Sònia

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dimarts, 18 d’abril del 2023

Claves para que los niños no mientan: si no quieres que lo hagan, no lo hagas tú

 Si había algo que preocupaba e impacientaba enormemente a mis padres era que les dijese una mentira. Les molestaba mucho descubrir que no les había dicho la verdad. Yo era capaz de inventar historias sin mucho sentido para evitar que se enfadasen conmigo o culpabilizar a mis hermanas para que no me riñeran. A menudo con mis embustes intentaba evitar las consecuencias que sabía que iba a tener por no haber sido responsable con mis tareas o haber obrado correctamente. 

Mi padre siempre me decía que era fácil averiguar si estaba mintiendo porque se me ponían los mofletes rojos y no era capaz de mirarle a los ojos. Esos engaños inocentes creaban una situación muy incómoda y desagradable en casa, minando seriamente la confianza que tenían en mí y creando un clima muy tenso.

Todos los niños mienten en alguna ocasión. Esta capacidad no es innata, sino que se va aprendiendo con el paso del tiempo. Los expertos marcan los siete años como la edad de inicio de los embustes intencionados y utilizados como una herramienta con la cual se pretende obtener algún beneficio. Esto no quiere decir que antes de esa edad un niño no pueda mentir, pero lo hará de forma inconsciente y a causa de su dificultad para diferenciar aún correctamente la fantasía de la realidad.

Numerosas investigaciones psicoeducativas coinciden en afirmar que las mentiras son parte natural del proceso comunicativo y del desarrollo cognitivo, emocional y social del menor. A través de ellas, los niños exploran los límites y aprenden a vivir en una sociedad que, a menudo, es exigente con ellos y cambia a mucha velocidad. 

En la adolescencia, estos embustes habitualmente tienen que ver con la búsqueda y la necesidad de libertad e independencia o con el miedo a defraudar o a ser juzgados.

Un niño puede mentir por diferentes motivos: con la intención de llamar la atención de los adultos que le acompañan, para poder hacer frente a la frustración, para evitar las consecuencias de una conducta inapropiada o para eludir responsabilidades son algunas de ellas. También puede faltar a la verdad para sentirse superior a sus iguales, para complacer a alguien al que no quiere decepcionar, para ganar la aprobación de las personas que le quieren o por el exceso de exigencia que un adulto ejerce sobre él.

No es difícil que una familia se dé cuenta de que su hijo está mintiendo. Cuando un niño engaña se suele mostrar ansioso, inseguro, su expresión corporal suele ser tensa y en sus explicaciones suelen aparecer contradicciones y datos inconexos. 

En el caso de que mienta de forma recurrente, los padres deberán investigar el motivo que provoca esa conducta. Podría tratarse de un caso de baja autoestima o debido a la mala gestión de emociones, como el miedo o la inseguridad. También podría utilizar las mentiras para ocultar otras cosas que le estén sucediendo y que están impidiendo un comportamiento natural.

Seguir leyendo: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2023-03-04/claves-para-que-los-ninos-no-mientan-si-no-quieres-que-lo-hagan-no-lo-hagas-tu.html



Cuatro claves para que la maternidad o la paternidad no te supere

Hay días en los que la paternidad o la maternidad superan. Se vuelve antipática y se transforma en una bola de nieve incómoda que no para de crecer y pesar. Momentos en los que muchos progenitores se desesperan porque se sienten incapaces de educar desde la calma, la serenidad y la empatía. Una profesión compleja que agota, desespera y, en muchas ocasiones, incita a que se muestre la peor versión de uno mismo, normalizando en el día a día el mal humor, el cansancio extremo o el uso de los gritos y las malas respuestas. Los castigos sin sentido, las amenazas y los reproches que tanto dañan la autoestima de los hijos.

La paternidad y maternidad es una de las experiencias más intensas de la vida, en todos los sentidos. Si existe un oficio difícil de ejercer en nuestra sociedad es el de ser papá o mamá; el único del mundo en el que primero te otorgan el título y luego debes cursar una larga carrera de fondo entre tropiezos y miles de aprendizajes. Una labor que reta a diario y te saca de tu zona de confort.

A menudo, los anuncios, las redes sociales o el cine nos han vendido una imagen de la maternidad y paternidad que nada tiene que ver con la realidad. Acompañar, cuidar y educar a un niño es una tarea ardua repleta de contratiempos. Los progenitores actuales tienen poco tiempo para educar a sus hijos desde la reflexión y la tranquilidad. Viven precipitadamente, entrelazando tareas, con muchas dificultades para conciliar la vida personal y laboral. Esto les hace a menudo educar desde la impaciencia, solucionando los obstáculos que les surgen a diario con prisa, intentando buscar soluciones rápidas sin pensar demasiado si son coherentes o no. Qué fácil es cuando todo va bien y los hijos cumplen las normas, se muestran cariñosos y responsables con sus tareas. Pero cuando tienen rabietas o se saltan los límites la cosa se complica enormemente.

Aunque resulte complicado, los progenitores deberían poder vivir la maternidad o paternidad desde un prisma mucho más positivo. Como un camino repleto de primeras veces, donde los objetivos se logran a largo plazo con grandes dosis de serenidad y confianza. Eliminando los miedos y el sentimiento de culpabilidad que, a menudo, les acompañan. Un trayecto en el que no existen atajos o fórmulas mágicas que les aseguren el éxito, pero sí ingredientes que combinados en la medida justa pueden facilitar mucho la tarea de educar.

Los niños no precisan tener padres perfectos porque ellos tampoco lo son. Los progenitores lo hacen lo mejor que pueden o saben en cada momento, con base en sus creencias, valores y experiencias. Lo que un menor sí necesita es sentir que sus padres le observan con cariño, se preocupan por él y le quieren tal y como es sin excusas ni condiciones. Que le educan y le acompañan desde la conexión y el ejemplo sin tener que recurrir siempre al enfado, el grito o la amenaza. Que conectan con sus necesidades sin cuestionar sus emociones, intentan dar respuesta a sus necesidades y le ponen límites que le protegen. Porque lo más importante a la hora de educar a los hijos es estar presente y disponible en su vida, acompañándoles con empatía y compartiendo sus retos. Ofreciéndoles el tiempo y el apego que necesitan para aprender sin temor a equivocarse.

Para poder disfrutar de la maternidad y paternidad los progenitores no deberían olvidar cuatro cosas básicas:

Que hay muchas maneras de sentir y llevar a cabo el oficio de educar y un millón de fórmulas diferentes de ser una buena madre o un buen padre. Cada persona debe encontrar el estilo educativo con el que se siente más identificado y seguro, asegurándose siempre que se basa en el amor incondicional, el afecto y el respeto.

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divendres, 17 de març del 2023

dimecres, 1 de març del 2023

CINCO CLAVES PARA MEJORAR LA RELACIÓN CON NUESTROS HIJOS ADOLESCENTES

La adolescencia es una etapa maravillosa a la vez que convulsa, repleta de retos y cambios para padres e hijos. Para nuestros adolescentes, supone abandonar la etapa de la infancia, llena de privilegios y pocas responsabilidades,para ir acercándose a la vida adulta. 

Una etapa de transformación y reafirmación personal que les hace actuar de una forma desajustada, impredecible y desmedida y les hace vivir entre extremos. Unos años de sana desobediencia, de numerosos aprendizajes, de búsqueda de nuevos límites y retos.

Las familias tendremos que aceptar que nuestros hijos transitan por una etapa en la que nos van a necesitar de forma muy diferente y nos van exigir esa libertad que tanto necesitan para empezar a volar del nido. Han crecido casi sin darnos cuenta y eso nos provoca mucho vértigo.

Educar a un adolescente es una tarea ardua, repleta de contratiempos y desafíos. Un período educativo complicado que a las familias a menudo nos cuesta mucho entender y manejar. Donde parece que la calma en casa sea casi una misión imposible y las disputas y los tira y afloja con nuestros hijos se entrelazan sin parar. Discusiones que nos llenan de culpabilidad, de preocupación e impotencia.

No es fácil comprender por qué nuestros hijos adolescentes en ocasiones se muestran tan irreverentes, irascibles y les cuesta tanto escuchar nuestras opiniones. Entender los comportamientos desmesurados, los arrebatos de agresividad o ira y el poco interés que muestran por aquello que les toca hacer.

Es muy complejo acompañar a alguien que muestra tantas dificultades para hacer frente a la frustración, reconocer sus errores y mostrarse reflexivo. Que reclama su espacio y libertad con mucha insolencia e indiferencia. Aceptar que su grupo de amigos es ahora su fuente de seguridad, comprensión y apoyo.

Si queremos conseguir que la relación con nuestros hijos adolescentes esté basada en el respeto y la empatía vamos a precisar toneladas de paciencia y comprensión. Conocer la metamorfosis de cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales por los que están transitando y que tanta indecisión les genera.

Es en esta etapa tan complicada cuando nuestros hijos e hijas necesitan que les mostremos nuestra mejor versión. Que sigamos siendo sus guías, el pilar donde apoyarse, el refugio donde acudir cuando sientan que todo cambia y se tambalea.

Nuestros adolescentes necesitan que les ayudemos a descifrar el torbellino de sentimientos que sienten, que les digamos a diario que seguimos estando a su lado sin condición, que les acompañemos y se sientan protegidos. Potenciando un lenguaje positivo y utilizando una mirada llena de reconocimiento y amor.

A su lado, necesitan adultos, pacientes que entiendan lo que les sucede, que atiendan sus necesidades, que los escuchen sin cuestionarlos. Que acompañen con cariño sus alegrías y los momentos más ansiosos, tristes o llenos de incertidumbre. Que les sostengan cuando se sientan vulnerables o desbordados, que les dejen ser tal y como ellos desean mostrarse y les ayuden a construir un buen autoconcepto.

Que sea una etapa tan agitada no significa que también pueda ser maravillosa. Para nuestros hijos es un período lleno de nuevas oportunidades, de primeras veces, de descubrimientos estimulantes y emociones muy intensas. Para nosotros el momento de seguir fortaleciendo nuestro vínculo compartiendo sus retos e ilusones.

¿Cómo podemos mejorar la relación con nuestros hijos adolescentes?

1. Estando presentes y disponibles, ofreciéndoles el tiempo y la atención que necesitan. Haciéndoles sentir queridos, valorados y apoyados. Estrechando nuevos vínculos adaptados a su edad para demostrarles nuestra confianza y amor incondicional.

2. Consensuando normas, flexibilizando límites, estableciendo consecuencias naturales y lógicas. Buscando el equilibrio entre la permisividad y la sobreprotección con mucha confianza y dejándoles caer.

3. Mirando la etapa desde un enfoque positivo basando nuestra relación en el sentido común y el del humor. Entendiendo que la adolescencia es un período de desarrollo crucial y necesario para llegar a la adultez, una etapa repleta de cambios y fluctuaciones que debemos entender.

4. Escuchando, entendiendo y validando todas las emociones por las que transitan nuestros hijos y que tantas dificultadas muestran para modular correctamente. Ayudándoles a ponerles nombres y a gestionarlas para que no dañen su autoestima.

5. Hablando con ganas de entendernos sin interrogaciones, juicios de valor, etiquetas o comparaciones que tanto dañan las relaciones. Mostrando nuestra empatía ante las inseguridades y miedos. Permitiéndoles que descubran el mundo a su manera, respetando sus gustos, ritmos de aprendizaje, deseos e intimidad. Dándoles el espacio que necesitan para ir creando su propia identidad.

6. Ofreciendo nuestras muestras de cariño a diario: con palabras que les alienten a soñar grande , miradas cómplices y regalándoles nuestros abrazos y besos que tanto siguen necesitando aunque no lo demuestren. Dándoles protagonismo dentro de la familia valorando sus opiniones y escuchando sus demandas.

Como decía Robert Louis Stevenson: “Quiéreme cuando menos lo merezco porque es cuando más lo necesito”, frase que resume de manera muy oportuna lo que nuestros hijos adolescentes necesitan de nosotros en esta etapa de desarrollo. Adultos que miren la adolescencia con respeto, cariño y empatía, abandonando los patrones adultistas.


divendres, 24 de febrer del 2023

Claves para solucionar conflictos con un adolescente

Déjame en paz, eres una pesada, no te soporto”. Seguramente si eres madre o padre de un adolescente, en algún momento de ira, tu hijo te ha dicho alguna frase parecida mientras se encerraba en su habitación dando un portazo.

Como bien sabes, la adolescencia es una etapa convulsa muy difícil de acompañar desde la calma y la empatía. Unos años donde tu hijo debe enfrentarse a una gran cantidad de cambios físicos, psicológicos, sociales y emocionales que le producen mucha inseguridad e irritabilidad.

Si algo caracteriza esta etapa son las discusiones que se desencadenan en casa. Broncas casi constantes que explotan cuando tu hijo no cumple las normas pactadas o no es capaz de modular correctamente sus emociones. Unas disputas en las que en ocasiones os gritáis, amenazáis o os decís cosas que hieren al otro. Conflictos desagradables que llenan a tu hijo de incomprensión e ira y a ti de culpa e impotencia.

El conflicto es inherente a la vida y es a través de él que aprendemos a lidiar con un sinfín de situaciones y a reflexionar sobre nuestras necesidades y las de las personas que nos acompañan a diario. Como adultos no podemos permitir que se nos vayan de las manos ni permitir que se llenen de respeto.

En muchas ocasiones la falta de recursos ante estas situaciones te hacen adoptar una comunicación violenta normalizando las palabras fuera de tono o las conversaciones llenas de órdenes, reproches o juicios de valor. Esta forma de relacionarte con tu adolescente le crea un gran malestar emocional y le hace sentir que no le entiendes.

Seguro que te cuesta entender por qué tu hijo paga contigo su frustración o alzándote la voz o mostrándose tan desagradable. Porque se muestra tan irreverente e irascible cuando no consigue lo que se propone y le cuesta tanto escuchar tus opiniones o sugerencias. Tu adolescente se ha convertido en un joven rebelde y desafiante pero eso no significa que ya no necesite tu cariño y comprensión.

Si algo necesita tu hijo en esta etapa es que le enseñes a controlar su ira y a hacer frente a su inseguridad con tu paciencia y comprensión. Que le ayudes a entender en mundo de los adultos y a hacer frente a las dificultades. Estos conflictos rompen vuestro vínculo y nos alejan creando una barrera de incomunicación.

Los conflictos en esta etapa se producen porque nuestros adolescentes necesitan abandonar el nido y esto implica un importante reajuste personal y familiar. Nuestros hijos e hijas buscan su reafirmación, su lugar en el mundo, su libertad para pensar, hacer o decidir qué desean hacer, para empezar a vivir con más libertad y sentir a su manera.

La comunicación debe continuar siendo uno de los pilares más importantes en nuestro acompañamiento durante esta etapa y por esta razón debemos encontrar estrategias que nos permitan crear nuevos canales de comunicación. Es esencial que nuestros adolescentes se sientan escuchados, reconocidos, y respetados.

El modo en el que hablemos a nuestros hijos será un factor clave para ayudarles a desarrollar su personalidad y una sana autoestima y para aprender la forma más idónea para relacionarse con otras personas. Los conflictos no son buenos ni malos, si conseguimos hacerles frente desde la calma, se convertirán en una magnífica oportunidad para aprender y crear conexión. El problema no reside en lo que decimos sino en la forma en la que lo hacemos.

Nuestros adolescentes necesitan sentir que estamos a su lado sin condición, que les escuchamos con mucho respeto, que existen los límites, que entendemos que para ellos no es nada fácil hacerse mayor. Que establecemos unas expectativas acertadas hacia ellos y tenemos muy en cuenta sus necesidades o opiniones.

Una comunicación afectiva y respetuosa con nuestros adolescentes nos permitirá mostrarnos empáticos y hacer sentir a nuestros hijos que pueden contar con nosotros para todo aquello que necesiten. Un modelo de comunicación no violenta nos permitirá comunicarnos con ellos desde la eficacia y la empatía respetando tanto las necesidades de nuestros hijos como las nuestras.

Una buena comunicación proporcionará a nuestros hijos un mayor bienestar emocional, mejores niveles de autoestima, un autoconcepto más ajustado y un alto desarrollo moral y social. Les permitirá desarrollar estrategias de comunicación y resolución de conflictos.

¿Cómo podemos conseguir una comunicación eficaz y respetuosa con nuestros adolescentes?

1) Hablando siempre desde el respeto y el amor incondicional. Eliminando de nuestras conversaciones los improperios, las críticas desmesuradas, los juicios de valor y comparaciones y las etiquetas que tanto dañan a nuestros hijos e hijas. Utilizando un lenguaje lleno de respeto y grandes dosis de afectividad.

2) Siendo accesibles, estando presentes y disponibles. Buscando espacios para poder hablar sin prisas y escucharles con interés para que puedan compartir con nosotros todo aquello que les gusta o les preocupa respetando la intimidad que necesitan, sus ritmos vitales y estados anímicos.

3) Dialogando con ellos con ganas de entendernos, sin interrogaciones, ironías o comparaciones. Abriendo conversaciones bidireccionales y eliminando los gritos o las palabras mal sonantes cuando haya momentos complicados. Ayudándoles a identificar y gestionar las emociones por las que transitan desde la calma y la responsabilidad.

4) Explicándoles todo lo que nos gusta de ellos, aceptándoles tal y como son. Valorando sus esfuerzos y logros, ofreciéndoles nuestra ayuda siempre que lo necesiten. Recordando los límites y escuchando sus quejas con cariño, sus propuestas y necesidades. Teniendo muy presente las características propias de la etapa.

5) Dejando que tomen sus propias decisiones y que se hagan responsables de las consecuencias de sus conductas. Estableciendo normas y límites consensuados que deben cumplir con respeto.

6) Siendo el mejor ejemplo comunicativo que puedan tener, gestionando correctamente nuestros propios conflictos, controlando nuestra ira y ofreciendo soluciones desde la calma, el amor y la comprensión.

Observemos con paciencia y cariño a nuestros adolescentes para poderles ofrecer toda la seguridad y apoyo que necesitan en esta etapa tan convulsa pero a su vez importante y necesaria.

dilluns, 13 de febrer del 2023

Cinco formas de fortalecer un vínculo seguro con tu hijo para que sea más feliz

Todos los seres humanos necesitan sentirse queridos y aceptados. Vinculados afectiva y emocionalmente a las personas con las que conviven: que les cuidan, protegen y les muestran a diario su afecto. Un apego que les proporciona bienestar y que es imprescindible para que puedan entender el mundo que les rodea y gestionar adecuadamente las emociones. Este apego se convierte en una zona segura y confortable donde las personas pueden desarrollarse con calma y confianza. Ese lugar donde se siente el amor y el apoyo, donde todas las necesidades básicas quedan cubiertas y las posibles amenazas están controladas. Un espacio cálido donde pueden ser tal y como son sin miedo a ser juzgados.

En el caso de los niños, el apego seguro es la relación que establecen desde el momento de su nacimiento con sus padres o cuidadores de referencia que les ofrecen la seguridad, comprensión y confianza que necesitan para construir una buena autoestima, aprender a relacionarse con los demás y entender un mundo que, a veces, va demasiado deprisa. Todos los niños nacen con un instinto irrefrenable de apegarse a un adulto para le ayude y atienda todo aquello que precisan.

La presencia y la ternura de las figuras parentales son imprescindibles para poder cubrir las necesidades afectivas y emocionales que tienen los pequeños. La forma de apego que reciban establecerá la forma en la que desarrollarán su personalidad, cómo serán capaces de enfrentarse al mundo y se relacionarán con el resto de personas.

Un niño no precisa saber que un adulto le quiere, sino que necesita sentirlo a diario sin ninguna condición. Que le amen, respeten y le acompañen con grandes dosis de cariño y empatía y que den respuesta a sus necesidades según el período evolutivo en el que se encuentre. Que le enseñen a regularse emocionalmente y a vincularse de manera sana con los demás. Que le ofrezcan el tiempo que necesita para aprender sin tener miedo a fallar.

No se debe creer que establecer un apego seguro generará una relación de dependencia entre padres e hijos. Si no todo lo contrario, este apego basado, en la protección y la confianza, potenciará la autonomía del niño a través de la exploración y la creatividad. Cubrir las necesidades no significa que se deba satisfacer todos sus deseos o caprichos o que pueda hacer siempre lo que le apetezca. Este apego le permitirá aprender a responsabilizarse de sus tareas, a tener iniciativa personal y a asumir las consecuencias de sus conductas y actos.

Un niño con un apego seguro habitualmente tiene mejor capacidad para aprender, mayor facilidad para adaptarse al entorno, desarrollar sus habilidades sociales y hacer frente a los problemas considerando el error como parte esencial del proceso de aprendizaje. En cambio, si un niño carece de este tipo de apego se mostrará muy dependiente del adulto, inseguro y tendrá muchas dificultades para tomar decisiones y a todo aquello que siente.

Algunas pautas que los padres puedan utilizar para generar vínculos de afecto y seguridad con sus hijos son:

- Respetar, legitimizar y acompañar desde la empatía todas las emociones que sienten sin cuestionarlas ni etiquetarlas. Enseñando a identificarlas y regularlas correctamente. Acompañando la rabia, el miedo o la frustración con empatía y grandes dosis de comprensión.

- Pasar tiempo de calidad con ellos para poder crear vínculos estables, fomentando así la comunicación asertiva y respetuosa. Mostrar interés por todo aquello que les guste, interese o preocupe compartiendo momentos de juego y tiempo libre. Estos instantes distendidos serán claves para la construcción de un apego sólido que dure en el tiempo.

- Explicitar a diario el afecto a través de los abrazos, las caricias, los besos, las cosquillas y las palabras de aliento. Sin condicionar el amor o apoyo en función de los resultados académicos que obtengan o de si el comportamiento es adecuado o no.

- Aceptar al niño tal y como es con sus virtudes y defectos, haciéndole saber que sus padres y madres le aman por lo que es y no por lo que hace o consigue. Establecer sobre él unas perspectivas adecuadas que le hagan sentir que confían en él, que le quieren sin condiciones, que le incitan a ser valiente. Mostrar una actitud abierta a escuchar, dialogar y solucionar conflictos desde el respeto.


divendres, 10 de febrer del 2023

Claves para reducir los conflictos con tu hijo adolescente

 Si hay algo que desconcierta a las familias es mirar a su hijo y apreciar que casi no lo reconocen. Sentir que ha dejado de ser aquel niño dulce y cariñoso que no paraba de explicar todo aquello que hacía en el colegio para convertirse en un joven arisco y reservado al que le tienen que sacar las palabras a cuentagotas.
 Que solo muestra interés por sus cosas y quiere estar todo el día encerrado en su habitación, absorto en sus pensamientos y conectado con sus amigos a través de las redes sociales. Un joven que va a la suya y que, en ocasiones, se muestra poco respetuoso y agradecido por todo aquello que hacen sus padres por él. Que quiere pasar la mayor parte de su tiempo con su grupo de iguales porque en él encuentra el apoyo y la comprensión que necesita.
La adolescencia es un período de desarrollo convulso, repleto de cambios que a las familias les cuesta mucho acompañar desde la calma y la empatía. Su llegada trae con ella muchos conflictos y desavenencias entre padres e hijos. El orden, las responsabilidades en el hogar, los estudios, la hora de volver a casa o las nuevas amistades son algunos de los motivos que desencadenan estas riñas. Momentos en los que la comunicación parece casi imposible y las cosas no fluyen como antes. Donde se pierden los nervios o se levanta la voz. Discusiones constantes que hacen que los progenitores sientan culpa, inseguridad o impotencia al percibir que el vínculo con su hijo está muy dañado.

Durante esta etapa el adolescente necesita sentir que sus padres saben lo complicado que en ocasiones es para él hacerse mayor. Que son conscientes que su cerebro aún no está lo suficientemente preparado para actuar y decidir desde la reflexión y aplacar los impulsos que a menudo le llevan a actuar de forma desajustada. Unos padres que validan sus emociones sin juzgarlas y le ayudan a dar respuesta a sus nuevas necesidades con su presencia y disponibilidad. 

Que le aceptan tal como es, con sus virtudes y defectos, y le enseñan con paciencia a hacer las cosas bien. Que confían en él y le dejan descubrir y diseñar con libertad su propio camino. Que le exigen para que cada día sea una mejor persona. Que le ayudan a construir desde la tranquilidad su nueva identidad.

Hay que comprender que la necesidad que tiene un adolescente de cuestionar la autoridad de sus padres es natural y necesaria, y ese será el primer paso para poder acompañar esta etapa de forma consciente y empática. En este período el adolescente necesita empezar a llevar las riendas de su vida y hacer las cosas a su manera y ritmo sin sentir que el adulto que le acompaña se pasa el día controlando, criticando sus errores o ridiculizándole porque no hace las cosas bien.
El segundo paso será entender que muchas de las conductas inapropiadas que tiene el adolescente son una manera errónea de demandar ayuda cuando se siente inseguro.

Estas son cinco claves que los padres pueden poner en práctica para disminuir el número de conflictos con su hijo adolescente:

  1. 1. Para poder acompañar la etapa con serenidad es imprescindible que los progenitores conozcan las características propias de la edad. Este conocimiento permitirá entender la forma de actuar y decidir de su hijo adolescente, comprendiendo la rebeldía e impulsividad con la que a veces procede.
  1. 2. Aceptando que ahora lo que necesita el adolescente es espacio, intimidad y libertad para poder crecer. Para experimentar y relacionarse con su entorno de forma muy distinta a la que hasta ahora lo había hecho. Una autonomía que le permitirá empezar a tomar sus propias decisiones y a asumir las consecuencias de las mismas.
  1. 3. Propiciando una comunicación basada en el respeto donde el joven pueda expresar lo que siente o necesita sin sentir miedo a ser juzgado o etiquetado. Validar sus emociones será la mejor manera de crear un vínculo sólido y afectuoso y propiciar así que tenga ganas de compartir todo aquello que le pasa o necesita.
  1. 4. Cuando el conflicto estalle, el adulto será el encargado de sofocar el incendio, no de avivar las llamas. Ofreciéndole el tiempo y espacio que necesita para calmarse, escuchando atentamente y hablando con un tono de voz adecuado, sin acusaciones y reproches. Ofreciendo soluciones creativas para solucionarlo desde el cariño y la intuición.
  1. 5. Ofreciendo el tiempo que necesitan para aprender a descifrar el mundo complejo de los adultos. Un mundo que, en ocasiones, va demasiado rápido y es excesivamente complicado y exigente con ellos.
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