Sònia

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dilluns, 30 d’agost del 2021

La importancia del autocuidado en la crianza

Todos tenemos derecho a sentir que la maternidad o la paternidad en ocasiones nos satura o estresa. Que nos pasa por encima como si fuese una locomotora sin control. Que las situaciones que se crean en ocasiones en la crianza con nuestros hijos nos desbordan, nos empequeñecen, nos generan culpa o incertidumbre. Recuerdo un día en el que al salir del trabajo necesité sentarme en un banco sola para intentar recomponerme por dentro y volver a sentir el privilegio de ser mamá. Entonces, mis niños eran muy pequeños y me sentía exhausta al llevar muchas noches sin dormir del tirón, sin tener tiempo para recargar mi energía los fines de semana o hacer actividades que me gustasen. Tenía sentimientos muy opuestos e incluso sentía la añoranza de mi vida anterior.

Somos poco conscientes que vivimos siempre entrelazando tareas, sintiendo el vértigo de que todo va demasiado deprisa, teniendo siempre trabajos pendientes por hacer. No tenemos tiempo para mirar a la vida con pausa y consciencia. El cansancio, el agobio, el agotamiento y la desmotivación nos acompañan a diario en nuestra crianza. Mostramos muchas dificultades para educar desde la tranquilidad, el respeto y la empatía. Para observar como nuestros hijos aprenden, crecen y deciden como quieren leer la vida. Para disfrutar de los pequeños detalles que nos regala a diario nuestro acompañamiento, para achucharles y susurrarles al oído que son lo mejor que tenemos.

En la parentalidad, el estrés, el sentimiento de llegar siempre tarde a todo, nos hace que pasemos largas temporadas de mal humor, que mostremos muchas dificultades para modular nuestras propias emociones, que seamos incapaces de leer correctamente qué sentimientos esconden el a veces desafiante comportamiento de nuestros hijos. Querer, acompañar desde la calma se hace mucho más complicado cuando uno no está bien, cuando eres incapaz de mirar a tus hijos con dulzura, sobrepasado por la vorágine del día al día. Ese momento en el que las rabietas, las peleas contantes entre ellos o la falta de compromiso para asumir sus responsabilidades te sacan de tus casillas y hacen que muestres tu peor versión.

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Diez claves para educar a nuestros hijos en la cultura del esfuerzo

Si algo recuerdo de mi abuela materna era las veces que me repetía que en esta vida iba a tener que esforzarme mucho si quería conseguir todo aquello que me propusiese. Me explicaba con nostalgia como ella sola había trabajado muy duro para sacar adelante a sus siete hijos, como gracias a su tesón y esfuerzo habían logrado sobrevivir. Ahora vivimos en el otro extremo, en una sociedad con poca cultura del esfuerzo, donde el sacrificio es casi inexistente y se ha instaurado la falsa idea que nuestras metas se pueden conseguir sin esfuerzo. Nos hemos acostumbrado a que un solo clic nos acerca a casi todo lo que deseamos. Todo parece que sea fácil, asequible, inmediato, que pueda comprarse o conseguirse con facilidad. La recompensa rápida y fácil está muy presente y buscada.

Nos han hecho creer que podemos aprender idiomas, estar en perfecta forma física o conseguir mucha popularidad con muy poco trabajo y sacrificio. Las redes sociales nos acercan a un falso éxito, ese que se confunde con tener muchos likes o seguidores. Nos venden que podemos ser felices confiando únicamente en la suerte o el trabajo de terceros. En ocasiones los padres sufrimos cuando nuestros hijos se esfuerzan y no consiguen lo que se proponen. Sentimos la tentación de allanarles el camino, de resolverles los problemas, de sobreprotegerles para que no se frustren o se equivoquen. Evitamos el sufrimiento momentáneo y satisfacemos rápidamente las necesidades o caprichos para que no se enfaden o se pongan tristes.

Pero es precisamente este esfuerzo el que hace falta que eduquemos, porque necesitarán cultivarlo a lo largo de toda su vida y sin él no podrán ser realmente felices. Nuestros hijos necesitan que les expliquemos que el esfuerzo es el medio por el cual lograrán conseguir muchos de sus objetivos.

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dimecres, 28 de juliol del 2021

Cómo ayudar en las discusiones entre hermanos y hermanas

Si algo recuerdo de mi infancia eran las constantes peleas que tenía con mis hermanas. Cualquier excusa era buena para discutir o para batallar. La cantidad de comida que teníamos en el plato, querer siempre el juguete que la otra poseía en esos momentos o elegir el programa que queríamos ver en la televisión.

En determinadas etapas de nuestra infancia la rivalidad y las disputas eran casi constantes. Pequeñas rencillas que llenaban nuestro hogar de mal humor, gritos, reproches y malestar. Que agotaban y acababan con la paciencia de mis padres.

La mayoría de estos conflictos eran insignificantes y estaban promovidos por los celos que sentíamos en ocasiones las unas de las otras o la necesidad de llamar la atención de mamá o papá. A veces peleábamos tanto que olvidábamos el motivo que nos había llevado a empezar.

También recuerdo que, pese a esas riñas, mis hermanas se convirtieron para mí en mis grandes confidentes, mis compañeras incansables de aventuras, mis grandes cómplices para toda mi vida.

Las peleas entre hermanos son necesarias para el proceso socializador de nuestros hijos. Favorecen el crecimiento personal, social y emocional de nuestros pequeños y son totalmente naturales y normales. Potencian la creatividad y la capacidad de liderar y tomar decisiones.

Los conflictos se producen por la necesidad de nuestros hijos de delimitar su espacio, de mostrar sus gustos y preferencias, de desarrollar sus propios recursos. La dificultad de modular correctamente las emociones o control de la impulsividad hace que la convivencia entre hermanos, en ocasiones, se haga muy complicada.

Las peleas son una gran fuente de aprendizaje que facilitan el desarrollo de las habilidades comunicativas, la practica de la negociación, el autocontrol y la autonomía en la búsqueda de soluciones. Se convierten en magníficas oportunidades de expresar todo aquello que sienten y de aprender a solucionar de forma autónoma los conflictos

En el conflicto siempre hay crecimiento, sin él no podríamos evolucionar, tomar conciencia de todo aquello que nos pasa, conocernos y entender el comportamiento o las ideas de los demás.

Peleando o discutiendo nuestros hijos aprenden a dialogar, ceder y ejercitar habilidades tan importantes como la empatía, la escucha activa y la tolerancia a la frustración. A reconocer los límites y las normas, a pedir disculpas y hacer frente al error.

Nuestros hijos e hijas, a través de las discusiones comparten sus necesidades,  anhelos y miedos, expresan su rabia, modifican conductas y exponen sus puntos de vista sobre lo que piensan o sucede a su alrededor. Aprenden a tener en cuenta los sentimientos del otro y los efectos de su comportamiento sobre él.

Los conflictos entre hermanos son muy comunes en los hogares, especialmente cuando pasamos mucho tiempo juntos en vacaciones. La falta de rutinas, el aburrimiento o el cansancio facilitan que aparezcan los conflictos.

Las peleas son una de las preocupaciones más comunes entre las familias ya que acaban con la paciencia y la capacidad de escucha. En muchas ocasiones,  mostramos muchas dificultades para mantener la calma ante ellas, para acompañar desde la neutralidad e intervenir de forma correcta.

Debemos aprender a desdramatizar cuando se produzcan, intervenir únicamente cuando sea imprescindible, acompañar desde la tranquilidad y la comprensión.

  1. Explicándoles que las peleas no se resuelven utilizando la violencia física, los insultos, los reproches o los gritos. Convirtiéndonos en el mejor ejemplo comunicativo y de resolución de conflictos que puedan tener. Nuestra actitud de serenidad ante ellas determinará la forma en la que nuestros hijos solucionarán sus desavenencias.
  2. Siendo muy conscientes que las peleas entre hermanos son normales, instructivas y muy necesarias en el desarrollo psicosocial de nuestros hijos. Que nuestros hijos se peleen no significa que no se quieran o tengan un mal vínculo afectivo. Eduquémosles en valores tan importantes como el respeto, la bondad y el agradecimiento.
  3. Ayudándoles a identificar, compartir y gestionar las emociones que aparecen en los conflictos, validándoles la ira, la tristeza o el enfado. Ofreciéndoles el tiempo y el espacio necesario para que puedan encontrar ellos mismos la solución. Enseñándoles a hacer un uso adecuado del lenguaje y el diálogo para resolver las diferencias y disconformidades.
  4. Siendo equitativos con nuestro cariño y atención ante ellos. Evitando las comparaciones, las etiquetas que dañan la autoestima y condicionan la conducta, las interrogaciones o la búsqueda de culpables. Las asambleas familiares y los ratos exclusivos con cada hijo ayudarán a  conseguir que nuestro hogar no sea un terreno tan fértil para las disputas.
  5. Evitando discutir con nuestra pareja delante de nuestros hijos. Que lo hagamos produce en nuestros pequeños inseguridad, miedo, preocupación y enfado.
  6. Interviniendo lo mínimo en los conflictos para evitar favoritismos. Evitando aumentar la rivalidad entre nuestros hijos y convertirnos en jueces. Sólo intervendremos en una pelea si se están utilizando palabras despectivas o existe alguna agresión física.
  7. Ante el conflicto, el adulto debe mostrarse objetivo y no mediar. Observar sin intervenir evitará que alcemos la voz, que perdamos la imparcialidad, que caigamos en la tentación de defender al que consideramos más débil o que le exijamos sólo la responsabilidad al mayor.
  8. Utilizando la técnica del  “método consciente” que permite encontrar una solución al problema que satisfaga a todos sin buscar culpables. Cada persona implicada en el conflicto debe poder expresar con libertad su punto de vista, proponer posibles soluciones que satisfagan a ambas partes y llegar así a poder cerrar la desavenencia.

Deberemos confiar siempre en la capacidad que tienen nuestros hijos de llegar a un acuerdo de forma autónoma ante una pelea. Cada conflicto les ayudará a desarrollar el autoconocimiento, la inteligencia social y les empoderará. Enseñemos a nuestros hijos a gastar sus energías resolviendo problemas y no creando conflictos.

Como decía Theodor Jaspers: “Los problemas y conflictos pueden ser la fuente de una derrota, una limitación para nuestra potencialidad pero también pueden dar lugar a una mayor comprensión de la vida y el nacimiento de una unidad más fuerte en el tiempo”.

Cómo ayudar en las discusiones entre hermanos y hermanas

Colaboración con el Club de Malasmadres: https://clubdemalasmadres.com/ayudar-discusiones-entre-hermanos/

dissabte, 17 de juliol del 2021

ROMPIENDOS SEIS MITOS SOBRE LA DISCIPLINA POSITIVA

Recuerdo el día en el que me dijeron que estaba embarazada, una mezcla de ilusión y miedo se apoderaron de mí. Recuerdo la primera vez que se cruzaron nuestras miradas y sentí que aquel bebé había llegado para hacerme ser mucho mejor persona. A medida que mi hijo iba creciendo, me di cuenta de que la maternidad es el único oficio del mundo en el que primero te otorgan el título y luego cursas la carrera. Una carrera de fondo llena de dudas, de errores y de miles de cosas por aprender.

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dilluns, 14 de juny del 2021

EL PODER EDUCATIVO DEL QUERER

Si algo recuerdo de mi abuela es que siempre tenía tiempo para mí. Para escucharme con calma, para ayudarme en todo lo que necesitaba, para  hablarme desde su corazón. Para pasar toda la tarde cocinando, charlando o jugando conmigo sin mirar el reloj.

Para sostenerme entre sus brazos cuando las cosas se tambaleaban y explicarme, sin reproches, todo lo que no acababa de hacer bien. Para aconsejarme sin decidir por mí y achucharme muy a menudo.

Los tiempos han cambiado mucho y desgraciadamente las mamás y papás actuales tenemos poco tiempo para educar desde la serenidad. Vivimos a toda velocidad, entrelazando tareas e intentando cumplir con largas listas de cosas por hacer. Haciendo malabarismos para poder pasar con nuestros hijos tiempo de calidad, para conciliar, para no dejarnos llevar por las rutinas y el estrés.

A menudo caemos en el error de educar desde la impaciencia, utilizando los gritos, las amenazas y castigos que tanto dañan a nuestros hijos. Sin ser capaces de dominar nuestra ira, nuestras reacciones desproporcionadas, nuestro mal humor.

Mostrando muchas dificultades para encontrar el equilibrio entre la permisividad y la sobreprotección, dejándonos llevar por nuestros estados de ánimos, sintiendo a menudo culpa e impotencia.

Sin ser del todo conscientes que nuestros hijos necesitan que estemos presentes y disponibles. Que nos convirtamos en adultos significativos que cuiden y protejan, amables y firmes al mismo tiempo. Que sepamos valorar el esfuerzo y enseñemos a aceptar el error como parte imprescindible del aprendizaje.

Familias que eduquen desde la comprensión, la conexión y el amor incondicional. Validando todo aquello que sienten, siendo conscientes de sus necesidades, intereses y deseos, regalándoles un apego seguro y un acompañamiento emocional que les haga sentir únicos. Una relación basada en el respeto mutuo y la pertenencia. 

Una educación sin expectativas que ahoguen, ni juicios de valor que dañen la autoestima, ni etiquetas que coarten. Que sea capaz de hacerles sentir valiosos, queridos y especiales. Que les anime a ser valientes, a trabajar por todo aquello que se propongan, a soñar en grande.

En ocasiones educamos con pocas muestras de cariño y amor, sin ser conscientes de todos los beneficios que aporta el afecto a la hora de educar. Buscamos metodologías innovadoras que nos acerquen a un mejor rendimiento académico olvidando cuidar la emoción, el apego, las muestras de afecto.

Nos obsesionamos con que nuestros hijos aprendan muchos contenidos y procedimientos olvidando va a hacer crecer felices. Hemos llenado nuestros hogares y aulas de tecnología capaz de conectarnos e interactuar con cualquier punto del mundo pero que nos aleja estrepitosamente de las personas que tenemos justo al lado. 

Ojalá fuésemos capaces de poner de moda la pedagogía del QUERER. La más sencilla de todas, basada en la afectividad y el cariño a doquier. Cargada de tiempo, de ternura y arrumacos. Donde los abrazos, los besos, las miradas, los silencios compartidos y las palabras que empoderan tienen un gran poder.El amor es el mejor aliado para el desarrollo cerebral y social.

El lenguaje de las emociones que habla desde el interior, ese que explica todo lo que nos corre por dentro, que nos permite conocernos y aceptarnos. Ese idioma que protege, que crea vínculos, que espanta el miedo. Que regala oportunidades, motiva y que nos ayuda a querernos. Que construye puentes, que cura heridas y acerca posturas.

Creo que en la educación FALTAN abrazos que arropen, miradas que contagien esperanza, besos que acaricien el alma. Muestras de amor que creen compromisos, que  faciliten la comunicación afectiva, que ayuden a vivir en el aquí y el ahora. Gestos que diseñen caminos, que enseñen a entender el mundo que nos rodea, que empoderen.

EDUQUEMOS con BESOS que den las gracias o pidan perdón. Que sanen, hagan más fácil las despedidas o disipen la desilusión. Que regalen consuelo, cicatricen heridas y acaricien las penas con suavidad. Que recuerden a diario a nuestros pequeños que estamos a su lado de forma incondicional, que nos gustan tal y como son.

EDUQUEMOS con ABRAZOS que se amolden a todos los cuerpos, que acompañen silencios, que inyecten energía. Que rescaten esperanza, ahuyenten al pánico y alivien el sufrimiento. Que transmitan calma y reinicien por dentro. Abrazos que carguen de optimismo y respeten ritmos para aprender.

EDUQUEMOS con MIRADAS que provoquen ternura, roben sonrisas y ericen la piel. Que entiendan los tropiezos y  animen a asumir nuevos retos. Miradas cómplices que ayuden a tomar decisiones o aclaren sentimientos. Que estrechen lazos, que perdonen las salidas de tono, que apaciguan la rabia o el dolor.

EDUQUEMOS con PALABRAS que espanten fantasmas, que acerquen distancias, que nos hagan poderosos. Exentas de reproches, de etiquetas, de por qués. Palabras llenas de energía, de soluciones, de refugio, que potencien la autonomía y la responsabilidad.

Está demostrado clínicamente que las caricias, el contacto corporal próximo y cálido, los susurros y los halagos convierten a nuestros hijos en personas resilientes y afortunadas. Un niño con un desarrollo afectivo y emocional adecuado será una persona segura, empática y feliz. Tendrá una mayor capacidad de autocontrol y tolerancia a la frustración.

Como decía Françoise Sagan: “Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender”.

Artículo escrito en el País: El poder educativo del querer

dijous, 3 de juny del 2021

HIJO, ABÚRRETE MUCHO

¡Mamá, me aburroooo!,

¡Papá, me aburroooo muchoo!,

¡Me aburro, me aburro, me aburro!…

¿Y ahora qué hacemos? ¿Juegas conmigo? ¿Hoy no salimos?

Vivimos en una sociedad sobre estimulada, donde se impone la hiperactividad. Obsesionada por el hacer continuo y el alcanzar. Donde todo pasa demasiado de prisa y no hay tiempo para reflexionar, valorar o reconocer todo lo bueno que nos sucede, lo mucho que tenemos, lo que realmente necesitamos o deseamos.

Donde es muy difícil encontrar momentos para vivir sin prisa, para disfrutar de no hacer nada, para mirar el futuro desde la calma. Encadenamos actividades y  tareas sin ser conscientes de ello, pasamos los días entre estímulos que nos entretienen, entre dispositivos eléctricos que nos tienen interconectados las veinticuatro horas del día.

Hemos impuesto a nuestros hijos nuestro ritmo frenético de vida. Les hemos acostumbrado a estar siempre ocupados haciendo alguna actividad. Cada pequeño momento libre tiene que ser optimizado, programado y orientado hacia un objetivo a conseguir.

Después de las largas jornadas escolares, muchos de nuestros hijos y jóvenes siguen trabajando en sus clases de idiomas, música, manualidades, cocina o danza. Sin duda las actividades extraescolares les ayudan a aprender y adquirir nuevas habilidades y competencias, pero un exceso de ellas puede repercutir negativamente en su desarrollo. Los niños que crecen entre demasiada exigencia u obligaciones acaban sintiéndose estresados, saturados e infelices.

Vivimos que nuestros hijos se aburran como un fracaso personal. Nos asusta que pierdan el tiempo, que se sientan tristes, que se muestren desanimados o muestren poco interés por algunas cosas. Mantenemos la falsa creencia que quien hace más cosas tendrá mucho más éxito en la vida.

Intentamos mantenerles siempre “distraídos”, les damos pocas oportunidades para pensar y procesar por ellos mismos. Sentir la frase de “papá o mamá me aburro” nos hace sentir nerviosismo, culpabilidad o inquietud.

El aburrimiento es una emoción muy importante que no solemos permitir ni cultivar. Un sentimiento imprescindible para el desarrollo personal que está muy relacionado con la capacidad de espera, la autonomía personal, la autoestima y la tolerancia a la frustración.

El aburrimiento es muy positivo para nuestro cerebro, nuestra mente, nuestras emociones y nuestro ser. Una emoción indispensable para poder conectar con nuestro interior, con nuestras emociones, recelos o deseos. Para ser conscientes de todo aquello que pasa a nuestro dentro de nosotros y a nuestro alrededor.

El tiempo para no hacer nada es pedagógicamente esencial. Enseñar a nuestros hijos a tolerar el aburrimiento y a no buscar la diversión constante les prepara para un futuro más realista, les enseña que la vida no es un festival de  constante.

Frenar la espiral de hiperestimulación al que están sometidos pasa por hacerles descubrir los placeres simples de la vida, por enseñarles a priorizar la calidad a la cantidad, por educarles en el aquí y el ahora. Romper con las actividades dirigidas y las obligaciones les regalará la oportunidad de descubrir nuevas vías de aprendizaje, de investigar fórmulas para pasarlo bien.

Cuando nuestros hijos se aburren conectan con su esencia, su propia creatividad, exploran e imaginan. El aburrimiento dispara la imaginación, les regala la oportunidad de buscar soluciones por si mismos, para crear desde la reflexión y el entusiasmo.

El aburrimiento es un conflicto que potencia la autosuficiencia, el pensamiento crítico y el espíritu autónomo. Fomenta la meditación, la reflexión y el altruismo. Nos obsequia tiempo para decidir desde la calma, para descubrir los propios intereses y necesidades.

La monotonía regala a la mente la posibilidad de oxigenarse, de volar y fluir, de soñar y construir. Crea un escenario perfecto para aprender a vivir de forma más relajada facilitando la concentración, la observación y la paciencia.

 

Los niños y jóvenes que aprenden a hacer frente al aburrimiento acaban siendo habitualmente más tolerantes, felices y posen un mejor autoconocimiento y autorregulación. Se muestran mucho más flexibles y son capaces de gestionar mucho mejor el tiempo.

Un tiempo libre sin tareas o actividades permite a nuestros hijos escucharse sin prisas, conocerse con tranquilidad, construir su propia identidad.

¿Cómo podemos ayudarles a gestionar el aburrimiento?

- Legitimando el aburrimiento desde la empatía y el respeto. Explicándoles que estos momentos forman parte de la vida y que hay que aprender a vivirlos como una oportunidad.

- Haciéndoles ver el lado positivo del aburrimiento, entendido como un tiempo “sin obligaciones” convirtiéndose en una magnífica ocasión para hacer lo que realmente les apetece.

- Validándoles que no hagan nada, que decidan como quieren invertir sus espacios de ocio, dejándoles libertad para crear.

- Motivándoles a hacer una “lluvia de ideas” de las posibles actividades que pueden hacer donde sean ellos los que lleven en todo momento la iniciativa. Mostrándoles nuestra confianza de que serán capaces de encontrar algo interesante por hacer.

- Ofreciéndoles papel y lápiz para que puedan dar rienda suelta a su creatividad, escribiendo y dibujando divertidas historias.

- Animándoles a descubrir espacios en la naturaleza donde puedan crear cabañas, observar la fauna y flora, correr o escalar.

- Potenciándoles la lectura como una opción divertida de ocio, acercándoles a las bibliotecas y las librerías del pueblo o la ciudad.

- Facilitándoles materiales y utensilios sencillos para crear “cosas”: cajas, pinturas y pinceles, un gran trozo de papel en blanco, materiales de modelar, revistas, botellas de plástico…

Bernad Rusell afirmaba que “Una generación que no soporta el aburrimiento, es una generación de escaso valor”. Dejemos que nuestros hijos se aburran de forma moderada para obtener un bienestar emocional y mental que les permita imaginar y crear sin medida, para que disfruten del no hacer nada, para que aprendan que al aburrimiento se le mata a base de la imaginación y el interés por hacer cosas que la mente aun no puede visualizar.

dilluns, 17 de maig del 2021

¿CÓMO SE EDUCA A UN ADOLESCENTE?

Le miras y te cuesta aceptar que haya crecido tanto y tan rápido. Recuerdas cuando de pequeño deseabas que creciese rápido para poder descansar. Ahora te gustaría parar el tiempo para volver a tenerlo en tus brazos como cuando era un bebé.

Echas de menos que te pida que juegues con él, que le ayudes con las tareas escolares, que te necesite para hacer las cosas. Que quiera hacer planes contigo o le apetezca pasar el tiempo libre juntos.

Qué difícil es sentir que te quiera y te necesite de forma distinta, hacer frente a sus salidas de tono, su rebeldía, sus malas contestaciones. Aceptar que su grupo de amigos ahora sea su cobijo, que quiera hacer las cosas a su manera, que piense de forma tan diferente a ti.

Aquel chico cariñoso y comunicativo al que le gustaba explicarte todo lo que había aprendido en el colegio ahora se muestra en muchas ocasiones irascible y reservado y pasa muchas horas encerrado en su habitación escuchando música, viendo series o absorto con su móvil.

Un volcán en erupción que explota sin una razón aparente, que muestra dificultades para gestionar la frustración y piensa que el mundo conspira contra él. Que explora constantemente nuevos límites, que intenta saltarse normas porque muchas de ellas no las entiende y que siente que el mundo gira en contra de él.

Un joven al que le cuesta mucho aceptar sus errores, que está inmerso en un caos de cambios y vive en una vorágine de dudas y contradicciones. Con variaciones de humor constantes, con poca capacidad para la autocrítica, que vive entre la euforia y el catastrofismo absoluto.

Una época de sana desobediencia, de numerosos aprendizajes, de búsqueda de nuevos límites. De vulnerabilidad y fuerza a igual medida, de impulsividad y egocentrismo en estado puro.

Una etapa centrada en la construcción de una nueva identidad, de la búsqueda de un “nuevo yo”.

La adolescencia en sin duda la etapa educativa más difícil de acompañar. Una tarea ardua, repleta de retos diarios, de estrategias por aprender. En la que los conflictos se entrelazan sin saber muy bien por qué y los tiempos de calma se echan a faltar. Discusiones que nos llenan de culpabilidad, de preocupación e impotencia.

No es nada fácil entender porque nuestros hijos adolescentes, en ocasiones se muestran tan inestables o irreverentes. Aceptar que necesiten volar fuera del nido, que quieran llevar las riendas de su vida y decidir cómo quiere moverse por el mundo.

No es nada fácil acompañar desde la tranquilidad a alguien que a veces no muestra interés por aquello que le decimos, que parece que busque el conflicto constantemente, que vive entre extremos.

Como decía Robert Louis Stevenson en boca de su personaje el Dr. Henry Jekyll, “Quiéreme cuando menos lo merezco porque es cuando más lo necesito”, frase que resume de manera muy oportuna lo que nuestros hijos adolescentes necesitan de nosotros en esta etapa.

Adultos que miren la adolescencia con respeto, cariño y empatía, abandonando los patrones adultistas. Que no repitan constantemente las cosas, que estén de buen humor y tengan mucho sentido común. Que confíen en ellos, que entiendan que es una etapa de provisionalidades, avances y retrocesos, de descubrimientos continuos no siempre fácil de gestionar.

Mamás y papás que les acompañen sin condición aunque haya días que resulte muy complejo, que eduquen con firmeza y amabilidad en la responsabilidad y el esfuerzo. Que les ofrezcan seguridad y calidez. Que entiendan la fragilidad y vulnerabilidad por la que están pasando y les ayuden a poner orden al caos que en ocasiones les invade.

¿Cómo se educa a un ADOLESCENTE?

1.    Conociendo las características propias de la etapa educativa. Conocer la metamorfosis de cambios (físicos, psicológicos y sociales) por los que nuestros hijos están pasando nos permitirá entender sus comportamientos para poder ofrecerlos la ayuda que necesitan.

2.  Con grandes dosis de comprensión, paciencia y confianza. Ofreciéndoles tiempo para aprender y oportunidades para errar sin sentirse cuestionados.

3.    Haciéndoles sentir que conectamos con lo que sienten y necesitan. Mostrando interés por sus preocupaciones, inquietudes, dando importancia a sus preocupaciones o deseos.

4. Acompañándoles desde la calma y el respeto mutuo. Hablándoles con ganas de entendernos, eliminando los gritos y sermones, las etiquetas, los reproches o los mensajes contradictorios que tanto dañan el vínculo.

5.    Ayudándoles a construir una autoestima y autoconcepto sólido, enseñándoles a mirarse al espejo con respeto y sin miedo. Resaltando todas las virtudes que poseen e incitándoles a aceptarse tal y como son, valorando sus fortalezas y buscando respuesta a sus dificultades.

6.   Aceptando que los conflictos en esta etapa son inevitables, que hay que aprender a seleccionarlos y a buscar las soluciones desde el análisis profundo, el cariño y la empatía.

7.    Entendiendo que su grupo de amigos es ahora su fuente de seguridad, comprensión y apoyo. Amigos que necesita tenerlos siempre cerca para poder crear su nueva identidad y definir sus propios valores.

8.    Utilizando una comunicación no violenta, un lenguaje lleno de respeto y grandes dosis de afectividad. Practicando la escucha activa, eliminando los gritos o acusaciones, abriendo canales de comunicación diariamente buscando los momentos más oportunos.

9.   Enseñándoles a reconocer, analizar y gestionar las emociones, ayudándoles a modularlas y a darles respuesta, validando todo aquello que sienten.

1.   Consensuando normas, flexibilizando límites, estableciendo consecuencias naturales y lógicas. Buscando el equilibrio entre la permisividad y la sobreprotección.

La adolescencia es sin duda la etapa educativa en la que nuestros hijos necesitan de nosotros “nuestra mejor versión” transmitiéndoles que les queremos sin límites o condiciones. Que nos mostremos serenos, disponibles, que busquemos espacios para compartir temores y confidencias, que entendamos que muchas de sus conductas están asociadas a sus emociones poco moduladas.