Sònia

Sònia

dimecres, 28 de juliol de 2021

Cómo ayudar en las discusiones entre hermanos y hermanas

Si algo recuerdo de mi infancia eran las constantes peleas que tenía con mis hermanas. Cualquier excusa era buena para discutir o para batallar. La cantidad de comida que teníamos en el plato, querer siempre el juguete que la otra poseía en esos momentos o elegir el programa que queríamos ver en la televisión.

En determinadas etapas de nuestra infancia la rivalidad y las disputas eran casi constantes. Pequeñas rencillas que llenaban nuestro hogar de mal humor, gritos, reproches y malestar. Que agotaban y acababan con la paciencia de mis padres.

La mayoría de estos conflictos eran insignificantes y estaban promovidos por los celos que sentíamos en ocasiones las unas de las otras o la necesidad de llamar la atención de mamá o papá. A veces peleábamos tanto que olvidábamos el motivo que nos había llevado a empezar.

También recuerdo que, pese a esas riñas, mis hermanas se convirtieron para mí en mis grandes confidentes, mis compañeras incansables de aventuras, mis grandes cómplices para toda mi vida.

Las peleas entre hermanos son necesarias para el proceso socializador de nuestros hijos. Favorecen el crecimiento personal, social y emocional de nuestros pequeños y son totalmente naturales y normales. Potencian la creatividad y la capacidad de liderar y tomar decisiones.

Los conflictos se producen por la necesidad de nuestros hijos de delimitar su espacio, de mostrar sus gustos y preferencias, de desarrollar sus propios recursos. La dificultad de modular correctamente las emociones o control de la impulsividad hace que la convivencia entre hermanos, en ocasiones, se haga muy complicada.

Las peleas son una gran fuente de aprendizaje que facilitan el desarrollo de las habilidades comunicativas, la practica de la negociación, el autocontrol y la autonomía en la búsqueda de soluciones. Se convierten en magníficas oportunidades de expresar todo aquello que sienten y de aprender a solucionar de forma autónoma los conflictos

En el conflicto siempre hay crecimiento, sin él no podríamos evolucionar, tomar conciencia de todo aquello que nos pasa, conocernos y entender el comportamiento o las ideas de los demás.

Peleando o discutiendo nuestros hijos aprenden a dialogar, ceder y ejercitar habilidades tan importantes como la empatía, la escucha activa y la tolerancia a la frustración. A reconocer los límites y las normas, a pedir disculpas y hacer frente al error.

Nuestros hijos e hijas, a través de las discusiones comparten sus necesidades,  anhelos y miedos, expresan su rabia, modifican conductas y exponen sus puntos de vista sobre lo que piensan o sucede a su alrededor. Aprenden a tener en cuenta los sentimientos del otro y los efectos de su comportamiento sobre él.

Los conflictos entre hermanos son muy comunes en los hogares, especialmente cuando pasamos mucho tiempo juntos en vacaciones. La falta de rutinas, el aburrimiento o el cansancio facilitan que aparezcan los conflictos.

Las peleas son una de las preocupaciones más comunes entre las familias ya que acaban con la paciencia y la capacidad de escucha. En muchas ocasiones,  mostramos muchas dificultades para mantener la calma ante ellas, para acompañar desde la neutralidad e intervenir de forma correcta.

Debemos aprender a desdramatizar cuando se produzcan, intervenir únicamente cuando sea imprescindible, acompañar desde la tranquilidad y la comprensión.

  1. Explicándoles que las peleas no se resuelven utilizando la violencia física, los insultos, los reproches o los gritos. Convirtiéndonos en el mejor ejemplo comunicativo y de resolución de conflictos que puedan tener. Nuestra actitud de serenidad ante ellas determinará la forma en la que nuestros hijos solucionarán sus desavenencias.
  2. Siendo muy conscientes que las peleas entre hermanos son normales, instructivas y muy necesarias en el desarrollo psicosocial de nuestros hijos. Que nuestros hijos se peleen no significa que no se quieran o tengan un mal vínculo afectivo. Eduquémosles en valores tan importantes como el respeto, la bondad y el agradecimiento.
  3. Ayudándoles a identificar, compartir y gestionar las emociones que aparecen en los conflictos, validándoles la ira, la tristeza o el enfado. Ofreciéndoles el tiempo y el espacio necesario para que puedan encontrar ellos mismos la solución. Enseñándoles a hacer un uso adecuado del lenguaje y el diálogo para resolver las diferencias y disconformidades.
  4. Siendo equitativos con nuestro cariño y atención ante ellos. Evitando las comparaciones, las etiquetas que dañan la autoestima y condicionan la conducta, las interrogaciones o la búsqueda de culpables. Las asambleas familiares y los ratos exclusivos con cada hijo ayudarán a  conseguir que nuestro hogar no sea un terreno tan fértil para las disputas.
  5. Evitando discutir con nuestra pareja delante de nuestros hijos. Que lo hagamos produce en nuestros pequeños inseguridad, miedo, preocupación y enfado.
  6. Interviniendo lo mínimo en los conflictos para evitar favoritismos. Evitando aumentar la rivalidad entre nuestros hijos y convertirnos en jueces. Sólo intervendremos en una pelea si se están utilizando palabras despectivas o existe alguna agresión física.
  7. Ante el conflicto, el adulto debe mostrarse objetivo y no mediar. Observar sin intervenir evitará que alcemos la voz, que perdamos la imparcialidad, que caigamos en la tentación de defender al que consideramos más débil o que le exijamos sólo la responsabilidad al mayor.
  8. Utilizando la técnica del  “método consciente” que permite encontrar una solución al problema que satisfaga a todos sin buscar culpables. Cada persona implicada en el conflicto debe poder expresar con libertad su punto de vista, proponer posibles soluciones que satisfagan a ambas partes y llegar así a poder cerrar la desavenencia.

Deberemos confiar siempre en la capacidad que tienen nuestros hijos de llegar a un acuerdo de forma autónoma ante una pelea. Cada conflicto les ayudará a desarrollar el autoconocimiento, la inteligencia social y les empoderará. Enseñemos a nuestros hijos a gastar sus energías resolviendo problemas y no creando conflictos.

Como decía Theodor Jaspers: “Los problemas y conflictos pueden ser la fuente de una derrota, una limitación para nuestra potencialidad pero también pueden dar lugar a una mayor comprensión de la vida y el nacimiento de una unidad más fuerte en el tiempo”.

Cómo ayudar en las discusiones entre hermanos y hermanas

Colaboración con el Club de Malasmadres: https://clubdemalasmadres.com/ayudar-discusiones-entre-hermanos/

dissabte, 17 de juliol de 2021

ROMPIENDOS SEIS MITOS SOBRE LA DISCIPLINA POSITIVA

Recuerdo el día en el que me dijeron que estaba embarazada, una mezcla de ilusión y miedo se apoderaron de mí. Recuerdo la primera vez que se cruzaron nuestras miradas y sentí que aquel bebé había llegado para hacerme ser mucho mejor persona. A medida que mi hijo iba creciendo, me di cuenta de que la maternidad es el único oficio del mundo en el que primero te otorgan el título y luego cursas la carrera. Una carrera de fondo llena de dudas, de errores y de miles de cosas por aprender.

                                                         Segur leyendo en el PAÍS


dilluns, 14 de juny de 2021

EL PODER EDUCATIVO DEL QUERER

Si algo recuerdo de mi abuela es que siempre tenía tiempo para mí. Para escucharme con calma, para ayudarme en todo lo que necesitaba, para  hablarme desde su corazón. Para pasar toda la tarde cocinando, charlando o jugando conmigo sin mirar el reloj.

Para sostenerme entre sus brazos cuando las cosas se tambaleaban y explicarme, sin reproches, todo lo que no acababa de hacer bien. Para aconsejarme sin decidir por mí y achucharme muy a menudo.

Los tiempos han cambiado mucho y desgraciadamente las mamás y papás actuales tenemos poco tiempo para educar desde la serenidad. Vivimos a toda velocidad, entrelazando tareas e intentando cumplir con largas listas de cosas por hacer. Haciendo malabarismos para poder pasar con nuestros hijos tiempo de calidad, para conciliar, para no dejarnos llevar por las rutinas y el estrés.

A menudo caemos en el error de educar desde la impaciencia, utilizando los gritos, las amenazas y castigos que tanto dañan a nuestros hijos. Sin ser capaces de dominar nuestra ira, nuestras reacciones desproporcionadas, nuestro mal humor.

Mostrando muchas dificultades para encontrar el equilibrio entre la permisividad y la sobreprotección, dejándonos llevar por nuestros estados de ánimos, sintiendo a menudo culpa e impotencia.

Sin ser del todo conscientes que nuestros hijos necesitan que estemos presentes y disponibles. Que nos convirtamos en adultos significativos que cuiden y protejan, amables y firmes al mismo tiempo. Que sepamos valorar el esfuerzo y enseñemos a aceptar el error como parte imprescindible del aprendizaje.

Familias que eduquen desde la comprensión, la conexión y el amor incondicional. Validando todo aquello que sienten, siendo conscientes de sus necesidades, intereses y deseos, regalándoles un apego seguro y un acompañamiento emocional que les haga sentir únicos. Una relación basada en el respeto mutuo y la pertenencia. 

Una educación sin expectativas que ahoguen, ni juicios de valor que dañen la autoestima, ni etiquetas que coarten. Que sea capaz de hacerles sentir valiosos, queridos y especiales. Que les anime a ser valientes, a trabajar por todo aquello que se propongan, a soñar en grande.

En ocasiones educamos con pocas muestras de cariño y amor, sin ser conscientes de todos los beneficios que aporta el afecto a la hora de educar. Buscamos metodologías innovadoras que nos acerquen a un mejor rendimiento académico olvidando cuidar la emoción, el apego, las muestras de afecto.

Nos obsesionamos con que nuestros hijos aprendan muchos contenidos y procedimientos olvidando va a hacer crecer felices. Hemos llenado nuestros hogares y aulas de tecnología capaz de conectarnos e interactuar con cualquier punto del mundo pero que nos aleja estrepitosamente de las personas que tenemos justo al lado. 

Ojalá fuésemos capaces de poner de moda la pedagogía del QUERER. La más sencilla de todas, basada en la afectividad y el cariño a doquier. Cargada de tiempo, de ternura y arrumacos. Donde los abrazos, los besos, las miradas, los silencios compartidos y las palabras que empoderan tienen un gran poder.El amor es el mejor aliado para el desarrollo cerebral y social.

El lenguaje de las emociones que habla desde el interior, ese que explica todo lo que nos corre por dentro, que nos permite conocernos y aceptarnos. Ese idioma que protege, que crea vínculos, que espanta el miedo. Que regala oportunidades, motiva y que nos ayuda a querernos. Que construye puentes, que cura heridas y acerca posturas.

Creo que en la educación FALTAN abrazos que arropen, miradas que contagien esperanza, besos que acaricien el alma. Muestras de amor que creen compromisos, que  faciliten la comunicación afectiva, que ayuden a vivir en el aquí y el ahora. Gestos que diseñen caminos, que enseñen a entender el mundo que nos rodea, que empoderen.

EDUQUEMOS con BESOS que den las gracias o pidan perdón. Que sanen, hagan más fácil las despedidas o disipen la desilusión. Que regalen consuelo, cicatricen heridas y acaricien las penas con suavidad. Que recuerden a diario a nuestros pequeños que estamos a su lado de forma incondicional, que nos gustan tal y como son.

EDUQUEMOS con ABRAZOS que se amolden a todos los cuerpos, que acompañen silencios, que inyecten energía. Que rescaten esperanza, ahuyenten al pánico y alivien el sufrimiento. Que transmitan calma y reinicien por dentro. Abrazos que carguen de optimismo y respeten ritmos para aprender.

EDUQUEMOS con MIRADAS que provoquen ternura, roben sonrisas y ericen la piel. Que entiendan los tropiezos y  animen a asumir nuevos retos. Miradas cómplices que ayuden a tomar decisiones o aclaren sentimientos. Que estrechen lazos, que perdonen las salidas de tono, que apaciguan la rabia o el dolor.

EDUQUEMOS con PALABRAS que espanten fantasmas, que acerquen distancias, que nos hagan poderosos. Exentas de reproches, de etiquetas, de por qués. Palabras llenas de energía, de soluciones, de refugio, que potencien la autonomía y la responsabilidad.

Está demostrado clínicamente que las caricias, el contacto corporal próximo y cálido, los susurros y los halagos convierten a nuestros hijos en personas resilientes y afortunadas. Un niño con un desarrollo afectivo y emocional adecuado será una persona segura, empática y feliz. Tendrá una mayor capacidad de autocontrol y tolerancia a la frustración.

Como decía Françoise Sagan: “Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender”.

Artículo escrito en el País: El poder educativo del querer

dijous, 3 de juny de 2021

HIJO, ABÚRRETE MUCHO

¡Mamá, me aburroooo!,

¡Papá, me aburroooo muchoo!,

¡Me aburro, me aburro, me aburro!…

¿Y ahora qué hacemos? ¿Juegas conmigo? ¿Hoy no salimos?

Vivimos en una sociedad sobre estimulada, donde se impone la hiperactividad. Obsesionada por el hacer continuo y el alcanzar. Donde todo pasa demasiado de prisa y no hay tiempo para reflexionar, valorar o reconocer todo lo bueno que nos sucede, lo mucho que tenemos, lo que realmente necesitamos o deseamos.

Donde es muy difícil encontrar momentos para vivir sin prisa, para disfrutar de no hacer nada, para mirar el futuro desde la calma. Encadenamos actividades y  tareas sin ser conscientes de ello, pasamos los días entre estímulos que nos entretienen, entre dispositivos eléctricos que nos tienen interconectados las veinticuatro horas del día.

Hemos impuesto a nuestros hijos nuestro ritmo frenético de vida. Les hemos acostumbrado a estar siempre ocupados haciendo alguna actividad. Cada pequeño momento libre tiene que ser optimizado, programado y orientado hacia un objetivo a conseguir.

Después de las largas jornadas escolares, muchos de nuestros hijos y jóvenes siguen trabajando en sus clases de idiomas, música, manualidades, cocina o danza. Sin duda las actividades extraescolares les ayudan a aprender y adquirir nuevas habilidades y competencias, pero un exceso de ellas puede repercutir negativamente en su desarrollo. Los niños que crecen entre demasiada exigencia u obligaciones acaban sintiéndose estresados, saturados e infelices.

Vivimos que nuestros hijos se aburran como un fracaso personal. Nos asusta que pierdan el tiempo, que se sientan tristes, que se muestren desanimados o muestren poco interés por algunas cosas. Mantenemos la falsa creencia que quien hace más cosas tendrá mucho más éxito en la vida.

Intentamos mantenerles siempre “distraídos”, les damos pocas oportunidades para pensar y procesar por ellos mismos. Sentir la frase de “papá o mamá me aburro” nos hace sentir nerviosismo, culpabilidad o inquietud.

El aburrimiento es una emoción muy importante que no solemos permitir ni cultivar. Un sentimiento imprescindible para el desarrollo personal que está muy relacionado con la capacidad de espera, la autonomía personal, la autoestima y la tolerancia a la frustración.

El aburrimiento es muy positivo para nuestro cerebro, nuestra mente, nuestras emociones y nuestro ser. Una emoción indispensable para poder conectar con nuestro interior, con nuestras emociones, recelos o deseos. Para ser conscientes de todo aquello que pasa a nuestro dentro de nosotros y a nuestro alrededor.

El tiempo para no hacer nada es pedagógicamente esencial. Enseñar a nuestros hijos a tolerar el aburrimiento y a no buscar la diversión constante les prepara para un futuro más realista, les enseña que la vida no es un festival de  constante.

Frenar la espiral de hiperestimulación al que están sometidos pasa por hacerles descubrir los placeres simples de la vida, por enseñarles a priorizar la calidad a la cantidad, por educarles en el aquí y el ahora. Romper con las actividades dirigidas y las obligaciones les regalará la oportunidad de descubrir nuevas vías de aprendizaje, de investigar fórmulas para pasarlo bien.

Cuando nuestros hijos se aburren conectan con su esencia, su propia creatividad, exploran e imaginan. El aburrimiento dispara la imaginación, les regala la oportunidad de buscar soluciones por si mismos, para crear desde la reflexión y el entusiasmo.

El aburrimiento es un conflicto que potencia la autosuficiencia, el pensamiento crítico y el espíritu autónomo. Fomenta la meditación, la reflexión y el altruismo. Nos obsequia tiempo para decidir desde la calma, para descubrir los propios intereses y necesidades.

La monotonía regala a la mente la posibilidad de oxigenarse, de volar y fluir, de soñar y construir. Crea un escenario perfecto para aprender a vivir de forma más relajada facilitando la concentración, la observación y la paciencia.

 

Los niños y jóvenes que aprenden a hacer frente al aburrimiento acaban siendo habitualmente más tolerantes, felices y posen un mejor autoconocimiento y autorregulación. Se muestran mucho más flexibles y son capaces de gestionar mucho mejor el tiempo.

Un tiempo libre sin tareas o actividades permite a nuestros hijos escucharse sin prisas, conocerse con tranquilidad, construir su propia identidad.

¿Cómo podemos ayudarles a gestionar el aburrimiento?

- Legitimando el aburrimiento desde la empatía y el respeto. Explicándoles que estos momentos forman parte de la vida y que hay que aprender a vivirlos como una oportunidad.

- Haciéndoles ver el lado positivo del aburrimiento, entendido como un tiempo “sin obligaciones” convirtiéndose en una magnífica ocasión para hacer lo que realmente les apetece.

- Validándoles que no hagan nada, que decidan como quieren invertir sus espacios de ocio, dejándoles libertad para crear.

- Motivándoles a hacer una “lluvia de ideas” de las posibles actividades que pueden hacer donde sean ellos los que lleven en todo momento la iniciativa. Mostrándoles nuestra confianza de que serán capaces de encontrar algo interesante por hacer.

- Ofreciéndoles papel y lápiz para que puedan dar rienda suelta a su creatividad, escribiendo y dibujando divertidas historias.

- Animándoles a descubrir espacios en la naturaleza donde puedan crear cabañas, observar la fauna y flora, correr o escalar.

- Potenciándoles la lectura como una opción divertida de ocio, acercándoles a las bibliotecas y las librerías del pueblo o la ciudad.

- Facilitándoles materiales y utensilios sencillos para crear “cosas”: cajas, pinturas y pinceles, un gran trozo de papel en blanco, materiales de modelar, revistas, botellas de plástico…

Bernad Rusell afirmaba que “Una generación que no soporta el aburrimiento, es una generación de escaso valor”. Dejemos que nuestros hijos se aburran de forma moderada para obtener un bienestar emocional y mental que les permita imaginar y crear sin medida, para que disfruten del no hacer nada, para que aprendan que al aburrimiento se le mata a base de la imaginación y el interés por hacer cosas que la mente aun no puede visualizar.

dilluns, 17 de maig de 2021

¿CÓMO SE EDUCA A UN ADOLESCENTE?

Le miras y te cuesta aceptar que haya crecido tanto y tan rápido. Recuerdas cuando de pequeño deseabas que creciese rápido para poder descansar. Ahora te gustaría parar el tiempo para volver a tenerlo en tus brazos como cuando era un bebé.

Echas de menos que te pida que juegues con él, que le ayudes con las tareas escolares, que te necesite para hacer las cosas. Que quiera hacer planes contigo o le apetezca pasar el tiempo libre juntos.

Qué difícil es sentir que te quiera y te necesite de forma distinta, hacer frente a sus salidas de tono, su rebeldía, sus malas contestaciones. Aceptar que su grupo de amigos ahora sea su cobijo, que quiera hacer las cosas a su manera, que piense de forma tan diferente a ti.

Aquel chico cariñoso y comunicativo al que le gustaba explicarte todo lo que había aprendido en el colegio ahora se muestra en muchas ocasiones irascible y reservado y pasa muchas horas encerrado en su habitación escuchando música, viendo series o absorto con su móvil.

Un volcán en erupción que explota sin una razón aparente, que muestra dificultades para gestionar la frustración y piensa que el mundo conspira contra él. Que explora constantemente nuevos límites, que intenta saltarse normas porque muchas de ellas no las entiende y que siente que el mundo gira en contra de él.

Un joven al que le cuesta mucho aceptar sus errores, que está inmerso en un caos de cambios y vive en una vorágine de dudas y contradicciones. Con variaciones de humor constantes, con poca capacidad para la autocrítica, que vive entre la euforia y el catastrofismo absoluto.

Una época de sana desobediencia, de numerosos aprendizajes, de búsqueda de nuevos límites. De vulnerabilidad y fuerza a igual medida, de impulsividad y egocentrismo en estado puro.

Una etapa centrada en la construcción de una nueva identidad, de la búsqueda de un “nuevo yo”.

La adolescencia en sin duda la etapa educativa más difícil de acompañar. Una tarea ardua, repleta de retos diarios, de estrategias por aprender. En la que los conflictos se entrelazan sin saber muy bien por qué y los tiempos de calma se echan a faltar. Discusiones que nos llenan de culpabilidad, de preocupación e impotencia.

No es nada fácil entender porque nuestros hijos adolescentes, en ocasiones se muestran tan inestables o irreverentes. Aceptar que necesiten volar fuera del nido, que quieran llevar las riendas de su vida y decidir cómo quiere moverse por el mundo.

No es nada fácil acompañar desde la tranquilidad a alguien que a veces no muestra interés por aquello que le decimos, que parece que busque el conflicto constantemente, que vive entre extremos.

Como decía Robert Louis Stevenson en boca de su personaje el Dr. Henry Jekyll, “Quiéreme cuando menos lo merezco porque es cuando más lo necesito”, frase que resume de manera muy oportuna lo que nuestros hijos adolescentes necesitan de nosotros en esta etapa.

Adultos que miren la adolescencia con respeto, cariño y empatía, abandonando los patrones adultistas. Que no repitan constantemente las cosas, que estén de buen humor y tengan mucho sentido común. Que confíen en ellos, que entiendan que es una etapa de provisionalidades, avances y retrocesos, de descubrimientos continuos no siempre fácil de gestionar.

Mamás y papás que les acompañen sin condición aunque haya días que resulte muy complejo, que eduquen con firmeza y amabilidad en la responsabilidad y el esfuerzo. Que les ofrezcan seguridad y calidez. Que entiendan la fragilidad y vulnerabilidad por la que están pasando y les ayuden a poner orden al caos que en ocasiones les invade.

¿Cómo se educa a un ADOLESCENTE?

1.    Conociendo las características propias de la etapa educativa. Conocer la metamorfosis de cambios (físicos, psicológicos y sociales) por los que nuestros hijos están pasando nos permitirá entender sus comportamientos para poder ofrecerlos la ayuda que necesitan.

2.  Con grandes dosis de comprensión, paciencia y confianza. Ofreciéndoles tiempo para aprender y oportunidades para errar sin sentirse cuestionados.

3.    Haciéndoles sentir que conectamos con lo que sienten y necesitan. Mostrando interés por sus preocupaciones, inquietudes, dando importancia a sus preocupaciones o deseos.

4. Acompañándoles desde la calma y el respeto mutuo. Hablándoles con ganas de entendernos, eliminando los gritos y sermones, las etiquetas, los reproches o los mensajes contradictorios que tanto dañan el vínculo.

5.    Ayudándoles a construir una autoestima y autoconcepto sólido, enseñándoles a mirarse al espejo con respeto y sin miedo. Resaltando todas las virtudes que poseen e incitándoles a aceptarse tal y como son, valorando sus fortalezas y buscando respuesta a sus dificultades.

6.   Aceptando que los conflictos en esta etapa son inevitables, que hay que aprender a seleccionarlos y a buscar las soluciones desde el análisis profundo, el cariño y la empatía.

7.    Entendiendo que su grupo de amigos es ahora su fuente de seguridad, comprensión y apoyo. Amigos que necesita tenerlos siempre cerca para poder crear su nueva identidad y definir sus propios valores.

8.    Utilizando una comunicación no violenta, un lenguaje lleno de respeto y grandes dosis de afectividad. Practicando la escucha activa, eliminando los gritos o acusaciones, abriendo canales de comunicación diariamente buscando los momentos más oportunos.

9.   Enseñándoles a reconocer, analizar y gestionar las emociones, ayudándoles a modularlas y a darles respuesta, validando todo aquello que sienten.

1.   Consensuando normas, flexibilizando límites, estableciendo consecuencias naturales y lógicas. Buscando el equilibrio entre la permisividad y la sobreprotección.

La adolescencia es sin duda la etapa educativa en la que nuestros hijos necesitan de nosotros “nuestra mejor versión” transmitiéndoles que les queremos sin límites o condiciones. Que nos mostremos serenos, disponibles, que busquemos espacios para compartir temores y confidencias, que entendamos que muchas de sus conductas están asociadas a sus emociones poco moduladas.

dijous, 6 de maig de 2021

EDUCAR LA EMOCIÓN

Prestamos poco interés a nuestras emociones cuando en realidad somos un revoltijo de ellas. Las emociones están presentes en todas las actividades de nuestra vida y condicionan la manera en la que escribimos nuestro camino. Las positivas nos reconfortan, nos colman de esperanza e ilusión, nos animan a seguir. Las negativas nos llenan de dudas, de incertidumbre o excusas, nos limitan a no salir de nuestra zona de confort.

Las emociones son respuestas o reacciones fisiológicas de nuestro cuerpo ante cambios o estímulos que aparecen en nuestro entorno o en nosotros mismos. Condicionan nuestra forma de mirar el mundo, agitan nuestras ilusiones, nos sirven para aprender, actuar y tomar decisiones. Logran que los recuerdos se fijen en la memoria y nos ayudan a relacionamos con los demás. Son el motor por el que nos movemos.

Educar la mente sin educar el corazón no es educar. Una frase que resume a la perfección el que debería ser el objetivo prioritario en la educación de nuestros hijos: educar la emoción. Al igual que los adultos, para que nuestros hijos sean felices necesitan tener un “corazón inteligente”.

Pero no es nada fácil conseguirlo cuando a la mayoría de nosotros no nos enseñaron a identificar las emociones, a escuchar nuestro interior sin juiciosa saber hallarnos y vivir con la máxima consciencia. Donde muchas veces las emociones se escondían, se reprimían y parecía que teníamos la obligación de mostrarnos siempre fuertes.

La EDUCACIÓN EMOCIONAL debería convertirse en el centro vertebrador de nuestro acompañamiento, un aprendizaje centrado en poner en comunión cabeza y  corazón, en encontrar el equilibrio entre sentir y el hacer.

Una inteligencia emocional que permita a nuestros hijos entender todo aquello que les recorre por dentro, les proporcione salud mental y bienestar, les enseñe a quererse sin reproches. Que desarrolle la empatía, la resilencia y el pensamiento crítico. Que les posibilite adaptarse al cambio, gestionar el estrés o los pensamientos negativos, que les enseñe a ser agradecidos.

Nuestros hijos necesitan crecer en un entorno sano y psicológicamente equilibrado. Tener a su lado adultos que escuchen, respeten y comprendan. Que les hagan sentirse queridos, protegidos y seguros de si mismos sin etiquetas que condicionen o limiten.

Aprender habilidades emocionales que les permitan hacer una buena autoregulación de sus emociones para poder hacer frente al miedo, el estrés o el fracaso. Para saber gestionar las situaciones del día a día, para tener relaciones sociales positivas y estimulantes, para ser capaces de regular los impulsos y cuestionarse el por qué de las cosas.

La educación emocional es un proceso educativo, continuo y permanente esencial en el desarrollo integral de nuestros hijos. Favorecerá  que nuestros pequeños se conviertan en adultos con valores, con capacidad para la autocrítica y tolerancia a la frustración.

Los niños desarrollados emocionalmente son personas con mayor autoconciencia, autoestima y seguridad en sí mismas. Son mucho más felices, tolerantes, obtienen mejores resultados académicos y tienen más capacidad para relacionarse efectivamente con los demás.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a desarrollar la INTELIGENCIA EMOCIONAL ?

1.    Ayudándoles a conocer el nombre de las emociones y sus funciones, a reconocerlas y legitimarlas, a regular sus efectos desde la calma y reflexión.

2.  Creando espacios diarios donde puedan expresar con tranquilidad y libertad todo aquello que sienten, necesitan o les preocupa sin sentir vergüenza. Momentos llenos de confianza dondenos mostremos empáticos y comprensivos con todo aquello que nos explican.

3.    Explicándoles que no hay emociones buenas ni malas, que todas son necesarias para la vida. Facilitándoles experiencias que desarrollen el sentido positivo de ellos mismos y potencien la automotivación e iniciativa personal.

4.    Validándoles cada una de las emociones sin juzgarlas. Acompañándoles desde el respeto, la calma y la seguridad con palabras que alienten y abrazos que reconforten. Ofreciéndoles todo el tiempo que necesiten para aprender.

5. Estableciendo límites claros y consensuados que les proporcionen seguridad y protección. Reforzando las conductas positivas y enseñándoles a mostrase  flexibles y adaptables delante las nuevas situaciones.

6.   Convirtiéndonos en el mejor ejemplo de expresión y gestión emocional que puedan tener. Controlando nuestra ira, impulsividad y negatividad. Mostrando una actitud positiva ante la vida, compartiendo con ellos lo que sentimos de manera saludable, sin cargas pero con sinceridad, siendo conscientes de nuestros estados de ánimos intentándoles poner nombre.

7.    Potenciando el autoconocimiento, autocontrol y autogestión desde la atención cálida y la educación positiva. Ayudándoles a reconocer sus aptitudes y habilidades y tener una autoestima saludable.

8.  Despertándoles la curiosidad y el interés por aprender, potenciando la toma de decisiones, la responsabilidad y desarrollando el valor del esfuerzo y el compromiso. Sin cansarnos de explicarles que el error es parte imprescindible para el aprendizaje.

9.    Enseñándoles a ser empáticos y tolerantes y a tener en cuenta las emociones de los demás. A ser agradecidos con aquellos que les cuidan, respetuosos y a escuchar asertivamente.

1.   Estando siempre atentos a las señales de alarma que nos informan que algo no va bien. Los lloros, las rabietas, los enfados constantes nos alertan que hay emociones no resueltas que nuestros hijos necesitan resolver.

El desarrollo de la educación emocional permitirá a nuestros hijos tener una vida exitosa, sana y equilibrada. Como dice Pablo Fernández-Berrocal: “las personas más felices no son las más inteligentes, son las que tienen un corazón intuitivo e inteligente”.

dimarts, 4 de maig de 2021

EL PRIVILEGIO DE SER MAMÁ

Mamá, mama o mami. Da igual, diga cómo se diga, tiene una musicalidad especial. Nunca olvidaré el día en el que mis pequeños pronunciaron “mama” por primera vez. Quién lo ha vivido, sabe de lo que hablo. O aquella primera vez que estiraron sus brazos hacia mí porque era la única que les podía consolar.

Dicen que una madre es comprensión porque sus palabras sosiegan, tranquilizan, porque sus besos y abrazos sanan. Una madre es paciencia en grado extremo por su temple, por su perseverancia, por su capacidad de amar. Una madre es amor porque es cariñosa, afectuosa, protectora, tierna, comunicativa, paciente. Que el amor de una madre es el motor que le permite al ser humano hacer lo imposible.

Yo soy quién soy gracias a la mía. Con sus virtudes y sus defectos, pero le debo todo. Madre no hay más que una y ella siempre ha estado justo en el lugar y en el momento en el que más lo necesitaba. Sin juzgarme, ni etiquetarme. Alentándome en cada uno de mis proyectos, poniéndome límites, ayudándome a descubrir mis talentos, confiando siempre en mí. Convirtiéndose en la mejor abuela que mis hijos pueden tener. Desde que soy madre, la respeto y la valoro aún más si cabe.

Recuerdo el día en que descubrí que estaba embaraza, que me convertiría en mamá. Una mezcla de ilusión y miedo floreció dentro de mí. Supe que en ese mismo instante que mi vida se transformaría radicalmente, que me embarcaba en la aventura más apasionante de mi vida, un vagón compartido con mi marido e hijos para siempre.

Nunca olvidaré la cara de mi padre al enterarse que en pocos meses tendría entre sus brazos a su primer nieto, jamás lo había visto tan feliz. La emoción de mis hermanas por compartirse en tías, la alegría de mis suegros al saber que la familia aumentaba.

En el momento que vi a mi primer hijo por primera vez sentí que me había enamorado de inmediato. Esa persona que sería capaz de robarme a diario una sonrisa, de emocionarme con sus progresos, de preocuparme por su salud, que se convertiría en la fuerza motriz de todos mis retos. Al que deseaba querer, mimar y proteger para siempre.

La maternidad cambió mi concepción del tiempo, del espacio, del sentir. Mi forma de mirar la vida, de establecer mis prioridades, de saber lo que es realmente era importante. De hacer frente a los problemas, de escribir mi futuro.

Ser mamá te hace más tenaz, más valiente, más constante. Te enseña a ser más flexible, más polivalente, a simplificar tus necesidades. A querer ser tu mejor versión, a pelear contra las adversidades con todas tus fuerzas para que el presente sea mucho mejor.

Hace casi dieciséis años que soy mamá, para mí el mejor oficio del mundo. El único oficio en el que primero te otorgan el título y luego cursas la carrera. Una licenciatura llena de contratiempos, de inseguridades y de aspectos por aprender. Que te hace reaprender a diario y te ayuda a ser cada día un poco mejor. Que te regala cariño a raudales, amor sin condición, abrazos que reinician.

A ser mamá se aprende con mucha paciencia y grandes dosis de humor y sentido común. Por suerte, el paso del tiempo te enseña que en la educación de tus hijos no existen fórmulas mágicas, trucos o atajos. Que el secreto de una maternidad feliz es no necesitar tenerlo todo controlado, aceptar y aprender de tus errores, entender que la culpa no es una buena compañera de viaje.

Ojalá antes de ser mamá alguien me hubiese explicado que existían mil formas de entender la maternidad y que todas eran adecuadas. Que mis hijos no necesitan tener una madre perfecta, sólo alguien que les acepte y les acompañe sin condición. Que los quiera con avaricia y les conceda el tiempo que necesitan para aprender.

Ojalá me hubiesen aclarado que las mamás tenemos derecho a la queja, a sentirnos agotadas, a explotar, a querer desconectar. A sentirnos vulnerables, a añorar a ratos la soledad. A querer cultivar nuestra carrera profesional y a no permitir que la M de madre aplaste a la M de mujer.

Después de tantos años he comprendido que mis hijos necesitan una madre que se muestre disponible, que les acepte tal y como son, que sepa valorar sus esfuerzos, que les ponga límites y no le importen únicamente los resultados. Que regale palabras que alienten, silencios que acojan, abrazos y besos que protejan. Que valide todas las emociones que sienten y encuentre un equilibrio entre la firmeza y la amabilidad.

Que se sepa cuidar para poder acompañar desde la calma y la empatíaQue pida ayuda siempre que lo necesite sin sentir vergüenza o debilidad.

Que eduque con el ejemplo, eliminando los gritos, las etiquetas o los reproches que tanto dañan los vínculos. Que quiera acompañándolos sin sobreproteger, respetando sus necesidades e intereses, despertando las ganas de aprender y descubrir.

Que sea capaz de contagiar el placer de vivir, las de tomar la iniciativa, el deseo de soñar en grande. Es dar alas y raíces a la vez, dejar ir regalando oportunidades.

Madre Teresa de Calcuta decía que “enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo…, en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado. No se me ocurre mejor forma de definir la maternidad.