- ¿Qué listas?
- Las que hacen los mayores cuando empieza el año.
- ¿La lista de propósitos?
- Sí eso, ¿por qué lo hacen?
- Hacer un listado de objetivos ayuda a poner en orden todo aquello que quieres conseguir.
- ¿Tú también la has escrito?
- Este año he decidido vivir sin seguir un borrador.
- Entonces, ¿cómo sabrás lo que te toca hacer?
- Quizás haya llegado el momento de vivir sin un plan establecido, ¿no crees que puede ser mucho más emocionante?
Decidí empezar el año comiéndome únicamente 6 uvas. Puede parecer ridículo pero para mí fue un buen ejercicio para romper con lo establecido, con lo que tocaba. Quien me conoce sabe lo metódica soy, programación en estado puro. Si el año que acabamos de cerrar me ha enseñado algo es la ineficacia de hacer planes, de vivir en el futuro, de esperar a ser feliz cuando el cosmos lo determine. Porque en cualquier instante la vida da un giro brusco y todo salta por los aires, se desmigaja entre tus manos sin darte la opción a replicar.
La existencia es voluble y hay que aceptar que no siempre confabula a tu favor. Por esta razón, hay que exprimirla, macerarla con el mejor pulso posible para que, cuando llegue el día que quiera ponerte a prueba, tengas la seguridad de haberle ganado la partida, la tranquilidad de haberla estrujado con todas tus fuerzas . En el mes de los propósitos me revelo contra el breviario que intenta atarnos de pies y manos y decido no dibujar ningún mapa.
Quiero vivir sin control, sin duda la mejor manera de enseñar a mis hijos a disfrutar de la vida al máximo. Porque vivir entre paréntesis, siguiendo siempre el puntero de una brújula, agota a cualquiera. Cuatro décadas de normas absurdas, sumarios obsoletos, objetivos impuestos, tareas metódicas y acciones comprimidas que han robado parte de mi espontaneidad. Así que es el momento de darle la mano a la incertidumbre, dejar de aferrarse al pasado, al yo soy así o al mañana lo intento. Toca apostar al todo o nada. A huir del desánimo y la frustración, a no acumular excusas ni perezas, y trabajar sin miedo a hacer el ridículo cuando persiga lo que me haga realmente feliz.
Porque puedo enseñarle a mis hijos la parte oscura de este mundo, la agria y desapacible, donde la lógica pierde el rumbo o aquella fascinante y mágica que te envuelve de sentido. Les animaré a salir del camino, a no seguir un plano, a no creer en una única ruta. Les alentaré a perderse, a no seguir las normas de uso, a emprender nuevas vías, a pensar divergente, a no hacer lo que los otros esperan.
Les instruiré a elegir, a no ser previsibles ni correctos, a aprender a aprender. A pensar sin censura, a alegrarse de los logros ajenos, a trabajar en equipo con ganas de sumar. A manejar un GPS programado por uno mismo, a probar lo que los otros no están dispuestos a hacer. A buscar alianzas, a ser autónomos, a ir a por el todo.
A poner contadores a cero cuando toque volver a empezar sin reproches ni lamentos, a jugar sin pretender siempre tener las mejores cartas, a sentir que valga la pena cada uno de sus pasos. A salir de la zona de confort sin pánico a ser diferente, a ver los precipicios como grandes maestros, a sentir a fuego, a no dejarse paralizar por el miedo. A probar sin recelo, a experimentar sentimientos, a susurrar todo aquello que les haga erizar la piel.
A buscar el cambio de aquello que les disguste, a atacar lo difícil, a no estar dispuestos a dejar de intentarlo, a anticiparse a los que quieran cortarles las alas, a tomar las decisiones desde la serenidad. A ser compasivos con sus momentos de flaqueza, a trasformar los planes las veces que hagan falta. A llenar de humor los días que parece que no quiera amanecer.
Hijos nunca olvides que vivir es aprender a disfrutar de la incertidumbre. Haced de la ilusión el mejor compañero de viaje y sobretodo, nunca os toméis demasiado en serio.
