Sònia

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diumenge, 10 de gener del 2016

HIJOS, NO HAGÁIS PLANES

- Mamá, ¿tú también haces esas listas?

- ¿Qué listas?

- Las que hacen los mayores cuando empieza el año.

- ¿La lista de propósitos?

- Sí eso,  ¿por qué lo hacen?

- Hacer un listado de objetivos ayuda a poner en orden todo aquello que quieres conseguir.

- ¿Tú también la has escrito?

- Este año he decidido vivir sin seguir un borrador.

- Entonces, ¿cómo sabrás lo que te toca hacer?

- Quizás haya llegado el momento de vivir sin un plan establecido, ¿no crees que puede ser mucho más emocionante?

Decidí empezar el año comiéndome únicamente 6 uvas. Puede parecer ridículo pero para mí fue un buen ejercicio para romper con lo establecido, con lo que tocaba. Quien me conoce sabe lo metódica soy, programación en estado puro. Si el año que acabamos de cerrar me ha enseñado algo es la ineficacia de hacer planes, de vivir en el futuro, de esperar a ser feliz cuando el cosmos lo determine. Porque en cualquier instante la vida da un giro brusco y todo salta por los aires, se desmigaja entre tus manos sin darte la opción a replicar. 

La existencia es voluble y hay que aceptar que no siempre confabula a tu favor. Por esta razón, hay que exprimirla, macerarla con el mejor pulso posible para que, cuando llegue el día que quiera ponerte a prueba, tengas la seguridad de haberle ganado la partida, la tranquilidad de haberla estrujado con todas tus fuerzas . En el mes de los propósitos me revelo contra el breviario que intenta atarnos de pies y manos y decido no dibujar ningún mapa.

Quiero vivir sin control, sin duda la mejor manera de enseñar a mis hijos a disfrutar de la vida al máximo. Porque vivir entre paréntesis, siguiendo siempre el puntero de una brújula, agota a cualquiera. Cuatro décadas de normas absurdas, sumarios obsoletos, objetivos impuestos, tareas metódicas y acciones comprimidas que han robado parte de mi espontaneidad. Así que es el momento de darle la mano a la incertidumbre, dejar de aferrarse al pasado, al yo soy así o al mañana lo intento. Toca apostar al todo o nada. A huir del desánimo y la frustración, a no acumular excusas ni perezas,  y trabajar sin miedo a hacer el ridículo cuando persiga lo que me haga realmente feliz. 

Porque puedo enseñarle a mis hijos la parte oscura de este mundo, la agria y desapacible, donde la lógica pierde el rumbo o aquella fascinante y mágica que te envuelve de sentido. Les animaré a salir del camino, a no seguir un plano, a no creer en una única ruta. Les alentaré a perderse, a no seguir las normas de uso, a emprender nuevas vías, a pensar divergente, a no hacer lo que los otros esperan.

Les instruiré a elegir, a no ser previsibles ni correctos, a aprender a aprender. A pensar sin censura, a alegrarse de los logros ajenos, a trabajar en equipo con ganas de sumar. A manejar un GPS programado por uno mismo, a probar lo que los otros no están dispuestos a hacer. A buscar alianzas, a ser autónomos, a ir a por el todo.

A poner contadores a cero cuando toque volver a empezar sin reproches ni lamentos, a jugar sin pretender siempre tener las mejores cartas, a sentir que valga la pena cada uno de sus pasos. A salir de la zona de confort sin pánico a ser diferente, a ver los precipicios como grandes maestros, a sentir a fuego, a no dejarse paralizar por el miedo. A probar sin recelo, a experimentar sentimientos, a susurrar todo aquello que les haga erizar la piel.

A buscar el cambio de aquello que les disguste, a atacar lo difícil, a no estar dispuestos a dejar de intentarlo, a anticiparse a los que quieran cortarles las alas, a tomar las decisiones desde la serenidad. A ser compasivos con sus momentos de flaqueza, a trasformar los planes las veces que hagan falta. A llenar de humor los días que parece que no quiera amanecer.

Hijos nunca olvides que vivir es aprender a disfrutar de la incertidumbre. Haced de la ilusión el mejor compañero de viaje y sobretodo, nunca os toméis demasiado en serio.

diumenge, 20 de setembre del 2015

HIJOS, CORRAMOS EL RIESGO

Mamá, no se si debería hacerlo.

Si no lo pruebas jamás sabrás si hubiese merecido la pena arriesgarse.

¿Tú que harías mamá?

Sin duda intentarlo.

¿Y si no me sale bien?

Todas las decisiones que tomes conllevarán un riesgo. Para ser feliz deberás aprender a lidiar y superar todos tus miedos.

¿Y cómo sabré si debo o no lanzarme?

Sólo debes asegurarte que, lo que decidas hacer, te hará feliz. Cuando sientas que eres capaz de aventurarte, de acercarte al acantilado sin miedo a caer, que lo imposible se pueda lograr, estarás preparado para empezar a trabajar por aquello que realmente desees.

Tendemos a intentar controlarlo todo, el ritmo desaforado en el que vivimos da poca opción a crear, probar, experimentar o retroceder. Todo está reglado, programado y, en muchas ocasiones, concedemos poca disyuntiva a la espontaneidad. No hay tiempo para salir del camino marcado, para dar opciones de elegir. Educamos a nuestros hijos a ser comedidos, a hacer lo correcto, a seguir las normas sin titubear, a saludar y dar las gracias. Convertimos la incertidumbre y lo desconocido en un engorroso compañero de viaje, lo que no controlamos nos abruma.

Una de las cosas que más añoro de mi infancia es el cosquilleo que me producía el no saber que pasaría. La sorpresa, lo extraño, lo inesperado, se convertía en un momento fascinante. Recuerdo cuando hacía las cosas sólo guiada por mi intuición, por mi corazón, sin prestar demasiada atención a la razón. Era capaz de actuar sin que me frenase lo que dirían los demás, sin pensar si era apropiado o no, utilizando únicamente el motor de la ilusión, el deseo de aprender o vivir algo por primera vez. Cada vez que me atrevía a romper los protocolos la vida me premiaba con algún maravilloso aprendizaje.  

Por esta razón, intento recuperar esa magia que tanto me hacía feliz y educar a mis hijos en la valentía, animándoles romper con los formulismos, a morder la vida sin necesitar siempre una red. Ojalá nunca permitan que nadie les diga en lo que deben soñar, que corran el riesgo a diario de ensayar distintos caminos, que sean capaces de decir lo que sienten para no perder lo que deseen. Que recuerden siempre que podrán arrebatarles todo menos la capacidad de elegir, su actitud personal ante las circunstancias, la fe en su propio futuro, la confianza ciega en su trabajo. Mi educación se centra en ayudarles a ser personas que entiendan que el éxito llega en función de las veces que están dispuestos a intentar las cosas, a enseñarles a no dejar de persistir, a sacrificarse por cada nuevo reto, a convertirse en el mejor talismán.

Hijos tentad al futuro, querer que se pueda, sed humildes, no tengáis miedo a fallar. Sed osados, trabajad por de todo aquello que os haga dichosos porque el hacer es la mejor manera de decir. Morded la vida con uñas y dientes, reinventaros las veces que sea necesario, comprometeros con vuestros deseos, no dejéis pasar nunca ningún tren.  

Porque el mundo lo cambian únicamente los que están dispuestos a ir paso tras paso sin mirar atrás, sin condicionarse por lo que dirán, que trabajan con entusiasmo desmedido, los que no fabrican excusas y sueltan todo aquello que se convierte en un lastre. Convertiros en estudiantes de por vida, hambrientos por aprender, por disfrutar de cada nuevo rincón descubierto, por hacer que las cosas sucedan.

No cultivéis la queja, elaborad soluciones, razones para querer seguir. Vivid sin pedir permiso, con agallas, devorando cada amanecer. Volad sin límites, sin prejuicios ni reproches, aceptando la imperfección, aprendiendo del error. Poned los cinco sentidos en cada elección, no os arruguéis ante nadie, nunca os traicionéis a vosotros mismos. Encontrad vuestro momento, desterrad a la rutina, imaginad a lo grande sin calcular la opinión de los demás. 

Recordad siempre que vuestro momento es el ahora, que si nunca os arriesgáis  a cruzar el río nunca sabréis que esconderá la otra orilla. Si vais a caer, que sea en la tentación por vivir.