Sònia

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divendres, 10 de febrer del 2023

Estos son los propósitos de 2023 que todo padre desea para sus hijos

Hoy se inicia un año nuevo repleto de buenas intenciones y muchos retos por cumplir. Con la lista de propósitos ya preparada y 365 días por delante para que se puedan conseguir. Estos serían: mejorar los hábitos para que sean más saludables, pasar más tiempo de calidad con las personas queridas y aprender nuevas cosas que alimenten el intelecto y la ilusión y que, seguramente, aparecen en la mayoría de listas de deseos para 2023.

Este domingo 1 de enero, padres e hijos se despiertan embriagados por la ilusión de olvidar todo lo malo que trajo el año pasado. Doce meses en el que se padecieron los últimos coletazos de la covid-19 que condicionó durante demasiado tiempo la forma de relacionarse, en los que se aprendió a convivir con este virus de una forma más tranquila y cesaron los confinamientos que tanto hicieron sufrir a muchos.

Un 2022 convulso que ha castigado duramente la economía con la subida estrepitosa del precio de los alimentos, de la electricidad y del gas. En el que se inició también la terrible invasión de Rusia en Ucrania y que aún no ha finalizado. Además, todavía millones de personas en el mundo siguieron sufriendo pobreza extrema y viviendo en condiciones infrahumanas. Aunque también pasaron cosas maravillosas durante estos meses: como los avances científicos en la cura de la diabetes, el cáncer y el diagnóstico del alzhéimer o las muestras de solidaridad en todo el planeta con los pueblos que más sufren.

Yo este año he decidido ponerme pocos propósitos para centrar toda mi energía en conseguirlos. Con el paso de los años, he aprendido que si elaboro una larga lista de objetivos termino no cumpliéndolos porque me acaban invadiendo las postergas o las excusas. Para 2023, he elegido pocos pero muy importantes: todos ellos centrados en mi autocuidado y en la educación de mis hijos.

En mi opinión, cada inicio de año los padres y madres deberían animar a los niños y adolescentes a establecer su propia lista de propósitos. Una lista de pequeños objetivos que quieran alcanzar durante los próximos meses. Escribirlos, además, junto a ellos hará que se comprometan más fácilmente y muestren ilusión por conseguirlos. Los adultos deberían ayudarles a buscar objetivos concretos y realistas tanto a nivel propio como familiar. 

Estableciendo muy detalladamente con ellos los pasos necesarios que deberán seguir para poderlos lograr. Explicándoles que para conseguirlos tendrán que centrar toda su atención en el proceso y no únicamente en el resultado. Siendo muy conscientes que a lo largo del camino se encontrarán algunas dificultades y deberán ser persistentes y trabajar duro.

El hacerlo por escrito ayudará a niños y adolescentes a evaluar todo aquello que ya hacen bien y los aspectos que necesitan mejorar. Les posibilitará fortalecer la disciplina y la voluntad, potenciará su autoestima y autonomía personal, su capacidad para resolver contratiempos y les enseñará que los tropiezos son imprescindibles para aprender. 

Los propósitos educativos que los padres les deberían marcar deben centrarse en su crecimiento personal. Un desarrollo que nada tiene que ver con que sean populares, obtengan siempre excelentes notas y destaquen sobre los demás. Si no que fomenten una estabilidad y progreso basado en que aprendan a esforzarse por lo que de verdad desean, a cuidar y respetar a los que les quieren, a mostrarse generosos, agradecidos y colaboradores con los que lo necesitan.

La experiencia como madre y docente me ha enseñado que los objetivos más importantes que deberíamos marcarnos en la educación deberían ser:

  1. 1. Que sean niños y jóvenes libres y con autonomía. Con un pensamiento crítico que les permita pensar y decidir sin sentirse condicionados por lo que puedan pensar u opinar los demás.
  2. 2. Que aprendan a ser dueños de sus vidas, que luchen por cada uno de sus sueños y no los dejen en manos de la suerte o del destino. Que estén dispuestos a esforzarse todo lo que haga falta sin poner excusas, siendo conscientes que en ocasiones la vida será injusta. Que aprendan a pedir ayuda sin vergüenza.
  3. 3. Que sepan amar a los demás aunque sean muy distintos a ellos. A mostrarse respetuosos ante la diferencia de edad, género, religión e ideología. Sin juzgar el camino que deciden elegir los otros y mostrando interés por conocer formas de vivir y pensar diferentes a las suyas.
  4. 4. Que encuentren aquellas cosas que le llenen la vida de ilusión a través de la música, la ciencia, la literatura o el deporte. Que no se cansen nunca de aprender, de investigar, de preguntar las dudas, de mejorar un poco a diario. De conocer a gente nueva o viajar descubriendo lugares maravillosos.
  5. Seguir leyendo en : https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2023-01-01/estos-son-los-propositos-de-2023-que-todo-padre-desea-para-sus-hijos.html

dimecres, 14 de desembre del 2022

CEU TALKS. Cómo acompañar la adolescencia

 La adolescencia es la etapa que nuestros hijos e hija necesitan de nuestra mejor versión. Que les acompañemos con empatía y muchas dosis de amor.

De esta etapa hablamos en CEU TALKS: 

Vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=8Szr-WCL5JU

Vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=ahYrrRtKJNk

Instagram: https://www.instagram.com/p/CjzohjTDKnz/

 Facebook: https://www.facebook.com/fundacionceu/videos/ceu-talks-convivir-con-adolescentes-con-sonia-l%C3%B3pez/454971200058795/



Cinco claves para que los adolescentes toleren mejor la frustración

Si algo recuerdo de mi adolescencia es la dificultad que tenía para hacer frente a la frustración y digerir correctamente mis tropiezos. Cuando no alcanzaba lo que pretendía surgía en mí la aflicción, el enfado o el impulso de abandonar aquello que me había propuesto. Podía pasarme días en bucle, enfadada con el mundo y con los que me rodeaban, intentando dominar mi ira o buscando culpables a mis malas decisiones. Los adultos que me acompañaban me explicaban la necesidad de analizar todo aquello que me pasaba con tranquilidad, pero a mí me costaba mucho hacerles caso.

Si hay una emoción desagradable que los adolescentes muestran dificultades para manejar es la frustración. Una emoción que aparece cuando no son capaces de conseguir aquello que desean o se proponen. Surge de la diferencia entre lo que ocurre realmente y lo que se había pensado que pasaría. Un sentimiento muy molesto que les provoca desánimo y frustración.

La tolerancia hacia ella es una habilidad que necesita un aprendizaje específico y que debe empezar desde que uno es pequeño. Esta ayuda a afrontar los cambios inesperados y los fracasos, así como a saber manejar aquello que no está a la altura de las expectativas. Desarrollarla es imprescindible para poder afrontar de forma saludable situaciones que crean incertidumbre y rabia.

En esta etapa de desarrollo tan convulsa y repleta de cambios, el cerebro adolescente no siempre está preparado para actuar desde la reflexión y frenar correctamente los impulsos. Por este motivo, a menudo tienen conductas disruptivas —dificultad para controlar sus emociones y su comportamiento— y dificultades para mostrarse resilientes.

Los adolescentes buscan satisfacer sus necesidades de manera inmediata y cuando no pueden hacerlo tienen enfados desmesurados o dificultades para modular correctamente sus emociones. Muchas de estas situaciones acaban en conflictos con los adultos que les acompañan, provocando situaciones desagradables. Los que tienen una baja tolerancia a la frustración interpretan los límites como algo inmerecido, se muestran impulsivos y desafiantes y les cuesta mucho aceptar los cambios y sus consecuencias. 

Se desmotivan muy fácilmente ante cualquier contratiempo y, a menudo, abandonan sus objetivos. En cambio, un adolescente con un elevado nivel de tolerancia podrá mantener su estado de ánimo sin alteraciones aunque no vea cumplidas sus expectativas, pedirá ayuda cuando lo necesite y sabrá aceptar las críticas, asumir sus responsabilidades, trabajar en equipo y gestionar mejor los conflictos. 

Será más optimista, se sentirá capaz de probar cosas nuevas y transformará las situaciones problemáticas en oportunidades para aprender y mejorar.

Tolerar la frustración significa ser capaz de afrontar los problemas y limitaciones que se encuentran en el camino diario con optimismo e intentar buscar soluciones. Aprender a adaptarse a los cambios, aceptar que no siempre vamos a ganar y solicitar ayuda cuando lo necesitemos sin que eso afecte nuestra autoestima. Superar los obstáculos con responsabilidad, inteligencia y determinación.

Desarrollar una buena inteligencia emocional será clave para que un adolescente pueda hacer frente a la frustración. Para aprender a tolerarla necesitarán la oportunidad de enfrentarse a ella sin sobreprotegerles, trabajo que debe empezar a hacerse desde los primeros años de vida. Se debe potenciar la autonomía e iniciativa personal para que sean capaces de hacerle frente desde la calma y la reflexión. Si los padres no dejan que se enfrenten a ella, intentando resolverles las dificultades continuamente, provocarán que se conviertan en adultos que no saben solucionar sus problemas sin depender de los demás.

Estas son cinco claves que los padres pueden poner en práctica para enseñar a los adolescentes a tolerar la frustración:

Seguir leyendo en: https://elpais.com/mamas-papas/familia/2022-12-05/cinco-claves-para-que-los-adolescentes-toleren-mejor-la-frustracion.html


dilluns, 14 de novembre del 2022

Los riesgos de no educar a los hijos en la cultura del esfuerzo: adultos dependientes, insatisfechos y déspotas

Recuerdo las veces que mis padres nos repetían a mis hermanas y a mí lo importante que era que nos esforzásemos para poder conseguir todo aquello que nos proponíamos. Con grandes dosis de afecto y paciencia nos explicaban lo fundamental que era que tuviésemos una buena actitud e interés a la hora de trabajar por conseguir nuestros sueños. Ellos tenían un máster en esfuerzo y trabajo porque les tocó emigrar a una nueva ciudad en busca de un futuro mejor, con poca ayuda y mucha valentía. Ahora vivimos en el otro extremo, en una sociedad con poca cultura del esfuerzo donde parece que todos nuestros objetivos se pueden conseguir sin él.
La publicidad o las redes sociales son las responsables de que muchos crean que se puede aprender alemán en tan solo ocho semanas, perder peso sin hacer dieta o correr una maratón casi sin entrenar. Todo parece ser asequible, rápido, fácil de conseguir, inmediato. Se ha vendido un falso éxito que se consigue sin trabajo y donde el proceso no es valorado, únicamente lo es el resultado.

Si hay un regalo bueno para los niños y adolescentes es enseñarles a aprender a esforzarse por aquello que desean, a amar los desafíos y a saber disfrutar del camino, aunque esté repleto de baches y contratiempos. El esfuerzo es una actitud imprescindible para el aprendizaje, afrontar los retos y superar las dificultades, es una de las motivaciones innatas que hacen que los hijos e hijas aprendan a diario cosas nuevas.

El esfuerzo produce un sentimiento de satisfacción y orgullo y fortalece nuestra autoestima. Cuando los chavales se esfuerzan se sienten mucho más felices, más relajados y menos ansiosos. A través de él, aprenden a hacer frente a las adversidades con optimismo y crean un buen autoconcepto de ellos mismos. 

Las familias deben aprovechar todas las oportunidades que se presentan a diario para enseñar a los hijos a esforzarse: que se vistan o coman solos, se muestren responsables con sus tareas o mantengan ordenado su cuarto. El esfuerzo en niños y adolescentes debe ir dirigido a desarrollar y adquirir una autonomía personal en las actividades cotidianas para poder satisfacer las necesidades básicas e ir construyendo una personalidad fuerte.

Los niños que aprenden a esforzarse conseguirán una actitud activa ante la vida y serán capaces de valerse por sí mismos y asumir sus responsabilidades. Los padres no deben caer en la tentación de solucionarles los problemas, allanarles el camino o sobreprotegerles cuando vean que no consiguen lo que se proponen. Los niños que no se esfuerzan acaban convirtiéndose en adolescentes o adultos dependientes, insatisfechos y déspotas.

Los hijos e hijas necesitan que se les explique que el esfuerzo es el medio por el cual lograrán conseguir muchos de sus objetivos. Que se les aclare que no siempre van a lograr aquello que se propongan y que será esencial que no se rindan delante de las dificultades. Que padres y madres les ayuden a gestionar las emociones correctamente, a dominar la indecisión y hacer frente a la frustración. A no depender de la buena suerte para que las cosas salgan bien, sino del trabajo y el empeño.

La cultura del esfuerzo educa a los niños en la determinación de la voluntad y la perseverancia. Fortalece la tenacidad, les enseña a ser resilientes, a asumir responsabilidades y a afrontar los problemas con realismo.

Seguir leyendo en: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2022-11-12/los-riesgos-de-no-educar-a-los-hijos-en-la-cultura-del-esfuerzo-adultos-dependientes-insatisfechos-y-despotas.html?ssm=TW_CM_MYP



dimecres, 2 de novembre del 2022

Así pueden conseguir padres y madres que sus hijos participen en las rutinas diarias de casa

 Recuerdo el tiempo que dedicaron mis padres en enseñarnos a mis hermanas y a mí a hacer las rutinas en casa. Con grandes dosis de paciencia y dedicación, nos ayudaron a ir automatizando tareas que potenciaron mucho nuestra autonomía y facilitaron la convivencia. De forma equivocada, en muchas ocasiones se asocian las rutinas con la repetición y el aburrimiento. Actividades que terminan siendo pesadas y que se acaban aborreciendo. Pero, en realidad, las rutinas son tareas que se realizan de forma automática, casi sin pensar. Actividades que ayudan a organizar el día a día de forma más productiva, a interiorizar normas y a crear nuevos hábitos. Al principio pueden resultar un poco tediosas, pero una vez interiorizadas aportan muchos beneficios a nivel psicológico y emocional.

A nivel cerebral, las rutinas son atajos que permiten entrelazar tareas y hacer cosas casi sin esfuerzo, como lavarse las manos antes y después de comer; atarse las zapatillas antes de salir de casa o ponerse el cinturón de seguridad cuando se va en coche. Estos son ejemplos de actos automáticos que se realizan a diario y que no cuestan un gran esfuerzo porque están automatizados

En cambio, la falta de rutinas en el hogar puede conllevar problemas de comportamiento y comunicación. Por ejemplo, que en muchos momentos los niños estén nerviosos, malhumorados, protesten con más facilidad y tengan más conflictos con los otros miembros de la familia. Además, habrá un mayor desorden y desorganización que provocará que, a menudo, se acabe alzando la voz porque nadie hace lo que estaba establecido.

Las primeras rutinas que aprenden los niños están relacionadas con el sueño y la alimentación y, poco a poco, van adquiriendo otras muchas necesarias para conseguir una buena convivencia. Los menores que vayan adquiriendo estas rutinas serán más organizados, perseverantes y autónomos, mostrarán más curiosidad por descubrir su entorno y tendrán más disposición para valorar las cosas y el trabajo de los demás y ser responsables y agradecidos.

Las primeras rutinas que aprenden los niños están relacionadas con el sueño y la alimentación y, poco a poco, van adquiriendo otras muchas necesarias para conseguir una buena convivencia. Los menores que vayan adquiriendo estas rutinas serán más organizados, perseverantes y autónomos, mostrarán más curiosidad por descubrir su entorno y tendrán más disposición para valorar las cosas y el trabajo de los demás y ser responsables y agradecidos. 

En casa, no se trata de establecer rutinas inflexibles e impuestas por los padres, sino hacer partícipes a mayores y pequeños en la planificación, haciéndoles sentir que pertenecen y contribuyen en el buen funcionamiento de la dinámica familiar. Demasiadas tareas obligatorias pueden crear aburrimiento y aversión a colaborar.

Cada familia deberá concretar sus hábitos para las comidas, crear horarios para respetar las horas de descanso, establecer tiempo para la higiene personal, el ocio y el estudio. Cada actividad deberá efectuarse en un lugar determinado y tener un tiempo de dedicación. Cuanto mejor se entienden las tareas, mejor se ejecutarán.

¿Cómo podemos conseguir que los niños adquieran unas buenas rutinas?

1. Explicándoles con grandes dosis de afecto y paciencia la importancia que tienen las rutinas en el día a día y todos los valores positivos que aportan en la familia: cooperación, corresponsabilidad, respeto, perseverancia o esfuerzo, entre otros.

2. Diseñando junto a ellos una tabla de rutinas con un orden lógico que, mediante su observación, les ayude a saber qué actividades deben ir encadenando sin ser necesario que se les tenga que recordar constantemente qué deben hacer y en qué orden. Antes de iniciar la tabla, los padres se tienen que asegurar que los niños y los adolescentes entienden perfectamente en qué consiste cada tarea y saben cómo realizarla. Recurrir a soportes visuales con imágenes les facilitará la comprensión, por ejemplo.

Seguir leyendo en: https://elpais.com/mamas-papas/expertos/2022-10-31/asi-pueden-conseguir-padres-y-madres-que-sus-hijos-participen-en-las-rutinas-diarias-de-casa.html



dijous, 6 d’octubre del 2022

PELEAS ENTRE HERMANOS

Si hay una cosa que a las familias les pone muy nerviosas es que sus hijos no paren de pelearse entre ellos, que constantemente estén buscando motivos para molestarse. Cualquier motivo es bueno para iniciar una discusión: elegir la serie que quieren ver, querer siempre el juguete que tiene el otro o decidir a quién le toca recoger la mesa después de cenar. Recuerdo que cuando mis hijos eran pequeños discutían por todo y a todas horas y eso me hacía perder en muchas ocasiones la paciencia con ellos. Su rivalidad les llevaba a reñir por cosas insignificantes, como ser los primeros en salir del coche o por la cantidad de agua que tenían sus vasos.
La falta de rutinas, el aburrimiento o el cansancio facilitan que aparezcan estos encontronazos entre hermanos. Pequeñas rencillas que llenan los hogares de mal humor, crean un ambiente crispado y hacen a padres y madres estar todo el día mediando entre ellos.
El primer paso para conseguir que estos conflictos vayan desapareciendo en casa es saber que estas conductas son totalmente normales, naturales y necesarias en el desarrollo de los niños. Que son parte imprescindible del proceso socializador y se producen por muchos motivos diferentes: por la necesidad de delimitar el espacio, llamar la atención del adulto, sentir celos, mostrar preferencias o por la falta de habilidades para gestionar correctamente emociones como la frustración, la rabia o el enfado.
Estas peleas favorecen el crecimiento personal, social y emocional de los menores. Desarrollan las competencias lingüísticas, de liderazgo y negociación. Potencian la autonomía y el autocontrol y, a través de ellas, los más pequeños aprenden a dialogar, ceder, pedir disculpas, analizar situaciones y tomar decisiones.

Las familias, a menudo, muestran dificultades para acompañar estas desavenencias desde la calma y la neutralidad y, de forma inconsciente, provocan discusiones entre sus hijos, haciéndoles competir entre ellos, comparándoles a la hora de hacer una tarea o de obtener resultados académicos o reprimiendo o corrigiendo únicamente al hermano más mayor otorgándole una responsabilidad para la que aún no está preparado.

Los hermanos no se pueden llevar bien siempre, es imposible, pero sí que deben intentar tener una buena relación. Dicen que quien tiene un hermano tiene un tesoro, así que se debe procurar conseguir que desde pequeños puedan convertirse en grandes confidentes, en los mejores compañeros de viaje, compartiendo experiencias y ayudándose siempre que lo necesiten. Que ahora se pelen no significa que no se quieran, tengan un mal vínculo afectivo o no vayan a llevarse bien nunca.

5 ERRORES QUE NOS IMPIDEN ENTENDER LA ADOLESCENCIA

Si algo caracteriza la etapa de la adolescencia son las constantes desavenencias que se encadenan entre padres e hijos. Los estudios, la ropa el orden o la hora de volver a casa generan conflictos a diario en casa que acaban a menudo entre gritos y reproches.

 Que complicado es acompañar a nuestros hijos en este período evolutivo tan convulso desde la calma y la comprensión. Entenderles cuando se muestran tan desafiantes y rebeldes, cuando les cuesta cumplir con sus responsabilidades y respetar los límites que hasta ahora tan bien nos habían funcionado.

Dar respuesta a sus nuevas necesidades aceptando que hayan crecido casi sin darnos cuenta y ahora nos necesiten de forma muy diferente. Ser pacientes cuando no aceptan sus errores o no saben hacer frente a la frustración. Cuando reclaman con insolencia su espacio y libertad e ignoran nuestros consejos o cuestionan nuestras decisiones.

Durante la adolescencia nuestros hijos mostrarán muchas dificultades para controlar su impulsividad, modular correctamente sus emociones y hacer frente a los numerosos cambios físicos, psicológicos, cognitivos, emocionales y sociales que experimentan. Es una etapa de transformación y reafirmación que les hará actuar a menudo de una forma desajustada y sentir entre extremos.

Unos años de sana desobediencia, de búsqueda de nuevos desafíos donde el grupo de iguales ocupará un lugar esencial y nosotros quedaremos relegados a un segundo plano. Nuestros adolescentes empezarán a pensar, decidir y actuar a su manera y mirar la vida de forma muy diferente sin tener la necesidad de tener nuestra aprobación.

 Pero es en esta etapa tan complicada cuando nuestros hijos más que nunca necesitarán que les mostremos nuestra mejor versión. Que sigamos siendo el refugio donde acudir cuando todo se tambalea, sentir que les queremos tal y como son y les apoyamos sin condición. Que les seguimos regalando a diario nuestras muestras de cariño que tanta seguridad les aporta.

Que consensuemos normas y flexibilicemos límites y les ayudemos a descifrar el volcán de sentimientos por el que transitan potenciando un lenguaje positivo y utilizando una mirada llena de reconocimiento y amor.

A un adolescente se le educa con grandes dosis de serenidad y empatía. Entendiendo lo difícil que es para ellos hacerse mayor y vivir en una sociedad tan cambiante como la nuestra. Comprendiendo y aceptando que la adolescencia es una etapa tan emocionante como caótica.

A su lado necesitan adultos pacientes que les escuchan sin cuestionarlos y cumplan con sus promesas. Que acompañen con grandes dosis de amor los momentos donde se sientan más vulnerables. Que les enseñen que los problemas se dialogan con respeto y las frustraciones se acompañan sin juicios de valor.

Nuestros adolescentes necesitan sentir que conectamos con ellos emocionalmente y les acompañamos sin dramatismos y con grandes dosis de sentido común y del humor.

¿Qué errores nos impiden conectar con nuestros hijos adolescentes?

1. Creer que ya no nos necesitan cerca. Nuestros hijos siguen necesitando que  estemos presentes y disponibles aunque no nos lo demuestren, que mostremos interés por todo aquello que les pasa, ilusiona o preocupa. Que nos convirtamos en un modelo estable, seguro y coherente para ellos.

2. No estableciendo unos límites y normas claras y consensuadas. Si no establecemos acuerdos nuestros hijos mostrarán muchas dificultades para entender el mundo tan cambiante que les rodea y no podremos ser coherentes en nuestra educación. Los límites bien establecidos nos ayudarán a mejorar el vínculo con ellos y potenciarán su autonomía y responsabilidad.

3. Esperar que sean capaces de mantener el control de sus impulsos y emociones. Si algo caracteriza este período de desarrollo es la dificultad que muestran los adolescentes para modular correctamente todo aquello que sienten. Necesitan sentir que validamos sus emociones, les ayudemos a identificarlas y les mostramos la manera de darles respuesta.

4. Pensar que ya no necesitan nuestras muestras de cariño como cuando eran pequeños. Aunque hayan crecido tanto siguen necesitando a diario nuestros abrazos, besos, miradas cómplices y nuestras palabras que les alienten. Unas muestras de afecto que les reconfortarán y les darán mucha seguridad. Nuestro calor y comprensión serán básicos para su crecimiento y la formación de una buena autoestima.

5. No respetar su necesidad de intimidad y soledad, sus ritmos para aprender, sus necesidades o opiniones pretendiendo que piensen o actúen como nosotros. Nuestros hijos precisan espacio para crecer, para encontrar su lugar en el mundo y crear un nuevo autoconcepto. Por eso debemos regalarles la libertad que necesitan para crecer y potenciar el desarrollo de su espíritu crítico, la toma de sus propias decisiones y asunción de las consecuencias.

Aprendamos a mirar la adolescencia de forma positiva, que sea una etapa difícil de acompañar no significa que no pueda ser maravillosa. Miremos a nuestros adolescentes con ganas de entenderlos, de acompañarlos con dulzura y entendiendo que necesitan desafiarnos y ser rebeldes para poder crecer. Regalémosles nuestro amor incondicional y facilitémosles que emprendan su vuelo hacia la edad adulta sintiéndose queridos y aceptados.