. Que tengan sobre él unas expectativas correctas ante su capacidad y razonamiento y sean capaces de enseñarles a abrazar y aceptar esas cosas que les hacen únicos y especiales.

La experta nos subraya la importancia de no pensar que los niños con altas capacidades ya lo saben todo y no necesitan acompañamiento para aprender. Además, también es esencial que no se piense que la mejor forma de aprovechar o impulsar sus capacidades es exigiéndoles más o dándoles una mayor carga académica poco significativa porque así únicamente lo que podemos conseguir es crear aversión por el aprendizaje. No podemos olvidar que son niños que necesitan que les ayudemos a identificar y gestionar sus emociones por las que transitan que en ocasiones llegan a desbordarles y a generarles ansiedad.

Seguir leyendo en: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2022-08-29/como-detectar-a-un-nino-superdotado-senales-para-saber-si-tu-hijo-tiene-altas-capacidades.html?utm_source=Twitter&ssm=TW_CM_MYP#Echobox=1661757994

 

 


dijous, 8 de setembre de 2022

CINCO ESTRATEGIAS PARA TENER HIJOS EXITOSOS

Vivimos en la sociedad de la insatisfacción,donde parece que nada nos parece suficiente.Un mundo extremadamente competitivo que va demasiado deprisa y no da valor a los segundos puestos. Donde cada vez más nos cuesta valorar lo que tenemos o a las personas que nos acompañan. Nos venden que triunfar significa tener muchas posesiones, conseguir grandes puestos de trabajo o ser un influencer con miles de seguidores. Algo totalmente efímero que en muchas ocasiones nos aleja de la felicidad.

Todas las familias quieren que sus hijos tengan éxito en la vida. Un niño exitoso es una persona feliz, capaz de disfrutar de todo aquello que le depara la vida a diario. Que se desarrolla en armonía superando los baches o dificultades del camino conpaciencia y tesón. Que se muestra empático con su entorno y agradece todo aquello que las personas que le quieren hacen por él.

En muchas ocasiones seguimos creyendo que el éxito de los niños dependerá en gran medida de la capacidad que tengan de ir acumulando el máximo número de contenidos y procedimientos posibles, de aprender muchos idiomas o de sobresalir a la hora de practicar un deporte o tocar un instrumento musical. 

Deberíamos hablarles desde que son bien pequeños del éxito bien entendido, aquel que se consigue gracias al esfuerzo y la perseverancia. Al que se llega superando obstáculos, peleando hasta que haga daño, empequeñeciendo las excusas. Cultivando la determinación, la valentía, la curiosidad y el optimismo. Apostando por el compromiso sin excusarnos en la mala suerte, sin culpar a los demás de nuestros tropiezos ni postergar.

Un triunfo que entiende la vida como una aventura maravillosa en la que los errores y los fracasos son parte imprescindible del viaje. Que no todo resbalón significa una caída y que el verdadero aprendizaje es aquel que aparece del último error.

Que tener éxitoes ser capaz de ganarse el respeto de las personas que te quieren y vivir sin tener la necesidad de demostrar. No permitir que tus miedos te hagan pequeño, tratarte con respeto y creer en ti aunque los otros no lo hagan. Disfrutar de lo cotidiano, de las cosas que te gustan agradeciendo todo lo bueno que te pasa, reír sin mesura, apreciar la belleza de los momentos más sencillos. Estar enamorado de todo aquello que hagas aunque te salga al revés.

La educación emocional debería convertirse en el pilar fundamental en la educación, el eje vertebrador para conseguir que los niños tengan éxito en la vida. Una formación centrada en enseñar a decidir, a comprometerse, a responsabilizarse,  a dibujar caminos con coherencia. A identificar y gestionar las emociones, a establecer expectativas adecuadas , a aprender a liderar la propia vida. 

Una educación que preparepara vivir en esta sociedad tan compleja y vacilante como la nuestra. Que prime la formación de una personalidad fuerte y flexible, que enseñe resiliencia y mucha asertividad. A vivir en el aquí y al ahora y hacer frente a las dificultades con optimismo y realismo.

Un niño con un desarrollo afectivo y emocional adecuado será una persona adulta más segura, empática y feliz. Tendrá una mayor capacidad de autocontrol y tolerancia a la frustración y será capaz de conseguir las metas que se vaya proponiendo.

¿Cómo podemos conseguir que los niños tengan éxito?


1.Elaborando junto a ellos unos límites claros y respetuosos encontrando un equilibrio entre la amabilidad y la firmeza. Unos límites que les aporten seguridad y aporten valores tan importantes como el respeto, la coherencia y el compromiso.

2. Haciéndoles responsables de sus tareas y dejándoles que sean ellos los que tomen sus propias decisiones y dibujen su propio camino. Potenciando su autonomía y libertad y ayudándoles a sentirse capaces de conseguir aquello que se propongan a través del esfuerzo y la perseverancia.

3. Estableciendo unas expectativas acertadas hacia ellosy aceptándoles tal y como son. Eliminando de nuestro acompañamiento las etiquetas que tanto les limitan y ayudándoles a crear una autoestima robusta que les empodere. Valorando el esfuerzo y no únicamente los logros, potenciando los talentos y trabajando duro para mejorar las debilidades.

4. Validando todas las emociones que sienten, acompañándoles desde un lugar respetuoso, conectado y empático. Explicándoles que todas las emociones son naturales y necesarias, que no existen buenas o malas. Ayudándoles a hablar de ellas sin miedo y tapujos, a compartir todo aquello que sienten sin vergüenza, a modularlas correctamente. Dejándoles sentir con libertad y a la intensidad que necesiten sin juzgarles.

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dijous, 23 de juny de 2022

La pedagogía del abrazo: comprensión, afectividad y cariño por doquier

Una de las cosas que más recuerdo de mi infancia es la suerte que tuve al recibir muchos abrazos. No fui una niña besucona y siempre recurrí a este gesto para expresar mi cariño o pedir aliento. Conservo en mi memoria cómo me los daban mis padres, hermanas, tíos o abuelos cuando las cosas se torcían y necesitaba que me mimasen. Cómo esas muestras de cariño calmaban mi alma, acompañaban mis emociones sin juicios o me animaban a seguir intentándolo. Parecía que durante esos instantes el tiempo se detenía y los problemas se hacían mucho más pequeños. No hacía falta pedírselos, ellos siempre sabían cuándo dármelos y no necesitaban sumarles palabras para que hiciesen su efecto, especialmente aquellos días donde parecía que las fuerzas del firmamento se habían conjurado en mi contra. Pero también aprendí que podía pedir los abrazos sin miedo o vergüenza.

Dicen que el abrazo es el único traje que se amolda a todos los cuerpos, el mejor compañero de los triunfos y los fracasos. Desde que soy madre son parte imprescindible de mi acompañamiento, de mi empatía hacia mis hijos y de mis muestras de afecto. En ocasiones enseñamos con pocas muestras de cariñosin ser conscientes de todos los beneficios que aporta el amor a la hora de educar. 

Buscamos metodologías innovadoras que nos acerquen a un mejor rendimiento académico olvidando cuidar la emoción, el apego y las muestras de amor. Nos obsesionamos con que nuestros hijos aprendan muchos contenidos o sepan diferentes idiomas y, sin subestimar este aspecto, olvidamos realmente aquello que les va a hacer crecer felices. Hemos llenado nuestros hogares de tecnología capaz de conectarnos e interactuar con personas de cualquier punto del mundo, pero que nos aleja estrepitosamente de las que tenemos más cerca. Ojalá fuésemos capaces de poner de moda la pedagogía del abrazo. La más sencilla de todas, basada en la comprensión, la afectividad y el cariño por doquier.

Y que está cargada de paciencia, de ternura y arrumacos. Donde los abrazos, acompañados de besos y miradas que alienten, se conviertan en el mejor medio para educar. Utilizando el lenguaje de las emociones que susurra desde el interior, ese que explica todo lo que nos transita por dentro, que nos permite conocernos y aceptarnos. Ese idioma que protege, que crea vínculos, que espanta el miedo. Que motiva y nos ayuda a querernos. Que construye puentes, cura heridas y acerca posturas.


Un niño con un desarrollo afectivo y emocional adecuado será una persona adulta más segura, empática y feliz. Tendrá una mayor capacidad de autocontrol y tolerancia a la frustración.


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